Austeridad fiscal y tasa de interés

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PAULO LEVY | DESDE RÍO DE JANEIRO

La economía mundial comenzó a emitir señales conflictivas en los últimos meses. Mientras que las percepciones de los inversores respecto de la situación europea alternan momentos favorables con otros que rayan en el pánico, en Estados Unidos, los resultados más recientes de la actividad económica han sorprendido positivamente. El crecimiento de China en el último trimestre de 2011 también contribuyó a reducir el riesgo de una desaceleración brusca del crecimiento, con consecuencias para los mercados mundiales de commodities. No obstante, el tono de las proyecciones para 2012 todavía es bastante negativo, con revisiones a la baja de diversos organismos internacionales, incluidos la ONU, el Banco Mundial y el FMI.

En Europa, hubo avances ante una nueva postura por parte del Banco Central Europeo, en el sentido de garantizar la liquidez del sistema financiero mientras éste se ajusta para cumplir con las nuevas exigencias de capital. Asimismo, se encamina hacia la definición de reglas fiscales más rígidas para los países de la zona del euro, lo que tiende a generar un ambiente más propicio a la renovación de las deudas públicas de los países más endeudados. En Estados Unidos, a pesar de los resultados recientes que apuntan a una recuperación más acentuada de la producción industrial y del consumo de las familias, persiste una gran preocupación por la trayectoria fiscal y el encaminamiento de un programa de ajuste a largo plazo que revierta el crecimiento explosivo de su deuda pública. El desafío político es definir un programa creíble de reducción del déficit público que permita mantener la recuperación a corto plazo pero que, al mismo tiempo, apunte a la reversión de la trayectoria creciente de la deuda pública.

Por tanto, la cuestión fiscal parece estar en el centro de las incertidumbres que hoy tornan el escenario internacional tan volátil. En Brasil, las condiciones para enfrentar esa inestabilidad se mantienen favorables, pero también incluyen un tratamiento adecuado del frente fiscal. La percepción de la importancia de la cuestión fiscal cambió el discurso del gobierno en el último año. Luego de una fuerte expansión del gasto público y de reducciones localizadas de impuestos con miras a estimular sectores específicos en 2009 y 2010, hubo un cambio de postura el primer año de la administración Rousseff. El año pasado el gobierno se propuso una meta de superávit primario relativamente elevada del 3,1% del PIB, luego de un ajuste al alza hecho a mediados de año sin recurrir a subterfugios o artificios contables.

Me explico: en los dos años anteriores, a pesar de que la meta también fue del orden del 3% del PIB, no se alcanzó el resultado ni siquiera utilizando recetas espurias como la derivada de la capitalización de Petrobras a través del aporte de recursos vía Bndes. Como la meta se establece por ley, hubo que recurrir a la cláusula de escape que permite deducir de los gastos parte de las inversiones que componen el PAC (Programa de Aceleración del Crecimiento). En 2009, el superávit primario fue del 2% del PIB y, en 2010, excluidos los ingresos derivados de la capitalización de Petrobras, del 1,7% del PIB. Fueron dos años de fuerte expansión fiscal, justificada por la necesidad de sustentar la demanda interna ante un cuadro de crisis internacional.

En 2011, como parte del esfuerzo por recomponer el mix de la política económica, ya a inicios de año se promovió el congelamiento de gastos previstos en el presupuesto por un valor cercano a los R$ 50 mil millones. Posteriormente, en la medida en que la recaudación de impuestos sorprendía favorablemente, parte de ese recorte de gastos se revirtió, pero el resultado final tendrá que superar levemente la meta, a pesar de alguna frustración en el desempeño de estados y municipios.

