Fabián Muro
No siempre destacados en los partes policiales y de gran circulación en forma de espantadas anécdotas en reuniones familiares o de amigos, los copamientos son una de las realidades más temidas de la inseguridad nacional.
La muerte de la joven Federica Alonso, a quien su padre disparó por error confundiéndola con un intruso en su casa fue la consecuencia de un copamiento, dos semanas antes de la tragedia, que había dejado a la familia en un estado de tensión que derivó para el peor lado. Su muerte incitó una marcha por Carrasco reclamando más seguridad.
Hasta el 30 de noviembre, se registraron 45 copamientos en Montevideo, según datos oficiales. Esa cifra se mantiene en el entorno de los 40 casos anuales desde hace unos años: a esta altura del año hubo 43 copamientos en 2009 y 48 en 2010 (el ministerio solo dio datos hasta el 30 de noviembre en todos los años). Alrededor del 80% de los copamientos no son aclarados, también según se desprende de los datos oficiales proporcionados a Qué Pasa.
El copamiento ocurre a menudo en barrios de clase media o alta. Cuatro seccionales (de las 24) concentran tres de cada 10 casos: la 9° que abarca barrios como Parque Batlle, parte de Pocitos y La Blanqueada es la más afectada (16 casos al 30 de noviembre); la 10°, de Pocitos (14 copamientos) y la 14° que abarca Carrasco -donde ocurrió la muerte de Federica Alonso- hubo nueve copamientos. Entre ellas se cuela la 15°, que se encarga del más humilde Malvín Norte, donde ocurrieron 10 copamientos.
Las dos seccionales que reportaron la cantidad más baja de copamientos, apenas dos, fueron el Barrio Sur y el Cerro.
Algunos policías que solicitaron no ser nombrados para hablar de un tema tan sensible, atribuyen lo que ellos consideran una escasa cantidad de copamientos a la manera en que se gestiona el ingreso de datos. Algo que hace a una discusión jurídica no saldada.
El copamiento es un delito "moderno": apareció en el Código Penal en 1995 cuando se aprobó la ley de Seguridad Ciudadana votada por todos los partidos. Aunque en la definición de copamiento (ver recuadro) no se menciona que estar atado o inmovilizado sea un requisito indispensable para configurar el delito, si alguna de las víctimas puede circular por la casa (aunque sea para señalar a los delincuentes dónde está lo que buscan), el delito es considerado una rapiña "en casa" o "a casa". No un copamiento.
Es por eso que, según otro oficial que prefirió el anonimato, "el copamiento se considera como tal cuando la Policía o un vecino tiene que ir a la casa de las víctimas y desatarlas". Así, algo que todo indica es un copamiento (incluye privación de libertad, amenazas y robo), no es registrado como tal por un detalle técnico.
Consultado por El País a principios de este año, el abogado penalista y docente en la Universidad Católica, Mario Spangenberg, dijo que en el momento de aprobación de la ley de Seguridad Ciudadana, los especialistas en Derecho Penal cuestionaron la creación de esa figura delictiva. "Se hizo para que la opinión pública se quedara tranquila, pero en realidad no había necesidad de crearla", dice Spangaro.
En la marcha que se realizó a pocos días de la muerte de Federica Alonso, y a la que concurrieron, según información de prensa, unas 4.000 personas, los relatos de quienes marchaban o miraban desde las veredas ahondaban en la angustia y sensación de vulnerabilidad que provoca el ingreso de un delincuente a un hogar. Una señora, indignada, dijo a Qué Pasa que en la cuadra que vive hay cinco casas y que cuatro de ellas fueron copadas.
El jefe de Relaciones Públicas de la Jefatura de Montevideo, el inspector José Luis Rondán, agrega otro dato a tener en cuenta en los copamientos, y que tiene directa relación con el barrio en el cual la víctima vive. "Si se trata de un barrio donde la mayoría de los habitantes tiene un alto poder adquisitivo, es probable que se cuente con un nivel de seguridad mayor al promedio", dice. "Muros altos, por ejemplo. Eso protege, pero también oculta, esconde".
Según el inspector, el efecto es que una vez que el delincuente entra, esos mismos muros -y el hecho de que las casas no estén pegadas una a la otra, por ejemplo- le permiten "trabajar" tranquilo.
De ahí, agrega el policía, que los copamientos a menudo se desarrollen durante un período que puede superar la media hora. "Fueron los 40 peores minutos de mi vida", dice Martín una víctima de 40 años, consultada por Qué Pasa. El nombre no es el verdadero: "No pongas mi nombre. Nunca se sabe quién puede leerlo".
Golpeado y amenazado, Martín dijo que él atravesó por tres estados de ánimo luego del incidente, ocurrido hace algo más de un mes en su casa de Parque Batlle. "Primero la ira. Luego viene una profunda tristeza. Y finalmente, la paranoia, que modifica tus hábitos, tus rutinas", dice.
Otro relato de un copamiento recogido para esta nota también resaltó la ira, producto del temor, y la distancia entre lo que se informa en los medios y lo que se vive directamente.
"Nunca se me ocurrió que durante un noticiero, lo mostrado en la pantalla podría estar pasándole a alguien y menos a mí", dice Francisco un hombre de 30 años al que coparon su casa de Carrasco. "Nunca me imaginé lo real de la inseguridad. Lo terrible, lo violento, lo peligroso. Pero hoy al mismo tiempo, lo escuché y lo viví, y les digo se vive peor de lo que se ve".
El joven, que también pidió no dar su nombre, concluyó que el "verdadero terror existe y no se transmite por la tele por más musiquita tétrica que te pongan, lo transmiten estos tipos cuando te apuntan a la cara, cuando le apuntan a tu madre la cabeza. Y recuerden que mi historia, como las de muchas otras personas, no la van a ver en el noticiero".
Estos casos son montevideanos, pero fuentes consultadas afirman que la tendencia es que los copamientos se van desplazando desde la capital hacia las zonas menos pobladas del país.
El senador Jorge Saravia -integrante de la Comisión de Defensa del Senado, donde se tratan los temas de seguridad ciudadana- sostiene que ese delito está aumentando y lo seguirá haciendo en el Interior. De acuerdo a Saravia, el aumento de los copamientos en el interior se debe a la escasa presencia policial en todos los departamentos. "Se está dejando de patrullar por falta de recursos humanos", dice. "Además, de tres vacantes que se generan en la Policía solo se logra cubrir una, con lo que hay un círculo vicioso que va vaciando el cuerpo policial paulatinamente".
Esa apreciación es apoyada por el vicepresidente del Sindicato Único de Policías del Uruguay (SUPU), Luis Clavijo, quien trabaja y vive en Florida y que también percibe que el copamiento se corre hacia el campo, donde se empieza a percibir la irrupción de la violencia a un contexto habitualmente apacible y lejano del bullicio urbano.
"Si uno observa este tipo de crimen, se puede percatar que empiezan a ser cada vez más distantes de los centros más poblados", dice Clavijo. "Se eligen estancias y fincas en busca de dinero y también armas. Eso ha aumentado porque la presencia policial en el interior es cada vez más limitada", dice el líder gremial. "Uno entra a una seccional en una localidad de Interior ¿y qué ve? Uno o dos policías. Nada más".
Desde ese sindicato policial, se presionó para que el Poder Legislativo efectúe un pedido de informes al Ministerio del Interior para que éste de cuenta de la cantidad de copamientos -y otros delitos violentos- en los departamentos del interior. Solo así, dicen desde el SUPU, se tendrá un fundamento para actuar.
Los testimonios recogidos para esta nota son de casos que están entre ese 80% de copamientos que siguen sin aclararse. Si uno se dejara guiar por lo que se ve en las series de televisión, los rastros dejados por los criminales deberían ser tan abundantes como para tener la expectativa de que el caso se resuelva y el rapiñero-copador sea apresado.
Sin embargo, es más frecuente que ocurra lo relatado por el inspector Rondán: "Se agarra a un rapiñero por un caso, y a veces ocurre que se termina aclarando una hilera de rapiñas y copamientos en el historial de ese individuo".
Uno de los factores que explican el bajo porcentaje es el estrés de la víctima. "Me dijeron que no los mirara a la cara. Pero los miré por accidente y me pegaron una patada en la cabeza", recuerda el hombre que fue copado en Parque Batlle. "Luego, no recuerdo más. Me preguntaron por cómo estaban vestidos y sinceramente no pude retener ese tipo de datos".
El psicólogo criminológico Gustavo Álvarez sostiene que eso es natural porque ocurre un "desborde" del sistema de los sentidos, por la alta tensión que se experimenta por parte de la víctima y que trastoca el funcionamiento de la memoria.
Pero hay otros elementos. Uno de ellos es la confianza (o la ausencia de ella) en la labor y en la institución policial. "No siempre ocurre que uno confía en la Policía", dice el experto israelí en estrés post-traumático Dany Brom (ver recuadro), quien estuvo en Uruguay invitado por la Embajada de Israel. "He trabajado con integrantes de la fuerza policial en Israel", dice. "He visto que muchas veces las víctimas de delitos se sienten algo menospreciadas por los agentes policiales, particularmente si se es mujer. La persona que acude a la Policía tiene que sentir que el agente es receptivo y sensible".
"Aunque llegaron rápido luego de la denuncia", cuenta Martín, "no me trataron bien. Dieron muchas cosas por sentadas que o no eran verdad o no tomaban en cuenta lo que yo tenía para decir. Como si fuera un trámite".
En parte, esa actitud es el resultado de la rutina. Pero también puede ser ignorancia o poca preparación. Cuando la Policía uruguaya investiga este tipo de crímenes, a veces debe lidiar con criminales que tienen un perfil diferente al delincuente más común y corriente. Esos individuos a menudo están estadísticamente por encima del promedio en cuanto a coeficiente intelectual y modus operandi, añade Alvarez, el psicólogo, lo que desafía a las capacidades y los recursos de los agentes policiales.
Entre otras cosas, hay que interrogar de manera especial a quien ha sido copado: "No es lo mismo interrogar o tomarle declaraciones a quien le han robado algo que a una víctima de un copamiento", dice el psicólogo.
Para el experto en fenomenología del delito y violencia, Washington Silveira, el copamiento tiene características que lo hacen uno de los delitos que más impactan emocionalmente y cuyas repercusiones empiezan por la alteración del sentido de "territorialidad".
De acuerdo al analista, que trabaja en el Ministerio del Interior desde hace 12 años, el hogar le pertenece al ciudadano, pero éste también pertenece al hogar. Cuando alguien entra a la fuerza a ese territorio, es como una violación simbólica. "A nivel social y colectivo, el mensaje que se produce es `ya no tengo dónde refugiarme`", dice Silveira. Cuando eso se sostiene a lo largo del tiempo - "y en esto los medios inciden, porque generan una conciencia social de la inseguridad", dice Silveira- se constituye una "comunidad de las víctimas".
Para él, la fragmentación en distintas y contrapuestas comunidades, la de las víctimas y las de los agresores, ha llevado a un estado de situación que califica como "una guerra civil imaginaria" y advierte: "Un día, la parte `sana` de la sociedad, o sea aquella que no delinque de manera reiterada, también se va a enfermar".
De ocho a 24 años de prisión
"El que, con violencia o amenazas, se apoderare de cosa mueble, sustrayéndosela a su tenedor, para aprovecharse o hacer que otro se aproveche de ella, con privación de la libertad de su o sus víctimas, cualquiera fuere el lugar en que ésta se consumare, será castigado con ocho a veinticuatro años de penitenciaría".
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copamientos se registraron en Montevideo en los períodos enero-noviembre de los últimos tres años.
