Elvio E. Gandolfo
EN JULIO DE 1979 el cómico estadounidense John Belushi había recorrido un camino de éxito progresivo y veloz. Nacido en Chicago, se entrenó primero en grupos de comediantes aficionados. Después fue devorando espacio (y carcajadas) en el programa cómico televisivo Saturday Night Live, se sintió cada vez más limitado por el formato (incluía actuar una y otra vez disfrazado de abeja) y al fin había saltado al cine.
Ese año de 1979 es el que elige Bob Woodward (el famoso investigador del caso Watergate, junto a Carl Bernstein) para comenzar una muy extensa y minuciosa biografía de los 33 años de vida de John Belushi. La combinación parece insólita, teniendo en cuenta el perfil más bien "square" (convencional) de Woodward, y el más bien hedónico, descontrolado, más tarde pánico de Belushi. Sin embargo los dos habían nacido en Wheaton (Illinois) e ido al mismo instituto, aunque sin tratarse. Como la muerte del cómico se debió a una previsible sobredosis (hacía años que consumía grandes cantidades de cocaína, combinadas luego con heroína), su cuñada contactó a Woodward de parte de su viuda, Judy Jacklin, en 1982.
El resultado es un libro impar. En los últimos dos o tres años de la vida de Belushi (a partir de ese 1979 en que estaba filmando Los hermanos caradura con su gran amigo Dan Aykroyd) la cantidad de detalles se vuelve extrema. Algunos posibles entrevistados se negaron a declarar, pero al fin fueron más de 200, y fiel a su estilo, Woodward rastreó cientos de llamadas telefónicas, facturas, cartas, rastros de todo tipo para ir ordenando ese período final casi día a día.
Es un largo tramo, demoledor para el lector. Expone con claridad hasta qué punto el ambiente de Hollywood (junto con Nueva York y Chicago, las tres ciudades principales de despliegue para Belushi) estaba empapada hasta la médula en droga, y hasta qué punto el consumo o no era empleado por los propios artistas, directores o creadores como forma de disminuir o acelerar el rendimiento de cada uno de ellos, en una trama de influencias difusa, imprevisible. En el caso de Belushi, ayudaron los adelantos de miles de dólares semanales.
Lo que no parecía existir era la conciencia de hasta qué punto la manía de equilibrar con dosis la inseguridad personal (bajo su fachada de caradura, Belushi tenía mucho de vulnerable e inseguro) iba desgastando las capas sucesivas de la personalidad y la capacidad de un orden mínimo.
Desfilan así los adelantos cada vez más sustanciosos, acompañados por el fracaso relativo o total de algunas de sus películas. Previsiblemente la figura de Judy, su mujer, está en medio del remolino, y hace lo que puede, que en muchas instancias no es demasiado.
La contradicción entre las dos personalidades (biógrafo y biografiado) se advierte en la frialdad que tiene Woodward para comunicar el clima entre excitante y fiestero de los sucesivos grupos en que se movió Belushi (en especial Saturday Night). Para hacerlo, recurre a guiones o transcripciones textuales de los diálogos.
Paradójicamente ese hombre que como periodista era una especie de control freak (maníaco del control), a la vez odiado y amado por sus subalternos del Washington Post parece sentirse fascinado por el camino de autodestrucción desencadenado por la droga. Ahora que un tema como el de la "pasta base" se ha vuelto preocupación nacional en Uruguay, entre otros muchos países, la minucia descriptiva despertará ecos inevitables entre cualquier adicto conocido por el lector y los pasos sucesivos de Belushi.
El descontrol, la obsesión (en inglés el libro se llama "Wired": "enchufado"), la tenaz seguridad de controlar la droga y no a la inversa, y los pasos sucesivos hacia el desastre se suceden: imposibilidad de cumplir compromisos, personalidad a la vez narcisista y temerosa, acercamiento al fin a los niveles sociales más bajos en busca de las dosis cada vez más altas. Y los dos o tres descuidos que llevan a la muerte. A esa altura los datos se acumulan hasta pintar una auténtica tragedia no solo americana, que cierra la garganta del que lee.
La viuda de Belushi no se sintió del todo conforme con el libro, aunque le reconoció valores. Por otra parte había aceptado que Woodward tuviera libertad total para decidir y moverse. Como es lógico, esta anatomía de precisión calvinista de su amado cómico tiene que haberle resultado cruel. Tampoco Aykroyd declaró el menor entusiasmo. El libro aparece en castellano más de quince años después de su primera edición en inglés. En ese período la droga dejó de ser un campo favorito de los ricos y famosos o de los más pobres, para pintar de caos y violencia gran parte de la vida contemporánea.
LOS OTROS NOMBRES. El lector debe dedicarse a adivinar el título de varias de las películas, que figuran aquí con su traducción al español peninsular, totalmente distinta a la que circuló en el Río de la Plata. Para aliviar el esfuerzo, detallamos algunas. El éxito máximo de John Belushi en cine, Animal House se llamó en Montevideo Colegio de animales, y en Madrid Desmadre a la americana; la comedia de culto y música Los hermanos caradura fue en España Granujas a todo ritmo; Con el lazo al cuello (dirigida y protagonizada por Nicholson, con breve aparición de Belushi) fue en la península Camino del sur; el film de Michael Apted Continental Divide se tradujo aquí como ¿Tu nido o el tuyo? (en el libro figura solo en inglés); Neighbors (de John Avildsen, con Dan Aykroyd y Belushi) quedó como Vecinos en el sur, y como Mis locos vecinos en España.
UN SÍMBOLO EN APUROS. Descendiente en buena medida del humor transgresor y multimedia de la revista Mad y del "comix" subterráneo liderado por Robert Crumb, John Belushi fue mucho más que un cómico. A partir de Colegio de animales transformó la vida universitaria hasta tal punto con su poderosa puesta en jaque de toda regla a través de su personaje Bluto, convertido en mito nacional, que modificó la vida de muchos de esos colegios, hasta que llegó la represión consiguiente. Bastaba su aparición en cualquier calle de cualquier ciudad para provocar tumultos.
En el momento en que parecía iniciar una carrera cinematográfica exitosa, su pie ya resbalaba sin freno sobre un mar de droga y viajes cruzados interminables, agotadores, entre sus tres ciudades principales. A esa altura ya era acompañado por guardianes contratados para evitar su "desmadre" definitivo, que trataban de ser comprensivos, pero que solían tirar la toalla, agotados.
Poco antes de morir Belushi estaba por intentar un proyecto con el subvalorado director francés Louis Malle, por una parte. Por la otra estableció una de esas relaciones de amiga/proveedora con Cathy Smith, una especialista en conseguir drogas de todo tipo y en preparar e inyectar "speedballs" (mezcla de heroína y cocaína). Fue la última que lo vio, no vivo, sino irremediablemente muerto, de aceleración, de sobrepeso, de un corazón al fin vencido por la sobrecarga.
En las últimas páginas, como en las películas, Woodward cuenta en pocas palabras el destino de la mayoría del gran elenco desplegado por su larga investigación en el libro. Entre otros figura su hermano sobreviviente, Jim Belushi: con ejemplar paciencia ha aceptado papeles menores o frustrados en películas de cine o televisión, y hace unas semanas brilló con una corta aparición en El escritor oculto (The Ghost Writer) de Roman Polanski.
COMO UNA MOTO. LA VIDA GALOPANTE DE JOHN BELUSHI, de Bob Woodward. Papel de liar, 2009, Barcelona, 525 págs. Distribuye Océano.