La divulgación por parte del Banco Central de la composición del PIB en 2010 debería hacernos pensar un poco en la naturaleza de ese crecimiento, la que surge con claridad del estudio de la apertura por rubros de ese proceso. Este evidencia un aumento espectacular en el mundo de los bienes no transables, del mercado interno, y plantea un detenimiento en la producción en volumen físico de los rubros de exportación. En definitiva en la agropecuaria, todavía de modo tímido, parece haber un freno; algo podría estar comenzando a suceder en la cabeza de los empresarios más grandes, los que hacen el volumen de la actividad. El punto no es menor porque crecimientos muy bajos en el volumen físico, en momentos de precios elevados, deben estar significando algo. Veamos.
COMPOSICIÓN. De ese 8,5% de crecimiento del PIB, cifra verdaderamente importante, la ganadería no crece nada, y la agricultura no llega al 1%; el agro en su conjunto, incluyendo forestación 1,1%; la industria lo hace 3,6%; la silvicultura 10%, y lo impactante: comercio reparaciones y hoteles aumenta casi 15%, y una cifra igual, 14,6%, para transporte y comunicaciones. Así crece precisamente un país con un tipo de cambio real en caída, con una situación de competitividad externa cada vez peor. Lo hace a partir del consumo doméstico, de la demanda de no transables que va generando un cambio de precios relativos muy fuerte entre estos y los exportables, que ven así encarecida su relación con el resto de la economía a modo de un impuesto implícito a la exportación.
Por lo pronto, este tipo de información debería servir al menos para moderar la furia iconoclasta de algunos jerarcas del gobierno apurados por repartir lo que venga, en un enfoque no solo ideologizado sino lleno de resentimiento hacia quienes pagan todos sus impuestos y les va bien, o aparentemente bien. Tampoco se paran un minuto a pensar qué efectos puede tener en la producción futura, no solo un ataque al agronegocio, sino también la sola amenaza al mismo que va minando cada día, junto a otras contradicciones, lo que podríamos llamar el benéfico "efecto Conrad".
En la ganadería, como ya lo he señalado varias veces, el crecimiento de la producción que venía en un proceso ininterrumpido desde comienzos de los noventa, paró desde su pico en el 2006. Sé muy bien que operan allí razones de clima, de crisis como la del 2008/2009, y en especial el impulso que tuvo la agricultura ocupándole más espacio. Pero, ¿no habrá algo más? ¿Cómo está en la pecuaria el clima de negocios, el sistema de reglas de política pública cuya invariabilidad lo condiciona?
Y en la agricultura, ya mencioné que en 2010 la producción paró. Estimo que la siembra de invierno quizás se recupere a valores como los de 2009, pero no más; el arroz, aunque creció mucho en esta zafra -17%- hace tiempo que no supera el área de hace diez años atrás, con seguridad también por límites en la disponibilidad de agua, pero no solo por eso. Y queda imaginar qué ocurrirá con la soja, el gran rubro de la agricultura de secano, que estimo que tampoco es probable crezca gran cosa. Operan en ello varias razones: por ejemplo precios de rentas que todavía no se han ajustado a las nuevas realidades de competitividad del rubro, que no recogen que una cosa era pagar 700 kilos de soja con un dólar de $ 21 y otra con uno de $ 19; operan sin duda problemas de infraestructura, de costos de servicios, etc. Pero ¿no habrá algo más? ¿Cómo está también en la agricultura el clima de negocios, el sistema de reglas de cuya invariabilidad lo condiciona?
CLIMA INVERSOR. Me apresuro a señalar que el clima no es aun definitivamente malo, y que por ahora prevalece el efecto Conrad. No obstante, en sentido contrario, van operando cada día nuevos episodios que considerados aisladamente no suponen un cambio en las reglas de juego, pero que su consideración conjunta va minando poco a poco la propensión a invertir a partir de la expectativa de ganancias, que es lo que mueve el proceso económico. Este es quizás el primer punto: el mismo afán de lucro, de éxito, motor de la lógica empresarial, es cuestionado desde ópticas maníqueas instaladas en el gobierno. A ellas se suma una especie de resentimiento que va tomado diversas formas. Por ejemplo está todo el tema, aparentemente resuelto en el Conrad, de tocar el tema tributario y en especial gravar más al campo, o al latifundio, o a las grandes empresas, o a las llamadas ganancias extraordinarias, o a los extranjeros, o a cualquier objetivo de este tipo. Estos planteos se van sumando a otros, por ahora descartados. Por ejemplo todo lo referido a la propiedad de la tierra. El gobierno no es suficientemente claro respecto de las ocupaciones de tierras, y a veces se expresa con ganas de poner límites a la extensión territorial, a los extranjeros, más dificultades a las sociedades anónimas etc. Y en materia de agricultura amenaza con detracciones, detiene transitoriamente el progreso científico en los transgénicos, o ahora, determina la aplicación de un plan de cuidado del suelo de discutible base científica, de indudable ataque al derecho de propiedad, y especialmente convertido en un instrumento -un costo más- para las empresas agrícolas de porte que son las que mueven el área sembrada.
A todo esto hay que sumarle los cortes de ruta en la puerta de las fábricas, ocupaciones, inseguridad jurídica, o incapacidad de ejercer la autoridad.
Y vuelve el tema del retraso cambiario con un componente en el que el gobierno poco puede hacer, el de la sobreabundancia interna de una moneda que además cae en su valor en el mundo, pero con otro componente que sí depende del gobierno que es la inflación, de la que solo él es responsable. La pérdida de competitividad medida a través del tipo de cambio real no es un problema externo del dólar; si así fuera, la competitividad con los demás países no se modificaría. Es el componente interno -la inflación- el que opera en contra de nuestro país en comparación con otros que también tienen ese dólar menos valioso, pero otras conductas fiscales.
En definitiva, esta composición del crecimiento es una luz amarilla de procesos que pueden estar comenzando. En el agro la inversión, siempre de largo plazo, deriva de un equilibrio de cristal, hoy muy fino, que se puede quebrar no solo por reglas equivocadas sino por la generación de un clima adverso a la economía del riesgo y la ganancia, como el que promueven algunos dominados por la ética de la revancha social.