Más alcohol que pasta base
"Existen dos tipos de copadores: el circunstancial y el que lo planifica", dice el psicólogo y ex coordinador general del Comcar, Gustavo Álvarez.
El primero de éstos es aquel que ve la oportunidad de hurtar algo, ingresa al hogar y ahí mismo se encuentra accidentalmente con quienes viven ahí. Lo que iba a ser una cosa se transforma en otra, tanto desde el punto de vista policial como del jurídico. En el caso de los copamientos planificados, se trata la mayoría de las veces de "hombres que actúan coordinadamente, que tienen preparación en cuanto a medidas de seguridad y manejo de armas -a veces con conocimientos policiales y/o militares- y donde el alcohol juega un rol preponderante. Muy a menudo se habla de la pasta base, pero en los estudios realizados tanto acá como en otros países latinoamericanos, el alcohol es más frecuente". En los estudios que Álvarez hizo con población del Comcar, descubrió que 70% de quienes habían cometido rapiñas habían ingerido alcohol antes. Otros rasgos en común para estas "personalidades peligrosas" de acuerdo a Álvarez, son la impulsividad, la baja tolerancia al fracaso y el imperativo de la gratificación inmediata.
3 preguntas
Cuando uno atraviesa por una experiencia así, una de las consecuencias es la reiteración mental del hecho. Uno recrea muchas veces durante semanas en su mente lo que ocurrió, cómo fue. Eso contribuye a crear un relato, una narrativa interior, que ayuda a dar sentido a lo que se vivió: por qué y de qué manera se desarrolló el hecho. Ese relato no es necesariamente verídico, no está ajustado de manera estricta a lo que ocurrió. Pero eso es un aspecto secundario. Lo primordial es que ese relato ayude a la víctima a generar sentido y salir del "modo supervivencia" que una experiencia así causa. Hemos constatados que estar repetidamente expuesto a la sensación de peligro -como en algunas ciudades con mucha violencia, como Ciudad Juárez- altera las reacciones químicas en el cerebro. Y también que es mucho más difícil de salir de ese modo que entrar en él.
¿Qué se puede hacer para tratar a personas que han tenido ese tipo de experiencia?
Hay que trabajar mucho sobre la auto-regulación. Una manera de lograr eso es la reflexión. Esos momentos de reflexión, de detenerse a pensar en lo que ocurrió y tratar de ponerlo en una perspectiva más amplia, son indispensables. Y para eso es fundamental la conexión humana, el diálogo. Descubrí que era beneficioso, por ejemplo, que aquellos con antepasados que habían sido víctimas lo hablaran. Cuando uno se da cuenta que generaciones pasadas también pasaron por experiencias terribles, ser víctima adquiere una faceta menos traumática. "Esto no solo me pasó a mí", es una manera de entender que se puede seguir adelante. Si se es padre, tiene que transmitirle a los hijos que se hará todo lo posible para protegerlos y eso se logra mejor saliendo del modo de sobrevivencia -reflexión- y manteniendo un contacto visual prolongado con el niño.
Usted afirma en sus libros y conferencias que es posible generar una resistencia interna que luego servirá para lidiar con ese trauma. ¿Cómo se hace eso?
Tratando de fomentar la flexibilidad. Hay que ser lo suficientemente flexible para resisitir el impacto de la violencia -una golpiza, un asalto, una violación- sin que eso afecte al núcleo más íntimo. Y lo suficientemente duro como para no permitir cualquier cosa. Cuando se trata de construir esta resistencia interior, nos concentramos en los niños. Con los adultos es mucho más complicado, por eso apuntamos a las escuelas, a que los maestros realicen talleres en los cuales se le transmite a los alumnos las maneras de regular su estrés. Un componente importante en este proceso es que los niños escriban sobre lo que vivieron, que lo relaten escribiendo a mano. Eso va a contribuir a que vayan desprendiéndose de la idea -muy común entre los niños- de que la experiencia traumática se va a repetir una y otra vez.