Semana a "bolazo" limpio

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JULIO PREVE FOLLE

En estos días se vienen escuchando verdaderos "bolazos" en temas económicos relevantes por parte de actores que no parecen tener la autocensura necesaria como para contrastar mínimamente sus palabras con la realidad de los números.

FAENAR VIENTRES. Un caso notable lo genera un legislador nacionalista cuando advierte por la faena de vientres y llega a proponer algún tipo de limitación a la misma. Es insólito. El Uruguay entora desde hace cinco años más de 4 millones de vacas consistentemente -récord- y viene produciendo más de 2,5 millones de terneros, cifras que hay que comparar con las de épocas en las que había restricciones de este tipo, cuando se entoraban menos de 3 millones de cabezas, y nacían un millón y medio de terneros… Y todo esto en un espacio ganadero mucho menor dado el crecimiento de la agricultura y la forestación. No puede ser que se lancen con tal soltura semejantes misiles sin detenerse a mirar mínimamente aunque sea las cifras de DICOSE. Por otro lado, es obvio que si se cierran posibilidades comerciales a la pecuaria, el ganadero, ya muy tentado por otros rubros, los adoptará sin más. Debería entenderse pues, que el funcionamiento de todo el rodeo nacional no puede visualizarse a partir de un par de operaciones y que si resulta un buen negocio la producción de carne, eso lo sabe el ganadero sin necesidad de que algún legislador le señale lo que debe hacer con sus vientres, preñados o no.

EN PIE. Pasa lo mismo con las exportaciones en pie, bien analizadas por el Presidente de la República. El crecimiento circunstancial de este negocio llevó a algunos a reclamar su limitación para que aumente la faena doméstica. Otra vez el comentario improvisado. Cuando la exportación estaba prohibida el país faenaba, salvo liquidaciones de stock, alrededor de 1,4 millones de cabezas. Hoy, sin regulaciones se faenan consistentemente más de 2,3 millones, en un área pecuaria menor. No puede ser entonces, que si se dan exportaciones en pie, lo primero que se le ocurra al legislador es pararlas alentando así el abandono del negocio por parte del ganadero.

Debería preguntarse mejor, cómo es posible que estando en el país las mejoras empresas cárnicas del mundo, les puedan a veces disputar con éxito el ganado para llevarlo en fletes caros a países del tercer mundo, cuando aquellas empresas exportan al primero. Me respondo: o hay beneficios especiales en el que importa que se deben denunciar por inadmisibles, o bien faenar se viene encareciendo como todo proceso industrial por la política salarial, por los costos de las tarifas públicas, por insuficiencia de las devoluciones de impuestos, por el tipo de cambio, por todo lo que configura el llamado costo país, donde tantas batallas habría que dar, antes de pensar en restricciones al comercio.

Hay que extender además esta pregunta a la leche en polvo, que es una materia prima, a la soja, a la lana, a la malta, al trigo, al maíz, y reflexionar por qué somos tan competitivos cuando producimos las materias primas y por qué dejamos, en parte, de serlo cuando las industrializamos; esas sí serían buenas reflexiones.

PLANTA CERRADA. El cierre de alguna planta frigorífica generó otras confusiones. No se advierte por ejemplo, que si la faena creciera en 500 mil cabezas, nada asegura hoy que ellas estuvieran disponibles para empresas de modesto alcance como alguna que cerró. Cuando la carne valía en el mundo 1.400 dólares la tonelada, una empresa modesta habilitada para vender en África, a lo mejor podía revolverse con el abasto y algo de exportación, para competir con las grandes industrias por la materia prima. Pero hoy en día, con la carne a más de 3.000 dólares, el abasto no puede disputar el ganado a las plantas exportadoras, ya que el precio de exportación marca ahora el negocio todo el año. Ya no es como antes, cuando en la post zafra comandaba el mercado interno, y la carne se comportaba como un bien no transable. Hoy, para jugar en cancha grande hay que tener los mejores mercados externos, las máximas habilitaciones, distribuidoras de alimentos en todo el mundo, y estar integrados en circuitos alimentarios no disponibles para frigoríficos que merecieron en su momento el comentario de Jorge Batlle de carnicerías de lujo. Estas van camino a no competir, aunque la faena crezca mucho, porque aquí están los Forlán y Suárez de la industria cárnica mundial.

VINO. Y el bolazo mayor provino de la vitivinicultura y su instituto, que, antes de nadar en vino se animan a proponer nada menos que limitar la producción entre aquellos que hoy producen, afectando la libertad empresarial, los derechos del consumidor y una larga lista de etcéteras que da pudor comentar. Como se sabe, esta actividad eligió como modo de desarrollo el encierro, lo que legalmente consiguió al aprobarse el reglamento vitivinícola del Mercosur por decreto 325/97. En el mismo se autorizó a Uruguay hasta el año 2010 a prohibir las importaciones en envases mayores a un litro. En realidad, este reglamento no fue internalizado por todos los Estados parte, por lo que incluso sería dudosa su legalidad y estaría vencido. Además de esa prohibición, el vino disfruta de la protección derivada del castigo tributario al consumo de cerveza y a la vez, por ley 17.458, existe una tasa de promoción y control que opera como un arancel a la importación del vino embotellado. Este encierro casi total permite una importación de apenas un millón de litros de vino en 100 o más de producción. En definitiva, los uruguayos estamos casi obligados a consumir vino nacional, caro y casi imposible de exportar en cantidades significativas. Así las cosas, con avances en la productividad, Uruguay produce hoy 30 millones de litros más de los que es capaz de consumir, con una producción básicamente estancada pero en menos productores y bodegas. Semejante problema genera en el INAVI, la propuesta de limitar la producción, para que no sobre vino. De esta forma habría alguien, imagino que el INAVI, que distribuiría cuotas entre sus socios. Sería mucho mejor que fuera la gente la que determinara quién comercializa vino y en qué cantidad, en función de sus preferencias; en definitiva, parece mucho más democrático que el mercado determine quién produce y no una organización corporativa. El tema es muy grave y creo que anticipa lo que puede ocurrir con toda la granja, que también está encerrada, que tiene dificultades para exportar, y que padece los efectos de los excesos de producción, que afectan a los más vulnerables.

Una semana de excesos verbales, sin duda.

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