Para Japón no fue una década perdida

| Su economía no está aun en crisis y hay opciones para elevar su crecimiento potencial y bajar su endeudamiento

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Los japoneses dicen sufrir de una enfermedad económica llamada "pesimismo estructural". También en otros países existe cierta propensión a considerar los hechos ocurridos en Japón como un presagio del destino de las economías de la eurozona y de Estados Unidos, aún cuando las cifras publicadas en noviembre del pasado año muestran un crecimiento económico anualizado del 6% en el tercer trimestre, reponiéndose rápidamente del tsunami y el desastre nuclear ocurridos en marzo.

Si observamos objetivamente el desempeño económico de Japón durante los últimos diez años, el apelativo de la "segunda década perdida" -si no la primera- es equivocado. Los factores demográficos son básicamente los responsables del deterioro de la imagen del país -más de la mitad de su población es mayor de 45 años-, así como el erróneo enfoque del tema. Aun así, la mayoría de los japoneses se ha enriquecido.

En su conjunto, la economía japonesa creció la mitad que la estadounidense entre 2001 y 2010. No obstante, si se considera el crecimiento del PIB per cápita en el mismo período, Japón superó a Estados Unidos y a los países de la eurozona (ver gráfico superior). Esto se debe en parte a que su población ha disminuido, mientras que la estadounidense ha aumentado.

Aunque el crecimiento en materia de productividad laboral fue algo menor que el de Estados Unidos en el período 2000-2008, la productividad total de los factores -una medida de cómo utiliza un país su capital y su fuerza laboral- creció a mayor velocidad, según la Organización Asiática de Productividad, con sede en Tokio. La tasa de desempleo en Japón es más elevada que en 2000, pero se mantiene en alrededor de la mitad de la estadounidense y la europea (ver gráfico inferior).

Además del supuesto estancamiento, las otras dos amenazas de la economía japonesa son la deuda y la deflación. Esto también es resultado parcial de la demografía y podrían estar exageradas. Con frecuencia se piensa en Japón como un país endeudado, pero en realidad es el mayor acreedor mundial, con 253 billones de yenes (3.300 billones de dólares) en activos extranjeros netos.

Sin lugar a dudas, su gobierno es un gran deudor; su deuda neta en relación al PIB es una de las más altas dentro de la OCDE. Sin embargo, la deuda pública no es el resultado de un gasto desmedido o de la construcción de "puentes a ninguna parte", sino del envejecimiento de la población, de acuerdo con el FMI. El gasto en Seguridad Social se duplicó en relación al PIB entre 1990 y 2010 debido al aumento de las jubilaciones y de los costos de la asistencia en salud. En ese mismo período, se evidenció una reducción en la recaudación impositiva.

La caída de los ingresos tributarios es un problema. Pero la contracara es que en Japón, la recaudación impositiva es más baja en términos porcentuales que en cualquier otro país de la OCDE, apenas el 17% del PIB. Esto le confiere al gobierno una amplia capacidad de maniobra. Según el economista de la Universidad de Tokio, Takatoshi Ito, si se aumentara el impuesto al consumo en 20 puntos porcentuales, partiendo del actual 5% -situándolo al mismo nivel de los países europeos con impuestos elevados-, se recaudarían 50 billones de yenes e inmediatamente se eliminaría el déficit fiscal de Japón.

Parece drástico pero, una vez más, la demografía juega un papel importante. Los funcionarios dicen que los adultos mayores se oponen a impuestos más altos y recortes en los beneficios, mientras que los jóvenes -que conforman una minoría- no tienen el poder político para presionar por sus intereses a largo plazo. David Weinstein, profesor de economía japonesa en la Universidad de Columbia en Nueva York, explica que los ancianos preferirían darle dinero a sus hijos antes que destinarlo al pago de impuestos. En última instancia esto podría traducirse en una futura reducción de los beneficios. Opina que "para que los beneficios aumenten a la par de los ingresos, como en la actualidad, es necesario un incremento masivo en los impuestos de aproximadamente un 10% del PIB".

Sostiene que la demografía también ayuda a explicar la pertinaz deflación japonesa. Los precios en caída hacen que las personas ahorrativas -en su mayoría gente mayor- obtengan rendimientos reales positivos de sus inversiones, a pesar de que las tasas nominales de interés están próximas a cero. Hasta ahora, mantener bonos del gobierno ha sido una buena opción. Los inversores domésticos están dispuestos a renovar sus colocaciones, lo que permite al gobierno financiar sus déficits, aunque esto tiene un costo para el resto de la economía.

En pocas palabras, el comportamiento de la economía japonesa es más beneficioso para la gente de mediana edad y los ancianos que para los jóvenes. Pero no está aun en crisis y los economistas opinan que el país tiene muchas alternativas para elevar su tasa de crecimiento potencial y reducir su endeudamiento.

REFORMAS. Recientemente, el primer ministro Yoshihiko Noda, hizo una arriesgada propuesta, al manifestar que Japón planea comenzar conversaciones con el propósito de ser miembro de la Trans-Pacific Partnership. Esta es una zona de libre comercio respaldada por Estados Unidos que podría lograr la rebaja de tarifas arancelarias que se aplican a una numerosa cantidad de bienes y servicios. Como es previsible, los granjeros de mayor edad y los pequeños empresarios, entre otros, se oponen a la iniciativa.

Reformas en otras áreas, tales como la fiscal y previsional, serían más fáciles de llevar adelante si las autoridades gubernamentales mostraran a la población una visión diferente: no que la economía está estancada, sino que su comportamiento refleja las subas y bajas de una sociedad envejecida, y que tanto los mayores como los jóvenes deben hacer esfuerzos.

El problema es que el discurso pesimista ya está profundamente arraigado. La actual generación de líderes políticos, burócratas y empresarios japoneses supera, de hecho, la mediana edad. Muchos de ellos consideran que ya han realizado suficientes sacrificios desde los días de gloria en la década de 1980. Weinstein arguye que padecen el "síndrome del gigante empequeñecido", observando nerviosamente el crecimiento económico de China. Si se compararan con Estados Unidos y Europa, tal vez encontrarían la fuerza suficiente para adoptar algunas de las duras medidas necesarias.

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