Diversión obligada en la oficina

Varias empresas lo usan como una herramienta gerencial más.

 20100924 600x454

The Economist

Uno de los muchos placeres de ver Mad Men -una serie estadounidense sobre las agencias de publicidad en la década de 1960- es examinar cómo cambió la vida en las oficinas. Uno hace que la gente se sienta orgullosa: ya no se trata a las mujeres como ciudadanos de segunda clase. Pero el otro cambio obvio hace que nos sintamos mal: se ha perdido el arte de pasarla bien en el trabajo.

Los publicistas de aquellos años disfrutaban de los placeres simples. Fumaban en sus escritorios. Tomaban alcohol todo el día. Tenían amoríos con sus colegas. Socializaban no para crear un vínculo, sino para emborracharse.

Hoy, muchas empresas están obsesionadas con la diversión. Firmas de software en Silicon Valley instalaron paredes para escalar y pusieron animales inflables en sus oficinas. Wall Mart le ordena a sus cajeros que sonrían todo el tiempo. El culto a la diversión se ha extendido como una desagradable hemorragia. Aclaris, una compañía estadounidense, tiene un "oficial en jefe de diversión". TD Bank, la rama estadounidense del Toronto Dominion, tiene un departamento "Wow!" que distribuye disfraces para "sorprender y deleitar" a los empleados exitosos. Red Bull, la compañía de bebidas, instaló un tobogán en sus oficinas londinenses.

La diversión en el trabajo se convirtió en un negocio en sí mismo. Madan Kataria, un indio que se presenta a sí mismo como el "gurú de la risa", vende su "yoga de la risa" a clientes corporativos. Fun at Work, una compañía británica, ofrece "más hilaridad de la que se puede tolerar". Chiswick Park, una oficina de desarrollo de Londres, se anuncia con el slogan "disfrute el trabajo" y es la anfitriona de eventos a la hora del almuerzo como esquilar ovejas y arrear gansos.

El culto a la diversión está profundizándose. Google es el campeón reconocido: sus oficina están bendecidas con canchas de volley, sendas para bicicletas, partidos de hockey sobre patines y masajistas profesionales. Pero dos compañías le disputan el cetro: Twitter y Zappos, una zapatería on line.

El sitio web de Twitter muestra lo excéntrica que es la empresa: sus empleados usan sombreros cowboy y balbucean que "cosas locas pasan todos los días... es bastante ridículo". Hay un equipo cuya tarea es mantener felices a los empleados: por ejemplo dándoles toallas frías en los días de calor. Zappos arremete con que crear "diversión y singularidad" es uno de sus valores. Tony Hsieh, su jefe, se afeita la cabeza y pasa 10% de su tiempo estudiando la "ciencia de la felicidad".

Hsieh llegó a bromear con que Zappos iba a demandar a la compañía Walt Disney por decir que son "el lugar más feliz del planeta". La zapatería se compromete regularmente en "actos de generosidad aleatorios": los trabajadores forman una ruidosa línea de conga y eligen a uno de sus colegas para alabar. Éste debe usar un sombrero tonto por una semana.

El culto a la diversión está dirigido por tres de las más populares modas gerenciales del momento: empoderamiento, compromiso y creatividad. Muchas empresas se enorgullecen en darle poder a los trabajadores de primera línea. Pero encuestas muestran que sólo un 20% de la mano de obra está "totalmente comprometida con su trabajo". Menos son creativos. Los gerentes esperan que la "diversión" haga que sus trabajadores sean más creativos y estén más comprometidos. Pero el problema es que cuando la diversión se hace parte de una estrategia corporativa, deja de ser divertida y se convierte en lo opuesto. En el mejor de los casos será una cáscara vacía y en el peor, una imposición cansadora.

Lo más desagradable de la moda de la diversión es que está mezclada con una alta dosis de coerción. Compañías como Zappos no celebran lo raro simplemente. Más bien lo requieren. Twitter llama a su oficina Twoffice (doble oficina, por su traducción al español). Boston Pizza alienta a sus trabajadores a enviar "bananas doradas" a quienes estén "divirtiéndose mientras son los mejores". Detrás de la farsa de la diversión hay un duro pensamiento administrativo: el deseo de posicionar a la compañía como mejor que sus rivales, o el plan de impulsar la productividad mediante el trabajo en equipo.

Mientras impulsan la diversión entre sus empleados, las empresas están luchando con problemas reales. Muchas empujan a los fumadores a correr hacia afuera como criminales furtivos. Pocas les permiten tomar alcohol en los almuerzos, menos temprano en la mañana. Un regimiento de abogados y funcionarios de recursos humanos, está comenzando la batalla contra los romances de oficina, particularmente entre personas de diferentes rangos.

Así los mercaderes de la diversión encuentran algo de resistencia. Cuando Wall Mart intentó imponer reglas extranjeras a su staff alemán -como la sonrisa obligatoria o la prohibición de romances en la oficina- desencadenó una lucha que sólo terminó cuando la cadena anunció que se retiraba del país en 2006. Pero estas victorias son pocas. Para la mayoría de los asalariados que están forzados a pretender divertirse mientras trabajan, el único alivio es burlarse de quienes los atormentan. La cultura popular ofrece algo de inspiración. Mad Men recuerda el mundo que se perdió, cuando los jefes no creían que la diversión era una herramienta de gerencia y cuando los empleados podían beberse un trago al mediodía. Un brindis por ello.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar