Agustín Courtoisie
MÁS DE VEINTE académicos de prestigiosas universidades estadounidenses decidieron abordar las enseñanzas filosóficas de la serie televisiva House desde todos los ángulos imaginables. Creada por David Shore, protagonizada con mucho carisma por el británico Hugh Laurie en el rol de ese médico malhumorado y genial - junto a su equipo del Hospital Princeton Plains-Boro-, House se ha desmarcado de otras producciones sobre temas similares y cosechado un público fiel. Diagnosticador experto, carente de buenos modales y a veces hasta de sentimientos, el doctor House en general parece más preocupado por identificar correctamente las enfermedades que por curar pacientes. Indagar sus motivaciones profundas resulta un enigma fascinante si se tienen en cuenta diálogos como el del doctor Wilson, amigo de House, con una paciente:
Rebecca [paciente]: -¿Es un buen hombre?
Wilson: -Es un buen médico.
Rebecca: -¿Se puede ser lo uno sin lo otro? ¿No le tiene que importar la gente?
Wilson: -El que importe es una buena motivación. Él ha encontrado otra cosa.
GUSANOS. Quienes han buscado encontrar esa "otra cosa" son los responsables de La filosofía de House, William Irwin y Henry Jacoby. El primero de ellos es profesor de Filosofía en el King´s College, Pensilvania, y coeditor de otros textos sobre series de televisión como La filosofía de los Simpson. Por su parte, Jacoby enseña la misma asignatura en la East Carolina University de Greenville, Carolina del Norte.
En el libro se nota la mano de algún sabio corrector de estilo, que logró moderar la pasión por el lenguaje difuso propia de los filósofos y convertirlo en algo casi para todo público -o por lo menos para el mismo público de House-. Esto ocurre al punto de que capítulos atribuidos a autores diferentes ofrecen una escritura que avanza de modo muy similar, con frases cortas, y la evocación de llamativas y hasta chocantes escenas como objeto de comentario. La apelación al grotesco es una de las constantes de la serie, tal como ha señalado el argentino Juan José Campanella, que tuvo oportunidad de dirigir varios episodios.
Por ejemplo, muchos capítulos tienen el mismo estilo del firmado por Heather Battaly y Amy Coplan y referido al episodio "Distracciones". Un paciente sufrió quemaduras tan graves, que parece imposible practicarle las pruebas normales para establecer un diagnóstico preciso. Los integrantes del equipo no atinan a ubicar con precisión el lugar de la infección (¿encéfalo? ¿piel?) que en poco tiempo podría terminar con su vida. Por ello House dispone la aplicación de gusanos sobre el pecho del paciente, para que limpien la herida al devorar la carne muerta. Esta desagradable técnica "evita que el equipo tenga que esperar a que las quemaduras sanen para encontrar la fuente de infección".
En "Para siempre", una joven hospitalizada mata a su bebé. Los eslabones causales son como siempre retorcidos pero posibles: la paciente sufre pelagra, lo cual explica las alucinaciones, que a su vez explican el infanticidio. La enfermedad celiaca es el origen de la pelagra de la joven, pero también de su cáncer de estómago. Tanto el procedimiento de los gusanos como el caso de la madre infanticida dan ocasión a sesudas argumentaciones filosóficas.
ELEMENTAL. Un capítulo que tampoco tiene desperdicio es el de Jerold J. Abrams, "La lógica de las conjeturas en Sherlock Holmes y House", donde se señalan múltiples puntos de contacto entre los dos personajes: "Como sospechosos de una novela policiaca, House considera a sus pacientes farsantes y mentirosos, así mismo considera Holmes a sus clientes. Por ello House allana sus casas, roba sus pertenencias, hurga en sus cajones... cualquier cosa para reunir pistas".
En un similar juego de correspondencias, House cuenta con la ayuda y el contrapunto dialéctico de un equipo de jóvenes doctores: "Son los Watson de House: Cameron, Foreman y Chase, cada uno con diferente especialidad". Si bien La filosofía de House incluye reflexiones basadas en el material de las tres primeras temporadas, esa suerte de "Watson colectivo" perdura en las posteriores.
El paralelo entre House y Holmes se prolonga en sus respectivas adicciones -el uso de la Vicodina por parte del primero y la cocaína por parte del segundo-, y en el hecho de que ambos personajes tocan instrumentos musicales -House el piano y Holmes el violín. Según Abrams, "el nombre de pila de House, Gregory, es un poco más difícil de descubrir, pero está ahí justo en la primera aventura de Holmes, Estudio en escarlata, en la persona del detective de Scotland Yard, Tobias Gregson".
COLECTIVO. Debe decirse que tres cuartas partes del libro se dedican principalmente a cuestiones morales. Por ejemplo, Jennifer McMahon se ocupa de House y Sartre, David Goldblatt de "Una perspectiva nietzscheana", Jeffrey Ruff y Jeremi Barris lo aproximan al budismo zen, Melanie Frappier lo compara con Sócrates, mientras Peter Vernezze se pregunta si "¿Hay algún taoísta en doctor House?". Hasta la ética feminista es puesta en juego en el capítulo de Renee Kyle, en su análisis del personaje de la doctora Allison Cameron.
Sólo la segunda sección aborda un poco más, y no tanto como correspondería, las cuestiones epistemológicas y de metodología de la ciencia que suelen plantear con exuberancia los episodios de la serie. En realidad, todas las temporadas de la serie conocidas hasta ahora ilustran con lujo de detalles la concepción popperiana de la labor científica. Pero no solamente en cuanto a ejemplificar a cada paso la noción de "falsabilidad", tan célebre como mal comprendida, sino en la demolición del mito del sabio aislado en su gabinete -sin que ello impida que Gregory House sea un "solitario" en otro sentido, pero no a la hora de discutir sus conjeturas con el equipo-.
Es que la "objetividad" de la ciencia no depende de cada científico, que en tanto individuo posee los defectos de cualquiera, sino del trabajo de competencia permanente dentro de una comunidad científica. Esto se comprende mejor ante la nota de Battaly y Coplan: "Dado que House por lo general diagnostica mal a sus pacientes varias veces antes de descubrir el verdadero problema, termina con más opiniones falsas que verdaderas. Pero es confiable en el sentido de que finalmente logra opiniones verdaderas, en forma de diagnósticos correctos acerca de la enfermedad".
En cualquier caso los fanáticos de la serie encontrarán en La filosofía de House un material que los dejará plenamente satisfechos, porque reflexiona sobre Gregory House como si fuera una persona real. Incluso muchos seguidores confiesan que les es imposible percibir a Hugh Laurie como alguien diferente al doctor House. Cuando en el programa de James Lipton, Inside the Actor`s Studio, le preguntaron a Laurie si había aprendido algo de medicina al tener que memorizar tantas líneas de conceptos científicos, la respuesta del actor fue que tenía el cerebro de un pececillo y olvidaba todo a los pocos minutos. Aquellas declaraciones desconcertantes, en realidad, fueron desmentidas por el resto de la extensa entrevista con Lipton. El humor y la feroz distancia analítica de Laurie parece nutrir de credibilidad a su personaje. Es que todos mienten, claro, incluido Hugh Laurie.
LA FILOSOFÍA DE HOUSE. TODOS MIENTEN, de William Irvin y Henry Jacoby. Editorial Selector, 2009. México, 250 págs. Distribuye Gussi.