EL PAÍS DE MADRID / M. LÓPEZ ITURRIAGA
Es usted de esas personas que cuando van a ver una película no soportan tener gente cerca comiendo pop u otras golosinas de ese estilo? Pues prepárese, porque una nueva plaga bíblica amenaza en el horizonte: la alta cocina en las salas de cine.
Sentando un peligroso precedente que puede crear tendencia, las salas Odeon del centro comercial Whiteleys en Londres van a empezar a ofrecer a sus clientes la posibilidad de cenar mientras ven la película (sí, no se está hablando de bocaditos chatarra o un refresco en vaso de plástico; se trata de cenar). ¿Cómo lo hará? El público pulsará un botoncito en la silla para llamar al camarero, pedirá y será servido durante los anuncios y trailers previos al filme.
Después, mientras Leonardo DiCaprio, Scarlett Johansson o Tom Cruise deambulan por la pantalla, sea comedia o tragedia, los espectadores degustarán un risotto de salmonetes, una hamburguesa royale, unos calamares fritos o un solomillo de ternera.
ideólogo. El cocinero que está detrás del polémico proyecto es Rowley Leigh, un chef bastante popular en el Reino Unido que además de regentar Le Café Anglais escribe en el Financial Times. Leigh ha explicado que los platos serán fáciles de tomar con las manos y no demasiado caros: por unos 40 euros (52 dólares o un poco menos de 1.100 pesos) el asistente tendrá "una buena comida, un vaso de vino o un gin-tonic y una película estupenda".
No es que yo me niegue en redondo a alguna clase de picoteo en esta clase de recintos. Considero que el pop y la bebida cola pueden formar parte de una experiencia cinematográfica plena, siempre que no molestes demasiado con el ruido. Incluso me divirtió ver una vez a una señora dando el yogur a sus hijos en una sala.
Pero esto de meterte un risotto no lo veo claro. De la misma forma que me encanta la música, pero me irrita sobremanera oírla en los restaurantes, me asusta que las cenas invadan los cines.
Algunos superchefs se comportan como criaturas insaciables dispuestas a asomar la cabeza en todos y cada uno de los órdenes de nuestra existencia. No contentos con estar en la televisión, en los libros, en la radio, en la publicidad, en los supermercados y en los suplementos dominicales del universo entero, buscan nuevas vías de negocio en lugares que hasta ahora estaban vetados a la comida con mayúsculas.
Vencidos y desarmados los cines, lo próximo serán los teatros, los auditorios o los polideportivos. A este paso, para no comer vamos a acabar refugiados en los retretes. Hasta que algún iluminado venga allí a servirnos sus creaciones. Por ahora, el risotto invade las salas de cine.
Salsas en la oscuridad
Lo vivió una joven pareja uruguaya en Londres hace una década, antes que surgiera esta movida por platos más elaboradas en los cines. A Verónica (36) y su marido les llamó la atención que, además de pop, se vendiera fast food mexicana acompañada por la tradicional sala picante. Peligro de enchastre por ausencia de luz.