CAMBIO RADICAL. La súbita conversión a las virtudes de la austeridad fiscal por parte de quien no solamente se resistió a eso en el pasado, sino que hasta hace poco promovió una fuerte expansión, es vista con una mezcla de desconfianza y alivio. El gobierno utiliza la nueva postura para tratar de diferenciarse en el contexto internacional, contraponiendo la situación fiscal brasileña a la difícil realidad enfrentada por países europeos y por Estados Unidos ante la opción de tener que hacer el ajuste para impedir el avance de la deuda pública y, al mismo tiempo, no contribuir a profundizar la recesión.

La nueva postura fiscal pasa también por el reconocimiento de que la política fiscal cumple un doble papel desde el punto de vista macroeconómico. Por un lado, afecta la demanda agregada y, para un cierto crecimiento potencial, la inflación. Por el otro, los déficits públicos, en particular el resultado primario, determinan la trayectoria de la deuda pública a largo plazo. Hasta hace poco, solamente se reconocía ese segundo aspecto, dando lugar a argumentos que apuntaban al espacio existente para la reducción del esfuerzo fiscal ante la caída de la deuda pública. De hecho, en términos netos, la deuda pública cayó del 43% del PIB a fines de 2009 al 36,5% del PIB a fines del año pasado. Cabe destacar que la deuda bruta es de casi 20 puntos porcentuales más elevada, lo que se explica, en parte, por el fuerte aumento de créditos al Bndes, cuyo papel se amplió mucho en los últimos años, a través de la concesión de préstamos subsidiados.

Si la dinámica de la deuda pública parece bien encaminada, el peso del gobierno en la economía y el impacto de la política fiscal sobre las demás variables macroeconómicas está adquiriendo cada vez más importancia, según lo reconoce el propio Banco Central en sus informes de inflación. Con una tasa de desempleo del 5,6% en términos desestacionalizados -la más baja desde que se tienen registros estadísticos- la continuidad del proceso de reducción de las tasas de interés, iniciado en agosto, se ve amenazada ante una inflación que cerró el 2011 en 6,5% -exactamente el límite superior del intervalo de tolerancia en torno de la meta del 4,5%- y que ha de disminuir muy lentamente en el curso de 2012, lo que la vuelve bastante vulnerable a nuevos choques como, por ejemplo, a las condiciones climáticas adversas desde comienzos del año y que pueden afectar una vez más el precio de los productos agrícolas. Por eso, el gobierno vuelve a enviar señales de más austeridad fiscal.

UN 2012 COMPLICADO. A diferencia de 2011, sin embargo, el cumplimiento de la meta fiscal este año será mucho más complicado. Los ingresos no van a crecer tanto como el año pasado, ya que el desempeño de la economía en 2011 fue mucho más modesto que el año anterior. En segundo lugar, el aumento del 14% del salario mínimo tendrá fuerte incidencia sobre los beneficios previsionales y demás transferencias sociales del gobierno. Por último y quizás lo más importante, la contención fiscal de 2011 se apoyó, en buena medida, en frenar las inversiones públicas, cuyo bajo nivel ha sido un factor importante para reducir la competitividad de las empresas brasileñas en la medida en que impiden el desarrollo de la infraestructura. La necesidad de retomar esas inversiones deriva, además, del compromiso asumido por el país de realizar eventos deportivos mundiales como la Copa de 2014 y las Olimpíadas en 2016.

Es decir que en 2012, el gobierno tendrá que ir más allá de la retórica y demostrar en los hechos su compromiso con las metas fiscales si desea que la reducción de los intereses al nivel de un dígito se vuelva una realidad, sin que eso signifique desistir de una trayectoria de convergencia de la inflación hacia la meta. Eso exigirá opciones políticamente difíciles en un año de elecciones de gobiernos locales, como ya lo indican las manifestaciones de funcionarios públicos por reajustes salariales. El cambio de la composición de los gastos públicos en favor de las inversiones sin alterar el volumen total de los gastos, sería una contribución decisiva del gobierno al aumento del ahorro nacional y, por ende, a la sustentación de tasas de crecimiento más elevadas.

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