Volver al clásico

CORRECTO O INCORRECTO

AGUSTÍN MAYER WEST / FERRERE ABOGADOS

Los ejemplos abundan, aunque nunca sobran. Lo "clásico", en el país donde trabajo y crecen mis hijos, son las bromas que los hinchas del cuadro que ganó el último partido le hacen a los perdedores. En tono burlón, cada quién cumple su papel; los vencedores ríen y los derrotados se resignan, algunos irritados y otros sonriendo. Se la bancan hasta la próxima. Así es el fútbol…y así es la vida: los niños crecen advirtiendo que las hinchadas no son tribus enemigas en una lucha sangrienta, que los amigos de Peñarol y Nacional pueden mirar el partido juntos sin que las reglas se quiebren ante el enojo, sin que gane el fanatismo.

Poner de moda las moralejas, las lecciones y los ejemplos

En 1934, Hitler llevaba un año en el poder, un muchacho de apenas veintidós fue al cine a ver "Pimpinela escarlata". El héroe se arriesgaba para salvar las vidas de personas inocentes que la marea de personas fanatizadas, en la película por afán revolucionario, pretendía llevarse por delante. Medio siglo después, la hermana del joven espectador contó que esa película lo afectó mucho. Dijo que influyó para que él, Raoul Wallenberg, cristiano y modesto diplomático, rescatara del genocidio nazi a cien mil húngaros judíos que iban a morir en Auschwitz. Luego, por su parte, los comunistas "desaparecieron" a Wallenberg en el Gulag soviético. La anécdota y la historia son aleccionantes y, aunque las lecciones parecen no estar de moda, va siendo tiempo de dar la batalla por los buenos ejemplos.

Los episodios de heroísmo, de creatividad, de inteligencia y tolerancia se deben atesorar, son el patrimonio que después germina en civilidad, progreso y seguridad. Es sencillo: las acciones loables deben ser elogiadas y recordadas y las muestras de violencia fanática deben ser condenadas y, también, recordadas. La civilización es como el césped, hay que regar y cortar siempre. Y por suerte no se trata de salvar cien mil vidas, se comienza, por ejemplo, por aceptar lo adverso con hidalguía y dar el ejemplo.

Actuar como se debe

Días atrás le comentaba a un gran amigo que en mi niñez mi padre me llevaba al fútbol y que ese recuerdo todavía me entibia el corazón. Mi amigo también recordaba sus jornadas futbolístico- familiares. El pasado común de dos uruguayos amigos, uno de Nacional y otro de Peñarol.

Yo no voy al fútbol y por nada del mundo llevo a mi hijo de cinco años a ver un clásico. La violencia que tiñe todo, hace que muchos abandonemos la costumbre de ir a disfrutar un partido.

El Uruguay, que parecía inmune a muchos males, ha ido paulatinamente perdiendo sus veleidades; esa ilusión colectiva de ser mejores que, quizás, nos hacía serlo.

Sin duda hay causas múltiples y factores de variada índole que estimulan la violencia que hoy padecemos. Problemas de la sociedad en la que vivimos que también se expresan en el deporte: mala educación, exclusión social, alcoholismo, drogadicción y otros daños. ¿Y qué? Esto, simplemente, nos obliga a todos los que tuvimos la posibilidad de haber recibido buena educación a poner nuestra cuota parte para mitigar esa violencia, frenarla, erradicarla o al menos, combatirla. La cuota mínima consiste en dar el ejemplo. Por eso es importante que políticos, cronistas, dirigentes, técnicos, jugadores e hinchas no toleremos ni, menos aún, estimulemos el fanatismo. Y más todavía si se es una figura notoria.

Poco áureo

Yo no sé con certeza absoluta si Rodrigo Aguirre fue asesinado por ser hincha de Peñarol o si sus homicidas dispararon por ser hinchas de Nacional; pero antes hubo insultos gruesos, peleas y amenazas cibernéticas con referencia a "los grandes". Una batalla soterrada y estúpida que culminó con un veinteañero muerto en la calle.

Ese muchacho muerto antes del último clásico reclamaba con su silencio definitivo las mejores expresiones de civilización y concordia de parte de sus compatriotas. Era oportuno darle una rotunda lección de paz a los delirantes. El Director Técnico de Peñarol, cargo de particular confianza en este país, debe predicar con el ejemplo y mantener una conducta razonable cuando gana y cuando pierde. El Sr. Diego Aguirre, gran jugador profesional y excelente técnico, sabe que los árbitros a veces se equivocan. En la inmensa mayoría de los casos carecen de mala intención o de la voluntad de perjudicar a alguien. Aceptar los errores arbitrales como parte de lo que es el fútbol y protestarlos cómo, dónde y cuándo corresponde, es una de las responsabilidades que le caben como persona pública, como ciudadano notorio: él es uno de los protagonistas de la película que miran nuestros hijos. La pasión del momento, "el fragor de la batalla", puede exaltarnos a extremos difíciles de controlar, pero una figura pública, que trabaja expuesta y a veces ante cientos de miles de espectadores, debe medir sus actos con especialísimo cuidado.

Su conducta no pasa desapercibida. Ni la de nadie: a la hora del partido los niños están atentos y no queremos más Rodrigos. Dar el ejemplo es una ardua tarea individual con buen resultado para el colectivo. Los uruguayos, famosos o de a pie, estamos obligados a civilizarnos y civilizar, sin exageraciones místicas, pero sin relativismos exculpatorios. Cada uno con su camiseta, en la cancha de todos. Y, por si acaso, esta nota no es sobre Diego Aguirre, Nacional y Peñarol o sobre fútbol.

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