Entrañas de un imperio

| Es el programa más visto tanto en Uruguay como en Argentina, por varias cabezas. En la vecina orilla, impregna el 25% de la programación de aire y produce buena parte de la agenda de temas del día en ambos países. La interna de un fenómeno que supera el espectáculo.

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GABRIELA VAZ | BUENOS AIRES

Celeste habla mientras con una brocha esparce abundante base sobre el rostro de una chica rubia que mira al espejo y flexiona unas rodillas plagadas de moretones. "Algunas figuras vienen con su propio maquillador y peinador, pero otras nos eligen a nosotros; digamos que el 70%. Ponele que pasan por acá unas 40 personas por día. Tenemos la suerte de que, si nos eligen, es porque se sienten cómodos. No podés trabajar así, a esta distancia, con alguien con quien no tenés buena onda. Desde Carla Conte a las chicas de hoy, siempre tuvimos buenas experiencias", relata sin que su mano pierda el dinamismo. ¿Ninguna "figura" se desubica en el trato? Celeste duda. "Mmmnno... bueno, siempre hay alguna". La rubia se ríe: "Dale, ¡contá, contá!" Más atrás, una voz masculina bromea: "A esas, ayuda a eliminarlas". Celeste sonríe y apenas levanta los hombros: "Es gente que ya no está. La verdad es que por acá pasaron la mayoría de las chicas del ambiente, casi todas las del medio".

Es lunes y el reloj marca alguna hora cercana a las 9 de la noche en ese rincón del barrio porteño de Colegiales. Allí se erige el edificio de Ideas del Sur, la empresa creada por Marcelo Tinelli desde la que se conciben, gestan y desarrollan todos sus productos.

Celeste Uría, de 30 años, es la jefa de maquillaje de ShowMatch. La rubia de los moretones es Erika Mitdank; en los papeles televisivos, una fugaz ex novia de Ricardo Fort que fue invitada a realizar un reemplazo en Bailando por un sueño y que, minutos después de esa conversación, sorprenderá a tres millones de personas bailando alrededor de un caño solo ataviada con un body painting.

Tres millones es un número inexacto y casi con gusto a poco. En la actualidad, ShowMatch, el programa televisivo más visto tanto en Argentina como en Uruguay, marca un promedio mensual de 32 puntos de rating en la vecina orilla según Ibope, lo que equivale a 982 mil hogares (se considera una media de tres personas por hogar), pero solo contando Capital Federal y Gran Buenos Aires. Al fogueo de peleas, Moles, Cokis y caños, consigue picos de 40 puntos. El lunes, el 57,3% de los televisores encendidos en esa región sintonizaron el Canal 13 argentino. Triplica, tranquilo, a la competencia.

Pero el universo Tinelli es mucho más amplio. Un sondeo del diario La Nación indica que casi el 25% de la programación de aire de los cuatro canales porteños privados orbita alrededor de lo que sucede en el pretendido concurso de baile, sumando cerca de 580 horas mensuales. Si se colocaran uno tras otro en una misma emisora, el resultado serían 24 días continuos, sin puesta de sol, de Bailando por un sueño cada mes.

Pero Tinelli y su producción no temen a la saturación del público. Por algo, este año, crearon tres programas satélite propios: Este es el show, La cocina del show y Sábado show (por si a alguien no le quedó claro de qué se trata todo). "Se dieron cuenta que le daban de comer a todo el mundo y decidieron aprovecharlo para ellos mismos", comenta alguien en los pasillos de Ideas, hablando del tema.

Circo vip. La exposición desmesurada se contrapone con una maquinaria de restricciones si lo que se desea cubrir son los entretelones del programa. "No se permiten periodistas en el estudio", advierten, y suena a chiste. Pero no es. "Tampoco se permite circular por el back, ni el control, ni todos los camarines". "Más allá de esta línea no podés ir". "No se hacen notas para diarios; esta es una excepción", aclaran al enumerar las limitaciones. Tanta condicionante para un producto que parece no conocer las fronteras de la exhibición despierta al menos sorpresa. ¿Qué sucede detrás de cámara que entre en la categoría de "incontable"? ¿Están los extras con el guión en la mano? En el Departamento de Prensa se excusan: "No hay nada raro, pero si contás lo que no se ve... se pierde la magia".

Fuera del área restringida, ya sin cintas rojas, y al parecer sin magia, está la zona de peluquería, vestuario y maquillaje. Al lado de Erika Mitdank -quien se divierte con sus moretones diciendo que se olvidó de usar rodilleras cuando subió al cuarto piso (donde se ubica la oficina de Tinelli)- está sentada Mónica Farro. De championes, calzas y musculosa deportiva, se deja embadurnar por Gabriela, la otra encargada de maquillaje, a la vez que cuela su opinión en la charla. "Está bueno que te maquillen ellas porque saben lo que le sirve al show y lo que le gusta a Marcelo". Instalada en Buenos Aires hace tres años, la uruguaya habla con propiedad del mundillo de Tinelli y compañía. Es parte de la revista de Carmen Barbieri, participó en un Bailando, fue pareja del fotógrafo personal del conductor y este año la llamaron para dos reemplazos puntuales. Si bien está claro que le sirve la vidriera, aunque sea por una noche - "te ve todo el mundo, y luego están tres semanas hablándote del baile"-, su objetivo es que la contraten el año que viene. "Tengo que ver qué escándalo armo en el verano para que me convoquen", bromea. ¿Bromea? Por si acaso, enseguida se desdice: "Mentira. Siempre que tuve una pelea mediática fue en serio, por temas de mi vida personal".

Que los escándalos pagan no es novedad, y en el universo farandulero se acepta sin pudor alguno. En Ideas del Sur son reacios a hablar de presupuestos y cachets, pero ponen un ejemplo muy ilustrativo. "Depende mucho de la figura, y del momento que está viviendo cuando se firma el contrato. Por ejemplo, cuando entró, la Niña Loly valía 10, porque venía de estar en todos los medios a raíz de una pelea. Hoy, que llega y baila calladita y nadie habla de ella, vale 2". Esa misma noche, la votación telefónica confirmó la ecuación: la Niña del vale 2 se quedó afuera del show.

La producción no confirma números, pero según han hecho trascender los propios participantes, los famosos del Bailando cobran entre 3.500 y 5.000 dólares mensuales, cifras que suben o bajan al ritmo de trayectoria, carisma y capacidad para dar de qué hablar. Los miembros del jurado se llevan cerca de 13.000 billetes verdes cada mes.

sin tiempo. Lana Ferrando se apoya y suspira sobre un escritorio ubicado en la mitad de una habitación en la que difícilmente entre algo más. Sólo se ven bolsas, telas, retazos, vestidos y cajas amontonadas en un espacio de tres por dos. Saliendo, al fondo, se vislumbra un galpón interminable, tapizado de perchas y un arcoiris de pilchas que cuelgan. Al igual que las otras cabezas de equipo, Lana trabaja en Ideas desde 2005, cuando todavía no existía certamen, y la fórmula era el humor de gags, personajes y cámaras ocultas. Ahora, su trabajo es funcional al baile. Y al show, claro. "Las cosas cambiaron mucho, incluso desde los primeros Bailando. Ahora todos los ritmos son `hot`. Ya no se baila jazz, tango o milonga". La danza condiciona los diseños. "A veces me piden escotes que son `para la foto`, pero ¡tienen que bailar! Antes me amargaba cuando salían y se les escapaba una lola, pero resulta que acá estaban contentos, ellas (las participantes) estaban contentas, entonces ya está, no me amargo más. Además, no faltaba la que se aflojaba el corpiño antes de bailar, porque saben que después van a estar una semana saliendo en todos lados". Lana busca palabras y sigue: "Lo de los egos es un tema... Yo te miro y sé lo que te queda bien. Acá, todas las chicas tienen buen cuerpo, si no, no estarían, y lo quieren mostrar. Eso lo hablo al principio: cuánto quieren mostrar, cuánto no. La mayoría ya viste que no tiene problema. Y opinan. Alguna propone tal traje, que se lo vio a Madonna o a Beyoncé. Y yo, como puedo, le explico: `Te lo hago, pero no te va a quedar`. Porque Beyoncé es Beyoncé. Una puede ser muy baja, o muy alta, o tener poco o mucho de acá o de allá. No todo le queda bien a todo el mundo".

