CARLOS STENERI
El año 2011 pasará a la historia como un período desconcertante. A veces, motivado por la impericia de quienes, como la Unidad Europea, tenían gala de diestros en el manejo de cuestiones de política económica internacional. En otros casos, ese estado de confusión también recaló por nuestras latitudes en temas cardinales como la adecuada inserción en un mundo en una franca fase de enlentecimiento económico.
Sea cual sea la pertenencia geográfica de esos hechos, su permanencia agrega riesgos a una situación internacional complicada. O debilita las fortalezas de países como el nuestro, que por su condición estarán en las primeras líneas sobre las que se abatirán los reflujos de una eventual crisis económica internacional.
CRISIS IRRESUELTA. Opinando sobre el tema europeo han corrido ya ríos de tinta, y es solamente el comienzo no tan solo en la crónica como en el proceso de resolución de su crisis más profunda después de la segunda posguerra. Su crisis económica, con visos de dispararse si no se actúa inmediatamente, ha sido trascendida por la crisis del sistema de toma de decisiones que trabajosamente Europa diseñó para manejar los temas económicos del espacio comunitario. La realidad muestra que el sistema es rengo y, por tanto, incapaz de actuar efectivamente en situaciones críticas como las actuales. Frente a esa realidad, las autoridades de Alemania y Francia lideraron y aún mantienen con sus pares una danza casi semanal de reuniones anodinas, cuyo resultado más visible y patético es el contagio. No hubo avances sustantivos en la cauterización de problemas relativamente fáciles como el de Grecia, y menos ideas para tratar problemas más serios como la insolvencia de numerosos bancos y las reformas necesarias para relanzar a varios países claves por sendas de crecimiento robustas.
Lo peor es que tal actitud hemipléjica se nutre de las contradicciones y tensiones profundas que operan en un gran espacio político como el europeo, conformado por un mosaico de culturas. Sus creadores, sabiendo su inestabilidad latente, sobrepusieron los beneficios que daría la estabilidad de una gran Europa armónica a los riesgos operativos del esquema. Y hoy estamos viendo esos resultados. Una de sus dimensiones, la económica, muestra una Europa de dos pisos. Por un lado, Alemania y la mayoría del norte del continente que pudo prosperar con estas reglas de juego. En tanto, la periferia mediterránea desde Portugal a Grecia fue acumulando deuda para financiar déficits de sus cuentas corrientes. Ese exceso de gasto sobre su ingreso nacional es equivalente a los saldos positivos que muestran los países del grupo representado por Alemania. Esto es insostenible, y quienes tomaron la decisión de atar al proyecto político con una moneda común, no lo tuvieron en cuenta. Se olvidaron de la dinámica inexorable de los hechos. Frente a esta realidad, hay frenesí para buscar atajos o soluciones mágicas para revertir una tara del sistema que pertenece a su genética. Y no habrá salida permanente, hasta tanto no se la resuelva.
En tanto, el mundo permanece en vilo. Un espacio económico que acumula un Producto Bruto similar al de Estados Unidos o China anda a tientas en la resolución de problemas con un alto contenido de contagio internacional.
Sea cual sea el camino institucional, la fórmula de salida debe contener tres ingredientes básicos.
Primero, la recuperación de la solvencia del sistema bancario, hecho que no excluye fusiones ni la nacionalización, aunque sea temporal, de instituciones incapaces de lograr los ratios de capital necesarios.
Segundo, despejar los problemas de refinanciamiento de algunos o de insolvencia en otros de su deuda soberana para culminar en el tercer aspecto que hace a la recuperación del crecimiento.
Esto requiere, necesariamente, la expansión de las exportaciones netas, pues las naciones que no crecen no lo pueden hacer aumentando el consumo doméstico, hoy sobre expandido y parte del problema. Alemania, el gran exportador neto, podría aumentar su consumo doméstico para ayudar al proceso, lo cual es altamente improbable. Más aún, debiera exportar menos dentro de la región, y derivarlo hacia el resto del mundo.
Ejecutar esa trilogía de acciones complejas requiere capacidades políticas y marcos institucionales que la Unión Europea por el momento carece o son estrechos para actuar en estas circunstancias. Por tanto, continuará el estado de incertidumbre actual y la acumulación de riesgos latentes con impacto potencial sobre el resto del mundo.
La certeza es que la salida, necesariamente, contendrá un aumento de las exportaciones netas. Es decir, importar menos y vender más afuera. Una de sus consecuencias puede ser el proteccionismo junto con la promoción de exportaciones, del cual la Unión Europea ha mostrado destreza sobrada en momentos de tranquilidad económica. Como la necesidad azuza las habilidades, es esperable la reiteración magnificada de esas prácticas.
LA REGIÓN. Sería injusto decir que en la región, incluyendo nuestro país, no existe preocupación para protegerse de eventos externos adversos como los que proyecta la realidad europea. La prolijidad en el manejo macroeconómico, arrancando por lo fiscal, pasando por la gestión del endeudamiento público, la calidad de la política monetaria y culminando con la regulación del sistema bancario, constituye una importante trinchera para contener los efectos adversos del enlentecimiento del ciclo económico mundial que se proyecta. Pero no es suficiente para asegurar crecimiento económico cuando se lo expone a la presión constante de una crisis internacional duradera e inédita que puede anidar proteccionismo bajo formas diversas.
En ese juego del proteccionismo como tabla de salvación ha entrado la región, y sin darnos cuenta nos vamos enredando nosotros. Y si bien, como está probado, el encerramiento comercial es malo en sí, su impacto depende del tamaño del país.
Primero los amagues, y ahora los pedidos específicos. El Mercosur -léase el binomio Brasil y Argentina- están preparando listas de productos para subir el arancel común. En definitiva, para un país como Uruguay implica pagar mayores costos por desvío de comercio, y prácticamente nada más. Si hay un beneficio, este recaerá sobre los países de mayor desarrollo industrial relativo. A su vez, Argentina ha entrado en una fase de proteccionismo económico desembozado. Su novel Secretaria de Comercio Exterior ha dicho que su propósito es lograr que haya superávit con cada uno de sus socios comerciales.
Para nuestra realidad de ser un país abierto, de mercado domestico pequeño con crecimiento necesariamente liderado por las exportaciones, todas esas noticias son preocupantes.
Y para enfrentar esa realidad, tenemos una agenda que no está sesgada hacia la búsqueda de horizontes comerciales nuevos. No estamos diciendo que no se haga. Pero tiene que ser más profunda y osada. Estamos demasiados distraídos con temas regionales periféricos o que son inocuos para enfrentar los problemas por delante.
Hay otros países de América Latina que ya están hablando de agrupamientos para conectarse más estrechamente con Asia, quien hoy surge como la parcela del mundo en fase ascendente.
Por ello, debemos apuntar buscando formas de asociación con el grupo en formación o negociando tratados de libre comercio con países asiáticos.
Es la única forma de compensar en parte la Mercosur-dependencia, máxime en momentos donde sus socios principales de manera explícita o implícita acentuarán sus prácticas proteccionistas para enfrentar una realidad económica internacional que prevén adversa.
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