MARTÍN FABLET
Eran casi las ocho de la mañana de un sábado espléndido. Colonia con un puerto que albergaba muchos y variados buques. El experimentado marino, Oscar Nix, conocido como Sabú, se hacía presente en el cockpit del Amalaya, un bonito crucero de madera de los años 50 con una eslora de 9 metros. Próxima parada, la tierra de Laport, más conocida como Juan Lacaze.
Eran las diez y media, y sin problemas estábamos en Juan Lacaze, cargamos más combustible y un par de milanesas. Once y media poníamos la proa rumbo al Yacht Club de Santiago Vázquez. Ni bien salimos del puerto, se empezó a poner "fresco". El Sureste estaba empezando a soplar. El Amalaya comenzaba a golpear su casco con fuerza con las olas. Este tipo de embarcación está diseñada para ser navegada en ríos calmos, no está preparada para sufrir los embates de un estuario embravecido. Reducimos la marcha a cuatro nudos, unos 6 km. La idea era intentar copiar las olas. Según nuestro GPS necesitaríamos unas ocho horas para llegar a la bolla del Arriero, la entrada al río Santa Lucía. Pasada las ocho de la noche el mar se había vuelto muy hostil y las olas pretendían entrar al cockpit y a los camarotes. Las bombas de achique (que se activan automáticamente) estaban trabajando a todo trapo. Si bien estábamos cerca de destino, la corriente estaba retrasándonos. No había otra alternativa que seguir. A eso de las nueve estando yo al timón, le pedí a Sabú que chequeara el nivel del agua en el camarote de proa. La cara del marino fue concluyente. Teníamos unos mil litros de agua y las dos bombas de achique se habían atascado. Eran las diez de la noche y estábamos en problemas a catorce millas del Arriero.
Nos colocamos los chalecos salvavidas, e intentamos reparar las bombas de achique sin éxito. El nivel del agua había subido tapando la maquina y las baterías. No faltaba mucho para que sucediera lo esperado. No habían pasado diez minutos para que el Gray Marine se plantara. Estábamos a la deriva. Las luces de la cabina tintineaban. Pedimos auxilio. La Prefectura y Ades se mostraron preocupados.
El agua seguía subiendo mojándolo todo, hasta las propias bengalas. Las olas azotaban al Amalaya que seguía a la deriva. Para completar la colección de inconvenientes, se trancó el malacate que gobernaba el ancla, por ello no pudimos fondear. Muy mojados, cansados y con mucho frío comenzamos a achicar el agua con un balde. Dos horas y media realizando, a oscuras, esta gestión. Que desenlace trágico, pensé. Ninguno de los dos merecíamos terminar así. Medio de reojo Sabú consigue ver en un horizonte bamboleante una luz muy tenue que parecía un barco. De inmediato intenta comunicarse con lo que para mí era fruto de su imaginación. Pasaron algunos segundos y mi sorpresa fue absoluta. La Luz contestaba, y era el ROU Sirius. Un buque balizador de la Armada. Le proporcionamos nuestra situación y coordenadas. A toda velocidad el Sirius se acercaba a nuestra vapuleada embarcación. Los diez minutos parecieron una eternidad.
Una vez a babor del Amalaya, el ROU Sirius desplegó un procedimiento impecable de amadrinaje. Más de veinte profesionales en la maniobra. Una vez asegurada la embarcación me pasé muy rapidito al balizador. "Usted está a salvo" me dijo el Capitán Alejandro Barrios.
A las tres de la mañana fuimos trasladados (barco y tripulantes) a la fragata ROU 11, y fue este guarda costas el encargado de entrarnos al puerto de Montevideo. A las seis agradecíamos y saludábamos al Capitán del ROU 11, Pablo Wilson, y muy tímidamente aproveche para preguntar cuánto me iba a costar todo este zafarrancho. Fue la segunda sorpresa. La Armada Uruguaya no cobra los rescates. Son muy pocos los países en el mundo que no lo hacen. La Armada Brasileña es implacable. Los barcos de bandera brasileña con alguna avería, intentan cruzar a aguas uruguayas para ser rescatados.
Esta Armada, que debe ser un orgullo para todos, es la que sin dudas me permitió escribir esta columna. Gracias ROU Sirius, gracias ROU 11, siempre los voy a tener en mi corazón.