JAVIER DE HAEDO
En materia de política comercial, los acuerdos bilaterales y multilaterales deberían ser instrumentos para afectar o alterar el "orden natural", en el sentido que le convenga al país. Si el orden natural implicara que una relación sea inevitable, el acuerdo podría lograr el propósito de canalizarla por el camino mejor o el menos malo. O bien, mediante acuerdos con terceros, podría procurar neutralizarla.
¿Cuál es el caso de Uruguay en el Mercosur? La geografía nos impuso dos vecinos (y sólo dos) que son relativamente muy grandes (Brasil ya lo es, además, en términos absolutos) y han sido históricamente inestables, más allá de períodos de mayor o menor estabilidad. Con esos vecinos se han sucedido acuerdos, primero bilaterales (el PEC con Brasil y el Cauce con Argentina, a mediados de los setenta) y luego multilaterales (el Mercosur, desde comienzos de los noventa) que han estrechado los vínculos que la proximidad geográfica (y el origen cultural común, con Argentina) ya había establecido.
¿Se trata, entonces, de uno de esos casos en que se busca canalizar una relación inevitable, minimizando el daño cuando no maximizando el beneficio? Si en un principio pudo ser así, resulta evidente que ya no lo es. Veinte años después, el Mercosur sigue siendo un modelo de sustitución de importaciones a escala regional, no ya nacional, que da lugar a más desvío que creación de comercio. La evolución de nuestras exportaciones a los dos vecinos está correlacionada estrechamente con la evolución de sus respectivos ingresos per cápita en dólares, casi igual que el turismo, que no está sujeto a reglas de intercambio. No es el acuerdo ni su evolución los que explican el comportamiento de nuestras exportaciones a Argentina y Brasil.
Esa sustitución de importaciones a escala regional se debe a que hemos bajado casi al mínimo las barreras al comercio entre nosotros (las formales, porque las otras dependen del humor de nuestros vecinos) mientras que hemos mantenido muy elevadas las barreras al ingreso de bienes desde fuera del ámbito del acuerdo. Imaginemos un barrio privado, sin muros ni divisiones notorias entre los predios de los vecinos, pero con un muro perimetral al barrio de considerable altura, defensas eléctricas y vigilancia. El tránsito dentro del barrio es fluido y los fondos de las casas de los vecinos se comunican. Pero es costoso ingresar desde fuera del barrio. El problema se da cuando los dos vecinos laterales a nuestra casa tienen conductas que afectan nuestra calidad de vida. La mejor solución es seguir viviendo allí y hablar con ellos para que cambien su conducta, pero eso no siempre da resultados. La única solución en esos casos es mudarse.
En materia de política comercial también es posible mudarse de barrio. No geográficamente, por cierto, pero sin dudas mediante la política comercial es posible hacerlo. Es cuestión de estrechar vínculos con otros países y bloques para lograrlo, mediante otros acuerdos que entonces neutralizarían al regional.
Por cierto que sería preferible, siguiendo con el ejemplo, hablar con los países vecinos y convenir ajustes al acuerdo, de modo que dependamos menos de ellos, sin dudas mediante una fuerte reducción de los aranceles externos comunes. Hoy el acuerdo implica que los productores del país A exportan al país B con privilegio frente a terceros países y los consumidores de B pagan más caro a A de lo que pagarían a otros. De este modo, los consumidores de B subsidian a los productores de A. Obviamente, la contrapartida de esto es que se da la recíproca entre los productores de B y los consumidores de A. Antes, con la vieja sustitución de importaciones a escala nacional, los consumidores subsidiaban a los productores en el mismo país; ahora, se da lo mismo entre países. Esto, que no es eficiente, encima estrecha aún más los vínculos con los vecinos enormes e inestables, o sea que profundiza la "región-dependencia". Es decir que mediante los papeles hemos aumentado la dependencia regional en vez de procurar atenuarla o neutralizarla.
Pero ni Argentina ni Brasil aceptarán nunca una fuerte reducción de los aranceles externos al Mercosur porque son tradicionalmente proteccionistas, más allá de los gobiernos de turno. Siendo así las cosas, deberíamos buscar mudarnos. Y si bien es difícil que ellos lo acepten, al menos es un camino más potable que el de la reducción de aranceles. Mudarnos implicaría o bien bajar unilateralmente el arancel externo o bien realizar múltiples acuerdos comerciales con otros países y bloques del mundo.
Este era uno de los beneficios que nos hubiera dado la concreción de un Tratado de Libre Comercio con los Estados Unidos como el que se planteó en el período de gobierno anterior y que abortó por falta de consenso en el partido gobernante.
Ahora resulta que aquel TLC también nos sería útil hoy para neutralizar la relación que de facto (de nuevo el "orden natural") se ha venido estrechando con China, como Carlos Steneri demostró inteligentemente en su columna del pasado 14 de febrero en este suplemento.
Steneri muestra cómo se ha venido dando la relación entre China y Brasil, con el primero realizando considerables inversiones directas y con un intercambio que en esencia consiste en exportaciones de materias primas desde Brasil a China y de bienes finales en el sentido opuesto. Con China siendo el principal socio comercial de Brasil. La vieja relación, denostada, entre potencias centrales y pobres países periféricos, ahora se da entre pares, emergentes estrella, dos de los cuatro "BRICs". ¿Qué podemos esperar sobre nosotros mismos si así son las cosas para Brasil?
Como bien expresa Steneri, China, "sin ningún tratado de libre comercio de por medio, ha generado efectos similares a los temidos por quienes se oponían a la concreción de un TLC con Estados Unidos. Hoy la región, por vía directa o indirecta, se especializa en la exportación de materias primas, en tanto importa masivamente bienes terminados de origen chino. De alguna forma, la realidad actual va rotando hacia una chino-dependencia que fue reforzada por la miopía política de auto-segregarse en la búsqueda de acuerdos comerciales de libre comercio con otros destinos importantes, en particular con Estados Unidos".
Es decir que, en nuestro país, estamos entre dos dependencias relevantes: una, tradicional, con los vecinos, que nos hemos encargado de reforzar en los papeles en vez de canalizarla de modo que la dependencia natural se atenúe o neutralice en la medida de lo posible; otra, reciente y en proceso de acentuación, con China, respecto de la cual tenemos una actitud totalmente pasiva. Ahora bien, el remedio para ambas situaciones es el mismo, es el que conocemos desde siempre, el que la teoría económica recomienda, aunque resulte "políticamente complicado", como toda decisión importante y digna de gobernantes con mayúscula: la apertura unilateral al mundo o, alternativamente, la construcción de múltiples vínculos que atenúen el impacto de los más dificultosos. Es momento de replantear el TLC con Estados Unidos y, al mismo tiempo, de plantear todos los TLCs que se pueda. Es la mejor contribución que los gobernantes de hoy pueden hacer por nuestra independencia en tiempos del bicentenario.