La gloria del instante

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Juan de Marsilio

DESDE 1968 la obra poética reunida del español Jorge Guillén se titula Aire nuestro, pero ahora puede leerse en una exhaustiva edición crítica de Óscar Barrero Pérez, publicada en forma lujosa en dos tomos. Incluye las últimas correcciones e incorporaciones que el poeta dejara en sus manuscritos, la poesía posterior a 1968 (suma cinco libros en total), un prolijo seguimiento de fechas de composición o modificación de poemas, y las primeras versiones publicadas en revistas.

Perteneciente al grupo de poetas conocido como la Generación del `27 (el más notorio es García Lorca), Guillén tiene en común con varios de sus miembros (Cernuda, Gerardo Diego, Dámaso Alonso y su amigo Pedro Salinas) haber sido catedrático e investigador literario. Por esto, y por su fino oído, su obra debe mucho, entre múltiples lecturas, a la sonoridad de la gran poesía del Siglo de Oro, como se aprecia en "Al aire de tu vuelo" y "Las horas situadas", dos primeros tramos de Cántico, a su vez primer volumen de Aire nuestro. En ellos se respira el ritmo de San Juan de la Cruz y Fray Luis de León, respectivamente, el Romancero y otras vertientes de la poesía española, culta y popular. Allí desarrolla, según anota Gil de Biedma, una amplia variedad estrófica, combinando de modo inusitado los metros castellanos y usando también el verso libre y el poema en prosa. El lector deberá aguzar el oído, pues la alternancia de frases breves con otras encabalgadas en varios versos, los cambios rítmicos y la ruptura de una melodía para iniciar otra, dan a estos textos una musicalidad rica pero difícil. Entre sus influencias extrahispánicas, se destaca la de Paul Valéry. Como a muchos miembros de su generación, la Guerra Civil y la tiranía franquista lo llevaron al destierro, del que no regresó hasta la muerte del "Caudillo". En 1976 recibió el Premio Cervantes y en 1978 fue nombrado miembro de honor de la Real Academia Española.

LA POESÍA "PURA". Guillén ha cultivado lo que poetas, críticos y estudiosos llaman poesía pura, y que un simple lector de poesía podría creer que no existe, pues lo que hay es poesía o palabras amontonadas con la fallida pretensión de serlo. Escribió el poeta, citando a su maestro francés: "El mismo Valéry me lo repetía, una vez más, cierta mañana en la rue de Villejust. Poesía pura es todo lo que permanece en el poema, después de haber eliminado todo lo que no es poesía. Pura es igual a simple, químicamente". Una poesía despersonalizada, que evita la expresión directa del yo y siempre busca el significado exacto de la palabra. Una poesía cuidada en lo formal, que procura hacer del texto un objeto estético en sí mismo, sin caer en el mero juego de imágenes y sonoridades ingeniosas. El propio Guillén ha escrito que "un poema `deshumanizado` es una imposibilidad física y metafísica". Aunque trate de anularse, para potenciar el objeto poético (esa ausencia del yo que en narrativa preconizara Flaubert) siempre hay un yo viendo las cosas y expresándose de una manera personal al mostrarlas y, para el caso de este poeta, exaltarlas. Siendo Guillén longevo y coherente, ese yo filtrado, distanciado, se desenvuelve en la obra en un interesante juego de variaciones y permanencias (y en los poemas de la vejez se objetiva, para mostrar la maravilla de esa etapa).

UNA OBRA INTEGRAL. Cántico (subtitulado Fe de vida) es la primera gran serie de Aire Nuestro. Publicado en 1928 con setenta y cinco textos, aunque el autor venía trabajando en él desde 1919, alcanza los trescientos treinta y cuatro textos en la cuarta edición, de 1951. Pero además, en las sucesivas ediciones, incluida esta de Barrero Pérez, se revisa y modifica los textos, pues viviendo para ver, cambia el poeta y con él su obra.

En Cántico se celebra la delicia de vivir, y también se plantea los obstáculos que estorban este gozo, aunque cierta crítica hostil se obstine en no verlo. El poeta concluye, en "Beato sillón" (humorístico retruécano del "Beatus ille" horaciano) que "el mundo está bien hecho". Como en muchos textos de Cántico -y luego de sus libros de vejez- Guillén celebra aquí la gloria del instante, en que el hombre se siente pleno, integrado armoniosamente al todo, trascendido de su mortalidad (sin por ello abrazar fe positiva en concreto acerca de alguna supervivencia post mortem). Y cualquiera sabe, sin necesidad de ser crítico ni poeta, que en esos momentos el mundo está hecho a la perfección.

Pero escribir tal cosa en un siglo como el XX, con dos guerras mundiales, bomba atómica y tantos etcéteras terribles, pudo sonar a frivolidad para quienes encararon, si no con liviandad, con miopía, la obra de este poeta. Porque en el mismo Cántico aparece lo hostil, triste y difícil del vivir: "¡No es tan corta/ Para el hombre esta jornada/ De lucha contra la nada! (…) Con una luz casi fea,/ El sol - triste/ De afrontar una jornada/ Tan burlada -/ Principia mal su tarea./ Y tanta sombra persiste/ Que la luz se siente rea/ De traición al nuevo día." Incluso en "Sol en la boda", uno de sus textos más entusiastas, destaca cuánto hay de heroico en el hecho de apostar a formar una familia común y corriente (escribe de los novios: "Valerosos, enérgicos, tranquilos/ Caminan sin dudar hacia un futuro" ).

Porque vivir es la mayor aventura, a la vez inmanente y trascendente, donde el aquí y ahora son parte del Universo infinito, que siempre hace posible un más allá (por eso la abundancia de ventanas, horizontes y árboles que apuntan al cenit en esta poesía). Así se explica el título colectivo de Aire nuestro: "Respiro/ Y el aire en mis pulmones/ Ya es saber, ya es amor, ya es alegría."

TIEMPO DE HISTORIA. Muchos de los poemas "felices" de Cántico fueron escritos o corregidos tras la experiencia de la Guerra Civil, el destierro y la Segunda Guerra Mundial. Acto heroico donde los hubiera, esta defensa de lo bueno ante la irrupción de lo peor humano, de ese mundo de los hombres que está mal hecho, como escribe Guillén en Clamor, su segunda serie poética. En tres entregas: "Maremágnum" (1957), "Que van a dar a la mar" (1960) y "A la altura de las circunstancias" (1963), este segundo cuerpo poético da cuenta de un tiempo y unas obras humanas que desconcertarían al mismo Luzbel. Se lee en el poema "Luzbel desconcertado": "¿Cómo podría soportar la noche/ De ese "infierno" en su fondo/ Tenebroso de penas/ Humanas, humanísimas/ Sólo a nivel de lúgubre malvado/ De tribunal terrestre?/ ¿Yo policía? Ellos,/ ellos sí se deleitan/ Con esas alambradas/ De una ´concentración` inextinguible,/ Odio por ley del infernal que juzga./ ¡No! No tengo esos ´campos`." Así aparece escrito en la segunda sección de "Maremágnum", y obsérvese, de paso, en este fragmento escogido, el peso poético que pueden tener unas comillas puestas en su justo sitio.

Muchos críticos vieron en Clamor un cambio brusco en la poética de su autor. Sin embargo, el propio Guillén se encargó, en El argumento de la obra -libro de 1961- de explicar que "ya en Cántico se insinúa Clamor", de señalar que sus opciones estéticas siguen siendo las mismas.

El lector encuentra muchos textos que podrían figurar en Cántico, por su captación de la belleza sugerente y profunda de un objeto o un instante, que permiten columbrar, por usar un verbo caro al poeta, un más allá en las cosas del aquí y el ahora -"Delicia de vivir", "Una exposición"- y por su vitalismo, como "Ars Vivendi", en el que contrapone a la visión pesimista de Quevedo -"presentes sucesiones de difunto", en que cada instante de la existencia prologa la muerte- sus "presentes sucesiones de viviente", que le ganan a la muerte la partida, al ponerla en su sitio, más allá de la vida.

Más aún, en "El acorde", introducción de Clamor, el poeta se obstina en ver tras el caos y el horror que le son contemporáneos un sentido profundo aunque misterioso, pautado desde el "acorde primordial", que lo llevan a apostar al triunfo final de la luz y de "La vida, más feroz que toda muerte". Ante el horror, la fe y el optimismo.

