Una novela con explosivos

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Daniel Mella

POLA OLOIXARAC (Buenos Aires, 1977) publicó Las Teorías Salvajes en 2008 y desde entonces la novela ha sido editada en España, en Perú, y está siendo traducida en Brasil, Francia, Holanda, Italia, Finlandia y Portugal. Ricardo Piglia habló de su prosa como el gran acontecimiento de la nueva narrativa argentina. Ignacio Echevarría la saludó como una exquisita antropóloga de la barbarie contemporánea. La sensación, desde el primer párrafo, es que se está leyendo algo nuevo y urgente.

Se trata de una novela filosófica. Aunque también es una novela de acción. Hay sexo y sangre, como en todo ritual legítimo. Hay famosos como Hobbes, Freud, Evita y Rodolfo Ranni que deambulan entre bloggers, profesores universitarios y revolucionarios de izquierda, todos puestos a desenterrar del presente, de la historia reciente y de la prehistoria, las causas y los efectos de lo que somos. La novedad está en el lenguaje, por supuesto (y en un dispositivo tecnológico que la novela trae de contrabando). Claro que se ganó algunas críticas negativas, pero eso no fue motivo de desaliento para Pola, que no tiene planes de integrar el mundo literario y vive en Bariloche. Al primer intento de concretar la entrevista dijo que estaba en el sur, calculé que de vacaciones. Unos días después hizo erupción el volcán en Chile y le pregunté si había conseguido escaparle a las cenizas. Estoy en Bariloche, sí... cenicienta, escribió. Arreglamos para hablarnos por Skype y lo primero que hizo fue sacar la laptop por la ventana y mostrarme el Nahuel Huapí, a escasos cincuenta metros de la casa.

CENICIENTA.

-¿Lo ves? Es hermoso. Y el color. Es un verde lechoso, radiactivo. Yo creo que está más lindo que antes.

-¿Y eso por la ceniza?

-Sí. Se volvió blanco. Primero hubo una capa, y vos la veías como si fuera una isla. Después el lago se la comió.

-¿Qué has hecho estos días?

-Nada, es un bajón. Estoy mal de las vías respiratorias.

-¿Escribiste algo?

-Me pidieron que escribiera algo, pero más que nada estuve tuiteando cosas, fotos. Por alguna razón, nunca salgo. El día que llegaron las cenizas, yo tenía un plan. En el cerro Frey se congeló la laguna, ya se puede patinar. Quería ir y por suerte no fui. Caminé por el borde del Nahuel Huapí hasta un punto donde ya no podés avanzar, por los matorrales. Era un día espectacular y de repente a las cuatro ya se había puesto todo oscuro, como si fueran las ocho. Entramos en una posada, la tele estaba prendida y nos enteramos. Estabas diez segundos afuera y quedabas todo cubierto de blanco y con un aromita sulfúrico. No teníamos auto, los remises no venían, los posaderos querían sacarnos de encima. Yo le dije a todo el mundo que tenía asma. En realidad no tengo. Al final se apiadó un policía que estaba de paso y nos trajo, y fue por lo del asma; yo quería pagarle pero él lo hizo por el honor.

-¿Armaste escándalo con lo del asma?

-Sí. Igual siempre se esperan que seas una porteña histérica.

-¿Por qué te mudaste a Bariloche?

-Porque soy como Stephen King. Misery.

-Pero a vos te encanta la cultura.

-No. Odio la cultura.

-¿Y la montaña?

-Me debe horrorizar, porque nunca salgo. El día que salí, erupcionó un volcán. Me parece que me voy a quedar acá adentro.

-Cuando escribiste lo de "cenicienta", el otro día, me quedé pensando que en inglés se le llama Cinderella Story (cuento de cenicienta) a la historia de éxito del menos probable. ¿La tuya es una Cinderella Story?

-No. Nunca dejo los zapatos tirados cuando visito príncipes. Pero es cierto que existe una narrativa intrínseca del héroe literario. Pasa lo mismo en la ciencia: un día viene un outsider y le dice a los mandos máximos: lo que ustedes hacen está todo mal, la manera del mundo es ésta. Es un idea muy linda, romántica, o que tiene que ver con la romantización de la independencia del intelecto que puede por sí solo acariciar las verdades de la época, por fuera del aparato constituido. No sé si se me aplica. Lo que sí, yo no formaba parte del mundo literario ni tampoco del periodismo.

-¿Ya eras una estrella antes de éste éxito?

-No, no, tampoco soy una estrella.

-¿Qué hacías?

-Trabajaba de traductora. Escribía guiones para productoras de cine en Argentina. Pero no me gusta mucho. Es muy limitante como oficio, el género en sí es feo. Aparte, la gente del cine es bastante tonta. Un año antes de publicar la novela estuve colaborando en Radar (del diario Página 12), que fue mi única experiencia de prensa antes de la novela.

el poder de las palabras.

-¿Cómo escribís?

-En una computadora, en kimono.

-¿Cuál es tu relación con las musas?

