Los indicadores más recientes de la economía brasileña revelan una fuerte desaceleración del ritmo de crecimiento. La producción industrial se mantuvo relativamente constante entre el segundo trimestre de 2010 y el segundo trimestre de este año pero, en los últimos meses, registró caídas sucesivas. En la actualidad, el nivel de producción es 4% inferior al de marzo de 2011, el pico más reciente.
El magro desempeño de la industria se venía compensando con un fuerte crecimiento del sector servicios, reflejando el comportamiento recalentado de la demanda agregada. Hasta el segundo trimestre, el crecimiento acumulado en el año, en relación a igual período de 2010, muestra variaciones del 5,7% para el consumo y del 7,3% para las inversiones. Sin embargo, en el tercer trimestre hubo una desaceleración de esos componentes, con tasas de crecimiento en relación al tercer trimestre de 2010 próximas al 5% y 2% respectivamente.
Por su parte, el desempeño de las actividades relacionadas con los servicios se reflejó en el mercado laboral de forma tal que el ritmo de creación de empleos formales hasta el segundo trimestre indicaba una trayectoria superior a los dos y medio millones de nuevos puestos de trabajo en 2011. Entre julio y octubre, sin embargo, la media mensual de nuevos puestos de trabajo fue de 160 mil por mes, frente a 210 mil del primer trimestre. El ritmo de crecimiento de los salarios también se desaceleró a partir de julio, en parte por el relativo enfriamiento del mercado, en parte debido a la aceleración de la inflación. La tasa media mensual anualizada de los aumentos de los salarios reales cayó del 6% en el primer semestre al 3,6% entre julio y septiembre.
CAUSAS. Entre los factores que produjeron esa desaceleración están las políticas monetaria y fiscal, en una combinación inédita en la historia reciente, en que ambas trabajaron en la misma dirección, apuntando a reducir las presiones inflacionarias. Las medidas de restricción del crédito, adoptadas a fines de 2010 y el aumento de los intereses entre enero y julio de este año, aparentemente comenzaron a producir los efectos esperados también en el tercer trimestre: el crédito total, que a fines de 2010 crecía a una tasa anual del 17%, se desaceleró a lo largo del período, registrando una expansión del 12% en septiembre frente a igual período del año anterior. La desaceleración del crédito a las familias fue todavía más intensa, habiendo pasado de un crecimiento próximo al 30% a fines de 2010 al 18% en septiembre. Como consecuencia del menor aumento del crédito, así como de la relativa pérdida de dinamismo en el mercado laboral, hubo una desaceleración de las ventas en el comercio: la tasa media mensual anualizada de la expansión de ventas minoristas -incluso de automóviles y materiales de construcción- cayó del 5,1% anual en el primer semestre al -3,6% anual en el tercer trimestre.
Por su parte, la política fiscal cambió de signo en 2011, y pasó a ser contractiva después de dos años de fuerte expansión. La recaudación del gobierno federal creció marcadamente, acumulando hasta octubre una variación real del 12%, mientras que el gasto público, que en 2010 había aumentado 16,5% en términos reales (36% en los gastos discrecionales), en el acumulado del año hasta septiembre cayó 5% en términos totales y 18% en los gastos discrecionales.
A pesar de las políticas adoptadas para controlar la inflación, la expectativa no era de una desaceleración tan pronunciada. El empeoramiento del escenario externo contribuyó a agravar el desempeño de la economía, al agregar una fuerte dosis de incertidumbre afectando los flujos de capital, los precios de los commodities y el comercio exterior. Un síntoma de ese agravamiento es que, reflejando la caída de confianza de los empresarios industriales, la inversión debe haber presentado en el tercer trimestre la primera variación negativa respecto al trimestre anterior, desde el primer trimestre de 2009 en que los efectos de la quiebra de Lehman Brothers todavía se sentían intensamente.
REACCIÓN. En ese contexto de agravamiento del panorama externo, el gobierno envió señales con la reversión de la política económica apuntando a preservar el ritmo de crecimiento, incluso con la inflación todavía por encima del valor central de la meta. Después de haber alcanzado una variación anual del 7,3% a septiembre, la perspectiva es que la inflación cierre el año en torno al límite superior del intervalo de tolerancia, próxima al 6,5%. Frente a un escenario externo deflacionista -en que la presión de los precios internacionales de los commodities tiende a pasar de positiva a negativa en el caso de los metales y neutra en el de los productos agrícolas y los energéticos-, el Banco Central comenzó a reducir los intereses a partir de finales de agosto, indicando un proceso de ajuste gradual con la perspectiva de llevar la tasa real de intereses a un nivel inédito en la historia brasileña en contexto de inflación de un dígito, pudiendo caer debajo del 4% anual.
Contrariamente a la reacción ante la crisis de Lehman Brothers en 2008, ahora el gobierno anuncia que no utilizará la política fiscal como instrumento para sostener el crecimiento. Como dijimos antes, en 2011 la política fiscal tuvo un sesgo contractivo, y el resultado primario deberá cumplir con la meta del 3,1% del PIB. Para 2012, la intención es mantener ese desempeño, lo que haría que la política fiscal se vuelva neutra y abriría el espacio para reducciones más agresivas de los intereses. El problema es que el desempeño fiscal de 2011 está siendo influido por factores que no se repetirán el próximo año. Además del ya mencionado crecimiento de los ingresos -incluso con la contribución de elementos no recurrentes- los gastos crecieron poco debido a la corrección del salario mínimo apenas por la inflación pasada, sin aumentos reales y la fuerte compresión de las inversiones que cayeron en casi un 9% en términos reales, hasta septiembre.
PRONÓSTICOS. En 2012, el aumento previsto para el salario mínimo -determinado por el crecimiento del PIB en 2010 del 7,5%, y de la inflación de 2011 del 6,5%- se acercará al 14%, incidiendo fuertemente en los gastos de previsión social, seguro de desempleo y demás transferencias sociales, con un impacto próximo al 0,8% del PIB. Por su parte, la inversión pública tiende a crecer ante los compromisos asumidos con la organización de la Copa de 2014 y las Olimpíadas en 2016, aparte de las necesidades derivadas de la precariedad de la infraestructura y de su incidencia negativa sobre la competitividad de la producción interna.
En resumen, la desaceleración de este año probablemente lleve el crecimiento del PIB a un umbral entre el 3% y el 3,5%. Es posible que, en función del cambio de política en curso, el crecimiento se acelere durante el próximo año, pasando a una banda de entre el 3,5% y el 4%. No obstante, cabe mencionar que el crecimiento brasileño siempre guardó una estrecha relación con el desempeño económico global, aun siendo Brasil una economía relativamente cerrada. Eso significa que un deterioro todavía mayor del escenario externo acabaría por reflejarse negativamente en la economía brasileña, aun cuando hoy día la vulnerabilidad sea menor de lo que era en 2008, debido al aumento de las reservas internacionales, a la mayor atracción de inversiones extranjeras directas y al espacio existente para movilizar la política económica, especialmente la monetaria. En un contexto internacional en que los países centrales se enfrentan a serios desequilibrios relacionados con la deuda pública o con déficits fiscales elevados, el mantenimiento de la austeridad fiscal coloca a Brasil en posición destacada, acompañado por la mayoría de los países emergentes. Sin embargo, la consolidación de ese cuadro requiere ir más allá del corto plazo, promoviendo los cambios institucionales que permitan incrementar la contribución del sector público al aumento del ahorro nacional, principal restricción para la aceleración sostenida del crecimiento.