Igual disfruta su trabajo. La primera queja, común a todos: la falta de tiempo. Sixto Javier, jefe de peluquería más conocido como "el Cuba", coincide. "Me gustaría tener más tiempo para mí, paso mucho acá". Una vez, Lana llegó a las 11 de la mañana y se fue a las 5 de la madrugada del día siguiente. "Es que tengo que estar o estar. ¡Por eso tengo esta cara!", termina, con una sonrisa cansada.

cofre fort. Con el programa ya empezado, el bar de Ideas del Sur, en la planta baja, comienza a poblarse de noteros y cámaras de otros canales. Tampoco los dejan bajar al estudio o hacer pasillos. "El único que agarra a las figuras `en caliente`, apenas terminan de salir al aire, es (el conductor de La cocina del show Mariano) Iúdica. Los demás, para cuando les preguntan ya se enfriaron. No es lo mismo", explican en la productora.

Las restricciones también alcanzan a las imágenes fijas. El único autorizado para entrar al estudio es el fotógrafo personal de Tinelli; "es el que sabe qué ángulo y qué luces quedan mejor". En ShowMatch, la improvisación está bien prevista.

El halo de misterio excede al programa en sí. Al famoso cuarto piso, sede del mandamás y epicentro de la magia, sólo accede un reducido núcleo de cercanos provistos de una tarjeta electrónica y una clave. Marcelo Tinelli no se reúne con los famosos fuera del estudio, ni está presente en la firma de contratos, que tienen lugar un piso debajo del cielo. La mayoría lo ve solo en los minutos compartidos de programa, y si el azar hace que se lo crucen en un corredor.

No obstante, para todos, el conductor es un omnipresente. En los discursos, en las referencias. Todos tienen claro que es el rey Midas. Alguien de Ideas lo ilustra hablando del público. Quien mire el programa con cierta asiduidad sabrá que, cada tanto, algún ignoto tesonero que va siempre a presenciar el vivo o la grabación adquiere vertiginosa notoriedad. Así saltó a la fama Coki, una ex corista que jugando a seducir a Tinelli -"la mina está enganchada con él de verdad, pero es sensata y sabe que es un show", aseguran en el back- hoy es capaz de llenar por sí sola un teatro de aforo respetable. El último ejemplo es "el negro de Zaire", con quien el conductor mantiene lúdicos intercambios. "Es una forma de demostrarle a algunos famosos que se creen dueños del rating, que él hace picos de rating con cualquiera".

La violencia y el placer de espiar

¿Qué hace que ShowMatch sea, por lejos, el programa más visto del Río de la Plata? Entre todas las explicaciones posibles, el psicoanalista Jorge Bafico ensaya algunas. "Creo que pone en escena el absoluto vouyerismo, donde todo se ve y todo se dice. Hay algo de eso que atrapa nuestra mirada. Como espectadores quedamos atrapados en la transgresión, como si se tuviera la posibilidad de espiar, para lograr ver eso que está oculto".

Para él, estos programas surgen "porque la sociedad los necesita". "La violencia ha existido siempre, la historia de la humanidad está poblada de ella. Sin embargo la de ahora es una `violencia posmoderna`, un concepto que manejan algunos psicoanalistas argentinos y que me parece muy interesante. Llaman así a la que se infiltra por doquier, que es ubicua y sobre todo que no tiene límites. Lo vemos en todos los ámbitos, pero sobre todo en la televisión. En particular es paradigmático el caso de ShowMatch, que se basa en el enfrentamiento. Es una especie de reality de la violencia, donde lo íntimo pasa a lo público y lo más importante es la falta de orden. Una de las características de la posmodernidad es la desaparición de las fronteras y este programa refleja cómo la violencia no tiene fin ni metabolización posible. Muestra que no podemos localizar a la violencia, prolifera en todos lados. Tinelli simplemente es un canalizador del tiempo que vivimos".

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