Divorcio entre retórica y realidad

 20100410 800x800

PAULO LEVY | DESDE RIO DE JANEIRO

En un año electoral es normal observar una tendencia a la radicalización de los discursos. Las elecciones de este año en Brasil tienen lugar en un entorno sumamente polarizado, en buena medida debido a la postura del presidente Lula que decidió anticipar el debate en dos años. En realidad fue a partir de 2007, cuando sorprendiendo inclusive a su propio partido anunció la candidatura de su ministra jefe de la Casa Civil, que el gobierno ha actuado abiertamente con miras a las elecciones de 2010.

Es en ese entorno que el debate económico sufre ante argumentos evidentemente sesgados por posiciones ideológicas. Ejemplo de ello es la reacción de la economía brasileña ante la crisis internacional. Con la divulgación de los datos de las cuentas nacionales correspondientes a 2009, se constató un impacto relativamente fuerte de la crisis sobre la economía brasileña ya que el PIB cayó un 0,2% el año pasado, con fuertes reducciones de las inversiones (del 10,0%) y de la industria de la transformación (del 7,0%). No obstante, esos mismos datos revelan también una reacción vigorosa, en especial en el segundo semestre. En el margen, es decir, en la comparación frente al trimestre inmediatamente anterior después del ajuste por estacionalidad, la economía brasileña creció, como promedio, un 7,0% anualizado entre el segundo y el cuarto trimestre de 2009. En especial, las inversiones en capital fijo aumentaron a una tasa promedio anualizada de casi el 30,0% anual, lo que indica que la recuperación no refleja solamente un fenómeno cíclico sino la recuperación de la tendencia anterior a la crisis, cuando la economía se venía expandiendo a tasas elevadas.

Nada de eso sería polémico si no fuera por las posiciones políticas que interfieren en el debate.

Por una parte, existe la visión de que la crisis habría sido sólo una ola superficial cuyos efectos sobre la economía brasileña se habrían amplificado por una reacción exagerada de parte del sistema financiero y de algunas empresas, especialmente en lo que atañe al despido de trabajadores y a la contracción del crédito. Por supuesto que esa visión ignora el alcance y la profundidad de los desequilibrios generados por la incertidumbre que llevó a la quiebra de grandes instituciones financieras internacionales y que si no se transformó en una tragedia de proporciones aun mayores fue gracias a la movilización de volúmenes inéditos de recursos por parte de las autoridades económicas de los países centrales. En Brasil, el PIB cayó casi el 5,0% acumulado en el último trimestre de 2008 y el primero de 2009; apenas en octubre y diciembre, la producción industrial disminuyó cerca del 20,0%.

Por otra parte y de forma ambigua, al tiempo que se niega la magnitud de la crisis, se utiliza precisamente su gravedad, inédita desde la Gran Depresión de los años treinta, para enaltecer las políticas económicas que permitieron que el país la atravesara con relativa rapidez y con costos moderados. En efecto y contrariamente a las experiencias del pasado, en esta crisis fue posible movilizar instrumentos de política económica que, en crisis anteriores como la de fines de los años noventa y principios de la década de 2000 no pudieron ser utilizados o, dadas las circunstancias, tuvieron el efecto de agravar el impacto sobre el producto en el corto plazo.

La crítica a la gestión del gobierno anterior trajo implícitas las nociones de incapacidad, falta de sensibilidad social y sumisión al capital financiero (debido a la necesidad de aumentar las tasas de interés) y a los intereses externos (por ejemplo, por haber recurrido a acuerdos con el FMI para superar las dificultades de la balanza de pagos). Ignoran por completo el contexto en que la política económica se desempeñó en aquel momento y las condiciones actuales inmensamente más favorables. Para empezar, por el hecho de que en 1997-1998, cuando la crisis llevó al abandono del régimen cambiario administrado y a la fuerte desvalorización del real y en 2001-2002, cuando la crisis argentina se sumó a las incertidumbres asociadas al período electoral Brasil era, en cierta medida, el centro de la crisis, principalmente por su posición externa frágil. Ahora, por el contrario, el país se salvó de una crisis cuyo centro estaba en los países industrializados, además de encontrarse en posición más bien robusta en lo que se refiere a las cuentas externas.

Es evidente que la fragilidad externa de la economía brasileña de fines de los años noventa y principios de la década de 2000 tuvo su origen en una estabilización incompleta, que llevó a la dependencia excesiva de un cambio sobrevaluado para controlar la inflación. Los críticos de la política económica de ese período no evalúan en forma adecuada que el esfuerzo por reducir la inflación pasaba necesariamente por un ajuste fiscal profundo que, a su vez, implicaba reformas de amplio alcance. Esas reformas, entre ellas el saneamiento del sistema financiero, la negociación de las deudas estatales y la corrección, aunque preliminar, de los desequilibrios del sistema de previsión social tuvieron lugar en forma gradual en el período 1995-1998, en un contexto de fuerte oposición política. Culminaron con la aprobación de la Ley de Responsabilidad Fiscal, en 1999, que pasó a constituirse en el andamiaje de referencia para la conducción de la política fiscal de aquel momento, con la generación de superávit primarios elevados y la reducción de la deuda pública en proporción al PIB.

Como se analizara en oportunidades anteriores en este mismo espacio, a partir de 1999 se consolidó un andamiaje de política económica en base a la austeridad fiscal, dentro de un régimen de metas inflacionarias y de fluctuación cambiaria que permitieron mantener la inflación bajo control aun en momentos de fuerte inestabilidad, creando así las condiciones para la recuperación del crecimiento. A partir de 2003, el actual gobierno mantuvo las políticas y, en procura de la credibilidad, llegó a profundizar el ajuste fiscal beneficiándose, además, de un contexto internacional sumamente favorable, ya sea desde el punto de vista del comercio, ya sea desde la perspectiva de los flujos de capital. La reducción gradual de la relación deuda/PIB, a medida que se retomaba el crecimiento y se reducía la tasa de interés, y la acumulación de reservas internacionales en ese contexto externo favorable, fueron los pilares para la adopción de las políticas fiscal y monetaria expansivas y para la reacción favorable de los inversores extranjeros pasado el momento inicial de la crisis, lo que permitió que la economía brasileña se recuperara con relativa rapidez.

Ignorar que las condiciones favorables construidas en el pasado fueron la base que permitió adoptar políticas contra cíclicas en la presente crisis significa negar la historia y, lo más importante, negar las reformas necesarias para la sostenibilidad del crecimiento en el mediano plazo. Porque, además de la recuperación del crecimiento, los datos de las cuentas nacionales muestran también que el ahorro interno declinó de forma acentuada, del 18,0% del PIB en 2008 al 14,6% del PIB en 2009, valores claramente insuficientes para sustentar un esfuerzo de crecimiento del orden del 5,0% anual, una vez que se haya eliminado la ociosidad de los factores de producción que la economía presenta en la actualidad. Eso significa que será necesario recurrir cada vez más al ahorro externo lo que ya se está dando en el año en curso, en que el déficit externo en cuenta corriente deberá alcanzar el 2,8% del PIB, previéndose valores más elevados aún en un futuro próximo.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar