Europa Oriental creció muy rápidamente durante los 15 años que precedieron a la crisis económica mundial. En el proceso de transición de una economía de planificación centralizada a una economía de mercado, la mayoría de los países redujeron mucho la brecha entre sus niveles de ingreso y los de Europa Occidental. Hubo obstáculos durante la transición, pero la mayoría se sortearon bien. Es decir, hasta ahora. En 2009, el rápido crecimiento de la región se interrumpió bruscamente y la mayor parte de los países entraron en una profunda recesión. El producto interno bruto (PIB) de la región se contrajo un 6%, comparado con el crecimiento de casi 7% en 2007, el último año completo antes de la crisis. Pero no todos los países fueron golpeados de manera igualmente fuerte. En Albania y Polonia no hubo recesión mientras que en Letonia el PIB cayó un 18% y en Lituania y Ucrania un 15%.
La recesión parece llegar a su fin. Las exportaciones han repuntado, y la demanda interna muestra indicios de estabilización. Casi todos los países registrarán un crecimiento positivo del PIB este año. Ahora las autoridades económicas deben responder a dos preguntas importantes: ¿qué impulsó el ciclo de auge y caída? y ¿cómo puede la región retomar un crecimiento más sostenible?
La teoría económica predice que el capital debería fluir de los países más ricos a los más pobres. Esto es lo que pasó en Europa Oriental, donde los países con salarios bajos, relaciones capital/trabajo bajas y poblaciones bien capacitadas, se convirtieron en un destino atractivo para los inversores externos. Las bajas tasas de interés en Europa Occidental reforzaron ese atractivo.
A partir de 2003, los bancos de Europa Occidental comenzaron a invertir activamente en los mercados en expansión de Europa Oriental, y en la competencia resultante, las condiciones de crédito se volvieron menos restrictivas y se generó un crecimiento desequilibrado.
Las afluencias de capital se canalizaron hacia algunos sectores, como el sector inmobiliario, la construcción y la banca, que no producían bienes transables, lo que impulsó la demanda interna pero no la oferta. Además, una gran parte del crédito se otorgó en moneda extranjera, lo que generó grandes riesgos en los balances de los prestatarios que percibían ingresos en moneda nacional.
En 2008 varios países registraban abultados déficits en cuenta corriente (en Bulgaria y Letonia ascendieron al 25% del PIB), altos niveles de deuda externa, un rápido aumento de los salarios y una aceleración de la inflación.
El crecimiento desequilibrado no fue un problema en todos los países. En algunos países, como la República Checa y la República Eslovaca, el crecimiento del crédito fue más moderado; la concesión de crédito en moneda extranjera fue escasa, las economías no se recalentaron demasiado y se restringió el crecimiento de los salarios. En Polonia, los desequilibrios fueron menores porque el auge del crédito comenzó más tarde.
En otoño de 2008, las afluencias de capital se interrumpieron bruscamente. En medio de la crisis que siguió a la quiebra de Lehman Brothers, la aversión al riesgo aumentó fuertemente a escala mundial, los precios de las acciones se desplomaron y se agotó el crédito en los mercados interbancarios. Los bancos de las economías avanzadas se vieron sometidos a fuertes presiones de liquidez y prácticamente interrumpieron la concesión de nuevos préstamos e incluso se deshicieron de activos.
La disminución de las entradas de capital causó una fuerte caída de la demanda interna. En muchos casos, se interrumpió la concesión de nuevos créditos. La demanda interna se contrajo en la mayoría de los países que anteriormente registraron los mayores aumentos de la demanda interna, los más abultados déficits en cuenta corriente y los mayores incrementos de la relación crédito/PIB. La recesión se agravó debido a la caída de las exportaciones.
Con todo, se evitó el colapso económico y financiero total. No hubo corridas bancarias, y los gobiernos no tuvieron que intervenir para rescatar al sistema bancario. Tampoco se produjo el colapso de ningún régimen de tipo de cambio fijo, como solía ocurrir en crisis anteriores en las economías emergentes.
Gran parte de esto obedeció a la implementación decisiva de medidas de política interna, pero el respaldo internacional desempeñó un importante papel estabilizador.
EL FUTURO. La recuperación en Europa Oriental parece cobrar fuerza. Las exportaciones están repuntando y la demanda interna muestra indicios de estabilización.
Sin embargo, las economías emergentes de Europa no pueden volver a funcionar como lo hacían antes. El crecimiento futuro debe depender más de las entradas de capital hacia el sector de bienes transables que al de los no transables. Las exportaciones se están recuperando, pero la demanda interna se mantendrá débil dado que los consumidores siguen frenando el consumo para pagar deuda.
Los sectores privados de los países que experimentaron el auge deben desarrollar nuevos mercados para la exportación de bienes manufacturados y servicios, lo que requerirá reestructurar sus economías.
La reestructuración puede ser difícil; incluso en el sector de bienes transables, los nuevos proyectos tendrán que competir por un financiamiento mucho más escaso. Pero las políticas públicas también pueden ayudar a retomar una trayectoria de crecimiento más sostenible.
La aplicación de políticas macroeconómicas y la moderación salarial pueden ayudar a evitar el recalentamiento que empuja los recursos al sector de bienes no transables. La política fiscal puede desempeñar un papel mucho más activo, ahorrando cuando los ingresos crezcan en lugar de aumentar el gasto y los salarios públicos.
Es importante evitar el recalentamiento, porque en muchas economías emergentes de Europa la competitividad del sector manufacturero se deterioró durante el auge. Por ejemplo, según los datos de la UE, los costos labores unitarios de Letonia en este sector aumentaron un 90% en relación con sus socios comerciales entre 2003 y 2008. Algunos otros países -especialmente Bulgaria, Estonia y Rumania- también experimentaron una fuerte apreciación de su tipo de cambio real.
La aplicación de una política fiscal más restrictiva ayudará a moderar el crecimiento salarial. Con el tiempo, los salarios se equipararán a los de Europa Occidental. Si la equiparación coincide con aumentos de la productividad en el sector manufacturero, no tiene por qué frenar la competitividad ni desalentar a los inversionistas.
MÁS CALIDAD. Pero las economías emergentes de Europa no deberían competir únicamente con salarios bajos. Existen otros mercados emergentes con salarios incluso más bajos, y a medida que los trabajadores emigren a Europa Occidental, los salarios aumentarán en las economías emergentes de Europa. En cambio, la región debería centrarse en elaborar productos cada vez más avanzados. La aplicación de reformas estructurales podría ayudar en algunos países a luchar contra la corrupción.
Las entradas de capital extranjero también pueden desempeñar un papel importante, si se centran en mejorar la oferta, especialmente en el sector orientado al comercio exterior. Esta inversión respaldará el crecimiento y la transferencia de tecnología, y contribuirá a mejorar las calificaciones de la mano de obra.
Algunos países de la región ya han adoptado este modelo. En la República Checa y la República Eslovaca, el crecimiento durante el auge fue mucho más equilibrado lo que generó recesiones mucho menos profundas. Por lo tanto, en un horizonte a más largo plazo, estos dos países han crecido más rápidamente que los que experimentaron un auge de la demanda.
(*) Bas B. Bakker es Jefe de División y Anne-Marie Gulde es Asesora Principal en el Departamento de Europa del FMI.
Fuente: Finanzas & Desarrollo, FMI.