LA ESPAÑA DE LOS PÉREZ Y EL TIRANO. Este optimismo arduo y lúcido se enfoca en la España tiranizada por Franco, denunciando el horror vuelto realidad cotidiana, valiéndose incluso del humor ácido, a cuyo servicio pone su versatilidad sonora. Así, en "Potencia de Pérez", donde presenta un panorama del régimen franquista, sus resortes de poder, y la vida de la gente común -con su verticalidad casi instintiva, pero también con sus agachadas- hace cantar al coro de los burócratas: "La Ley levanta/ Frente al oficial cacumen/ La sacrosanta/ Letra que todos consumen.// No se interprete la Letra./ Su cuerpo mismo es sagrado./ Si una mente la penetra,/ Se nos desploma el Estado." O al de la policía: "Repertorio fino:/ engaño, tortura,/ Muerte en el camino/ Más que cárcel dura.// Tal es nuestra dicha/ Que hasta el más honesto/ Desde alguna ficha/ Cae en nuestro cesto".

En medio a esta maraña están los Pérez, los españoles del común. Son los que tienen que subsistir como deudos -o como cómplices del asesinato- de los "tantos cadáveres/ Sepultos o insepultos" del régimen, y bajo el riesgo constante de pasar a ser uno más en la fosa común, para lo que basta discrepar con el Jefe, que nunca se equivoca. Es el hombre que por bueno, de a ratos cree que esa muerte es vida, para poder hacer como que vive. Y a fuerza de eso, aunque al final deba emerger humano tras tanta tiranía, es quien la perpetúa, pues al recuerdo de la catástrofe inicial (léase: la Guerra Civil), y en el temor de su reedición si faltase la mano dura, tolera, aunque no lo ame, "Que el tirano persista". Hay un gran aire de familia entre este comienzo lleno de muertos de "Potencia de Pérez" y la mención al millón de cadáveres habitando Madrid, en el inicio de Hijos de la ira de Dámaso Alonso.

Hay una dimensión universal en la denuncia al régimen, pues el modo en que la mentira se erige en verdad oficial, a fuerza de reiteraciones y convocatorias a la patriótica unidad, es a todas luces una aplicación de la fórmula de Goebbels: una mentira repetida mil veces se convierte en verdad.

Por sobre todo esto, la figura del tirano, que es Franco, pero en buena medida pudiera ser cualquier otro déspota que se imponga a su pueblo a sangre, fuego y propaganda. Acierta en marcar que su figura de Caudillo providencial está sustentada en los "coros" de beneficiarios del régimen: burócratas, policías y militares, jerarcas del partido único, dignatarios de la Iglesia. Rige una patria "reformada en tumba", sabe que se apoya en "la canalla que le adora y teme" e invoca una supuesta Gracia de Dios para dirigir la construcción de una patria unánime "Que excluye a muchedumbres de adversarios/ Presos o bajo tierra", para que ni voten ni perturben. Pero Guillén revela la mentira criminal tras esas invocaciones: "Oh, Jefe, nunca solo: Dios te encubre", siendo el mayor milagro de la tiranía el convertir a Dios en asesino y ladrón. El botín y la tarea de los "cruzados" victoriosos: construir la nueva España a golpe de "chanchullos patrióticos". Pero el poeta, y cualquiera sensible y con memoria capaz de recordar -aunque sea inventándoselo- un orden anterior a la catástrofe, sólo pueden ver "Hórridas ruinas sin belleza. Ruinas con el temor de no ser ni su angustia…".

Esta denuncia no lo lleva a renegar de su hispanidad. Bien hecho a su exilio norteamericano y a sus viajes, sigue sintiendo a su patria, que no es culpable de lo que le ocurre ("Ay patria,/ con malos padres y con malos hijos/ O tal vez nada más desventurados…", escribe en "Despertar español"). Y le asigna a su labor de poeta, a la poesía en general y al idioma produciendo sentido, un rol esperanzador en la regeneración colectiva y personal: "A través de un idioma/ ¿Yo podría llegar a ser el hombre/ Por fin humano a que mi esfuerzo tiende/ Bajo este sol de todos?", escribe en el mismo poema.

