SERGIO ABREU
La crisis financiera que se desató en los países desarrollados en el año 2008 afectó el crecimiento de algunos países en desarrollo en el 2009, pero desde fines de ese año, estos recuperaron su ritmo de crecimiento mientras que en las economías centrales persistían el estancamiento y las dificultades financieras y fiscales.
La situación del escenario internacional es más preocupante que en el período 2008-2009. A pesar de los enormes esfuerzos fiscales, ni Estados Unidos, ni la Unión Europea dan señales definidas de recuperación de las economías y atenuación del desempleo. Es más, a esas situaciones se agregan los efectos de los déficits fiscales y los riesgos de default.
Los países en desarrollo, en especial las grandes economías emergentes, no sufrieron efectos significativos de la crisis del mundo desarrollado o se recuperaron rápidamente, creando una brecha de crecimiento con los países desarrollados y asumiendo el papel de motores de la economía internacional.
GRAN INTERROGANTE. La pregunta que nos hacemos todos es hasta cuándo los países en desarrollo y en especial las economías emergentes podrán seguir creciendo frente al estancamiento y recesión de los países desarrollados. La respuesta está empezando a sentirse, y en ese sentido, deben destacarse dos aspectos.
En primer lugar, la devaluación de las monedas más apreciadas entre ellas el real brasileño y en cierto sentido nuestro peso; aunque, mientras que en el caso del real, la competitividad fue una de las principales razones, en el nuestro, el impacto de la modificación del tipo de cambio brasileño y la situación internacional y regional han superado la voluntad de nuestro Gobierno y de su equipo económico.
En segundo lugar, nos enfrentamos a la proliferación de prácticas proteccionistas, a veces con formatos novedosos, que vulneran los compromisos de la OMC y los asumidos en los acuerdos regionales; muchas de ellas como reacción a la expansión comercial de China en el mercado internacional.
En cuanto a nuestro país, todavía no se ha visto afectado por una caída significativa de los precios internacionales de los commodities que exporta; y tampoco se aprecia una interrupción del flujo de IED aunque es de esperar que en los próximos meses esta última se reduzca en función de las decisiones económicas de Brasil y Argentina.
ARGENTINA. El proteccionismo está entre nosotros, aunque para nuestros vecinos tiene un significado diferente. En el caso de Argentina, enfrentamos durante los últimos años una política proteccionista a ultranza que reserva el mercado doméstico a la producción nacional, y busca una compensación entre importaciones y exportaciones que preserve el gran superávit comercial actual. Esta política pasa por encima de los compromisos asumidos en el Mercosur. Paralelamente desde el año 2002, se aplican derechos de exportación, especialmente elevados en el caso del petróleo y gas natural, la soja y subproductos, y cereales. Estos derechos han afectado la competencia en los sectores alimenticios, productos petroquímicos y plásticos mediante la existencia de un complejo sistema que controla la importación, favorece la exportación de productos industriales y la captación de IED en el mercado argentino.
Por otro lado, a los problemas de comercio e inversiones, debe agregarse una persistente oposición o enlentecimiento de las decisiones que tienen que ver con la navegación, el tránsito y la aplicación de los Tratados del Río Uruguay y el Río de la Plata. Argentina trata de obstaculizar las ventajas geográficas y de infraestructura que tiene Uruguay como punto de entrada y salida de la Cuenta del Plata, y de un corredor a ultramar. Algo semejante sucede en materia de energía eléctrica, con el tránsito de la energía paraguaya por las redes argentinas y con las demoras en la construcción de una planta binacional de regasificación.
BRASIL. Con Brasil enfrentamos situaciones puntuales; sin embargo, recién ahora comenzó a aplicar medidas defensivas en el comercio que afectan a la industria uruguaya y en especial al sector automotriz; aunque quizás lo más importante sea el manejo de la política monetaria y cambiaria y su impacto sobre los flujos económicos bilaterales.
Con esas salvedades, podemos decir que el Mercosur de hoy funcionó como una zona de libre comercio que, a pesar de algunas trabas no arancelarias e incumplimientos importantes, permitía la libre circulación de bienes originarios en el mercado regional. El AEC tenía un efecto limitado por las listas de excepciones sumadas a los regímenes aduaneros especiales y a las condiciones dadas a las zonas francas de Manaos y Tierra del Fuego. En todo caso, Paraguay y Uruguay podían importar materias primas, insumos industriales y bienes de capital sin arancel o con aranceles muy bajos.
El "relanzamiento del Mercosur" a principios del siglo nada cambió, y el proceso de integración comenzó a transitar el camino de la intrascendencia que ya habían recorrido la Alalc, la Aladi y el Grupo Andino. Es decir, los órganos siguen funcionando, deliberando y tomando decisiones sobre temas secundarios y cada tanto se forma algún grupo de trabajo especial para tratar los problemas sustantivos, sin mayores resultados. Los temas económicos centrales -libre circulación de bienes, respeto de la competencia, equidad en las inversiones, servicios y la organización institucional- siguen empantanados. Asimismo, la decisión 54 sobre la eliminación del cobro múltiple del AEC y la reciente aprobación del Código Aduanero del Mercosur, medidas por cierto importantes, son incompatibles con la inexistencia de la libre circulación de bienes y la ausencia de una armonización instrumental.
En este sentido, las políticas proteccionistas de Argentina y Brasil, están siguiendo la misma orientación y configuran una tendencia a sustituir la apertura por el concepto de comercio administrado, que, si bien puede interpretarse como medida defensiva ante la crisis, constituye un claro resurgimiento del proteccionismo y del nacionalismo económico.
CONCLUSIONES. En ese contexto, el proteccionismo puede ser un paliativo transitorio para países de mercados domésticos de gran dimensión, mientras puedan mantener el poder adquisitivo de los ingresos de las familias y las empresas; en cambio, para Paraguay y Uruguay no es una opción. No hay capacidad de "retaliación" y solo queda el camino de la negociación en la que se siente todo el peso de la asimetría para neutralizar los efectos, y las dificultades por alcanzar mercados alternativos, ya que los bienes afectados son especialmente industriales.
Durante los próximos años es muy posible que esta situación no cambie. Para enfrentarla no debemos caer en la ingenuidad de creer que la armonía que tratan de transmitir los presidentes y ministros pueda sustituir las decisiones y medidas que se postergan indefinidamente. Los intereses nacionales se imponen normalmente sobre las afinidades ideológicas y simpatías personales de los gobernantes. Volvemos a insistir como dijera Lord Palmerston "los países no tienen amigos sino intereses".
Todo lo expuesto no debe interpretarse con una invitación a abandonar el Mercosur o a vivir en un estado de conflicto permanente; pero tampoco podemos insistir en una diplomacia errática y ausente de una estrategia política compartida que nos permita fortalecer nuestra posición. Da la sensación de que el Gobierno no sabe lo que quiere; y si lo sabe, lo explica muy mal o trata de administrar disimuladamente serias divergencias internas en la proyección de su política exterior. Es tiempo de promover una reingeniería realista de nuestras relaciones económicas en el Cono Sur y abandonar las declamaciones ideológicas ausentes de todo contenido y parte de una peligrosa fuga hacia adelante que nos perjudica silenciosa e implacablemente.