Este factor personal, de descubrimiento y aceptación lúcida y humilde de los deberes que el destino impone a cada uno para hallarse a la altura de las -y de sus- circunstancias, como clave en la construcción de un sentido personal para la vida y aporte al gran "acorde" colectivo, es uno de los núcleos del aspecto "civil" de la poesía guilleneana, y se expone de modo pleno en "Destitución de Sancho": "Mirando al horizonte/ La vista es siempre centro/ De círculo,/ Y gracias a sus límites/ Sancho es Sancho con fuerza/ De perfil y destino...".

POLÍTICA Y ÉTICA. Este costado político de la poesía de Guillén suscitó malentendidos y hasta incluso ataques crítico. El más fácil de rebatir es la pretensión de que siguiese escribiendo el Cántico hasta el infinito, o su complementario, el suponer que Clamor es una ruptura absoluta o una abjuración de la primera serie de Aire nuestro, excusa para desechar al "poeta puro" -que nunca dejó de ser del todo- y preferir al "poeta social" que nunca fue, o al menos no del modo típico representado por Gabriel Celaya o Blas de Otero. Ya se ha rebatido tales tesis en esta nota, pero debe añadirse que el poeta era consciente de que su edad y su época lo ponían en una especie de "estado de sitio" del que debía dar cuenta, si no quería renunciar a la lucidez, y para ser coherente con su vitalismo inicial.

Por otra parte, se ha objetado que su poesía no reflejase adhesión partidaria (no la tuvo, se definía como "un demócrata liberal que deriva hacia un cierto socialismo"). Esto se ha vinculado al hecho de que, tras lograr su padre liberarlo de la cárcel (el Alzamiento lo halló en Pamplona, donde su liberalismo y sus vínculos con intelectuales de izquierda eran cargo suficiente), Guillén intentase vivir y trabajar en la Sevilla regida por Queipo de Llano, uno de los más pintorescos y crueles generales del "Bando Nacional", hasta que, para evitar la prisión o algo peor, emigró en 1938. Son bajezas sectarias que se refutan solas, pero dan pie para explicar la postura ética del poeta, base de lo que sus textos tienen de político. Guillén cree en el hombre -a pesar de su capacidad para desordenar, por acción u omisión cómplice, el mundo de las cosas, que "está bien hecho"- en el bien, la verdad, la belleza, la libertad y la justicia. Esto lo ha llevado a fustigar a su tirano y a todos, pero más aún, al hombre común o privilegiado que, anestesiando su mala conciencia con comodidades, no da la talla que las circunstancias requieren: "Somos los hombres intranquilos/ En sociedad./ Ganamos, gozamos, volamos./ ¡Qué malestar! (…) Somos entre tanto felices./ Seven o`clock./ Todo es bar y delicia oscura./ ¡Televisión!".

HOMENAJE A LA CULTURA. Si Cántico celebra la belleza del mundo natural, Homenaje le canta a la cultura, como fruto del trabajo y la vida de los hombres, a la vez que como triunfo sobre la muerte (no en vano se subtitula Reunión de vidas).

Guillén manifiesta su erudición, no sólo hispánica y occidental. El respeto reverente por los maestros no le impide entrar en diálogo con ellos, discutir y hasta incluso refutarlos, sin rebajar por ello un ápice de su mérito (recuérdese el modo en que le enmienda la plana a Quevedo en "Ars vivendi"). Así, discute con el bello y escéptico soneto de Lupercio Leonardo de Argensola, cuyo terceto final se queja de que la belleza azul del cielo sea sólo apariencia (puede el lector habérselo escuchado a algún cantante de tangos, como introducción a "Maquillaje", de Virgilio y Homero Expósito) y argumenta no sólo que lo aparente es real de algún modo, sino que además, reflejado en el agua, el azul del cielo es verdad por partida doble.

Otras veces define en pocos versos una obra y un carácter: "Genialmente inoportuno,/ con su yo molesta aposta,/ Inmortal a toda costa:/ Unamuno". O sobre Juan Ramón Jiménez, a través de su obra Platero y yo: "El asno serio, malicioso, firme,/ Dulce si Juan Ramón lo monta y muda/ Su ser en el de un puro corderillo,/ Y con miel franciscana llega al cielo:/ es asno proletario para siempre…". Es capaz también de tomar posición crítica sobre conflictos presentes, como en "Al margen de Pasternak", en que no sólo condena el autoritarismo soviético, sino que critica a quienes lo justificaban en pro de un futuro de justicia social, y rescata el valor de la persona que alza su voz, en soledad y aunque el poder pretenda amordazarla. La solidaridad con el acallado y martirizado por el poder no hace distingos ideológicos, sino que se hermana con cualquier prójimo que sufra "…esa increíble/ Potencia de injusticia que es el hombre." ("Al margen de Gramsci").

Cuando el homenajeado es además un amigo del alma, como Pedro Salinas, entonces Guillén conjuga con pudor la memoria afectuosa y la valoración de la obra, a salvo de toda muerte. Nótese la sutileza con que el poeta marca la diferencia entre el amigo vivo y su recuerdo: "Pedro Salinas, él, ya nunca `tú`".

Mirador del Longevo. Y otros poemas (1973) es la obra de quien, fiel al compromiso consigo mismo, las letras y la vida, siente que no puede, quiere ni debe dejar de escribir, por mucho que hubiese pensado en su momento que con Homenaje concluía su obra.

La de este poeta fue una longevidad lúcida -una vejez como la de Goethe o la de Calderón, para ponerlo en términos del propio Guillén-, para bien de la poesía. Preside esta serie una cita del Viaje del Parnaso, de Cervantes, que pinta bien el tono de los textos: "Yo, socarrón, yo, poetón ya viejo". Se retoma la poesía del objeto y del instante, como en Cántico, pero se nota la sólida vejez del poeta que mira. Resuena la denuncia iniciada en Clamor. Se continúa, en las Despedidas, la línea de Homenaje. Pero teñidos muchos de los textos de un humor -a veces tan ácido como en algunos tramos de Clamor, otras, más benigno- que lejos de disolver su seriedad y profundidad, las subraya. Para ejemplo, en "Guirnalda civil": "¿Dos Españas? En efecto./ Una asesinó a la otra/ Y el país quedó perfecto". También se anticipa la serena asunción de la muerte de Final.

La cercanía de la muerte, pero más todavía el tiempo disponible, disparan preguntas y reflexiones metafísicas que no llegan a conclusión definitiva, sin que por ello los textos trasunten angustia. Pues "Si el vivir es vital profundamente", esta multiplicidad de sentidos posibles que implica la incertidumbre enriquece la experiencia humana más que cualquier certeza de vía única y estrecha.

El poeta festeja su vejez ("Tengo tan buena suerte que soy nonagenario") y añade: "Sí, cumplí mis noventa/ De modo natural. / La vida cotidiana/ Va por su curso a un mar." El manriqueño del morir, al que el poeta va sereno y sin alharacas, "tan callando", "con voluntad placentera" de vivir bien vivido hasta el último instante. Y mientras tanto, seguir construyendo "…esa palabra exacta/ Donde se vive por segunda vez/ A una altura mayor…".

Como en Cántico la experiencia amorosa y la belleza de la amada son claves de felicidad, trascendencia y sentido: "Amor a larga vida nos sentencia", escribe en "Eros amoroso", a los ochenta y dos años.

En el segundo tramo, La Expresión, Guillén reflexiona sobre su trabajo de poeta y el sentido de la poesía. Si bien rescata el concepto de inspiración, lo matiza señalando la necesidad de lecturas y de trabajo cuidadoso en el texto (el poeta es un "Laborioso inspirado"), si bien advierte contra la tentación de un preciosismo hueco.

Lúcido hasta el final sobre su tiempo siguió abordando en sus textos el horror humano, pero insistiendo siempre en que "La vida es vida si es con esperanza./ El hombre tiene en mano su destino".

AIRE NUESTRO, de Jorge Guillén. Tusquets, Barcelona, 2010. Volumen I: CÁNTICO, CLAMOR, 1304 págs; Volumen II: HOMENAJE, Y OTROS POEMAS, FINAL, 1784 págs. Distribuye Urano.

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