-Debo ser supersticiosa. Me gustan algunas ideas judeocatólicas, una relación de divinidad con las palabras, entre las palabras y lo que existe, como que las palabras pueden crear las cosas. Cuando estudiaba filosofía, me fascinaban los filósofos medievales. Hay una serie de demostraciones de Dios en torno a la ontología de las palabras: si pienso una cosa, esa cosa tiene que existir, como el argumento ontológico de San Anselmo. Esa idea generó literatura de lo más exquisita: es como una tecnología de razonamiento que después le va a permitir a Descartes decir que el inicio del mundo es el yo, porque tengo una idea y por lo tanto debe existir y nadie me la puede quitar. Cuando estaba en la facultad estudié hebreo antiguo, tradujimos partes del Génesis y Ruth. Me gustaba la idea de que vos hacés algo en la gramática y se desatan nudos en el cielo. Eso de que lo que pasa dentro de la letra, tu trabajo adentro del signo, tiene consecuencias en un mundo mayor. Todo eso vuelve con mucha fuerza en el lenguaje informático: si vos podés manejar el código, hacer cosas adentro de los signos, la realidad "objetiva" se modifica. Además, me parece que sería un mundo muy angustiante si no sucedieran esas cosas. No podría tolerar un mundo donde todo es experiencia pura, nada más. Voy a describir esta mesa, esta persona que se acuesta con esta otra persona, qué horrible. Carver, todos esos norteamericanos de la sequedad… no me gustan. Terminan generando un montón de verdades triviales. A mí me gusta la necesidad. No puede haber libertad en el azar. Hay algo escrito que tenemos que modificar o crear para conquistar mundos ulteriores, más hermosos que nosotros, más importantes.

-Por eso te gusta Borges.

-Es un viejo divino, pero ya no lo leo. Cuando alguien es tan imitado, lo volvés a leer y sentís el peso de las imitaciones y esa sintaxis ya no es para vos.

-Me gustó la manera en que percibí a Borges y a muchos otros en tu novela, no por imitación sino como si hubiesen sido invitados a una fiesta y cada uno apareciese del modo en que podían hacerlo. Gombrowicz en una atmósfera, Montaigne en la piel de un gato...

-Es fundamental trabajar con animales. En los libros de brujas todas tienen sus "familiares", animalitos sin los que no podrían hacer sus encantamientos. Yo pienso que para la escritura es lo mismo.

-¿Tenés gatos?

-Tengo una chiquita que se llama Gmail. Me come los papeles. Debe ser crítica literaria. Pero me encanta eso que decís de la fiesta.

UNA fiesta.

-¿Te sentiste una anfitriona mientras escribías la novela?

-Yo quería que todo terminara en una fiesta. ¿Viste que al final del libro hay una fiesta? La narradora va. Pola va también. Es importante que Pola vaya, por una cuestión legal. En la novela hay un dispositivo para hackear Google Earth. El dispositivo es real, funciona. Si Google quiere hacerle un juicio a alguien, tienen que hacérselo a Pabst o alguno de la banda de personajes. Es una coartada perfecta. La autora es sólo una invitada a la fiesta.

-¿Te asesoraste sobre eso?

-¿Sobre lo legal decís? No, eso es un chiste, pero el hack sí funciona. Eso no excluye que alguien quiera protestar como se hace en el mundo adulto, porque los juicios en tecnología y en la esfera del arte en general son siempre ridículos. Vos podés continuar la experiencia de leer la novela hackeando Google Earth si seguís las instrucciones y querés dedicar un rato de tu tiempo a una actividad ilegal deliciosa. Es bastante único, no creo que exista una novela contemporánea con una tecnología así adentro. Las instrucciones son re-claras. El hack se aprovecha de un defecto en la arquitectura en el DNS, domain name server, que es el que permite que podamos linkear cosas en Internet. Lo que estamos usando ahora, Skype, sí es horizontal, peer to peer, pero en todos los otros casos vas a una computadora o varias computadoras centrales que lo que hacen es registrar y controlar adónde estás yendo; pueden rastrear la novela de tu vida in Internet, si quieren. Lo que hace este hack es explotar eso, usarlo como vulnerabilidad para convertirlo en otra cosa. Si la representación del Nuevo mundo objetivo la hace Google, como nuevo poder global, me aprovecho de un error en su arquitectura y cambio el contenido, altero la tecnología, y lo hago a través de este hack. Sobre esto hablé una vez en una charla en Harvard. Estuvo bueno porque vino gente de literatura pero también altos geeks, chicos que estudian justamente cómo pasar de una arquitectura jerárquica -como la que el hack explota- a una horizontal. Uno de ellos me confirmó que modificar esto tardaría entre seis y diez años, o sea que el hack va a ser tecnología viable por más de un lustro como mínimo.

-¿O sea que la novela es, entre otras cosas, una valija con una bomba adentro?

-Bueno, sí, la novela misma es un hackeo. Puede ser leída así. Hay un relato en transición, del Estado, y otro relato global: ambos dicen cómo tiene que ser la memoria. Y escribir es violentar eso, explotarlo. El relato del Estado dice ahora que los montoneros eran unos divinos bárbaros, y la novela no es muy obediente con ese tipo de relato. La literatura afila la posibilidad de la resistencia política.

-¿Los así llamados derechos humanos son un hackeo también?

-Cuando la gente empieza a reescribir las nociones universales para agenciárselas para su propio poder, hay una articulación ideológica, y en el caso de los derechos humanos puede tratarse de un hackeo a la noción pura de qué era lo que implicaba defender la dignidad humana. Alguien tiene que hacer algo contra eso. Ocuparse de señalarla. Para señalarla tenés que pensar en términos de un defecto; es una idea de la crítica que es bastante ligada a la acción. Hay algo que no funciona y lo que hace el hack es explotar eso, por eso se le llama "exploit," pero para eso tenés que analizar y conocer bien dónde la estructura hace agua.

-Al hackear donde la estructura hace agua, se te forma un concepto de cómo deberían ser las cosas.

-Es cierto. Pero es una manera educada de plantear un deber ser, supongo. O por ahí no, es re-violenta. La cultura de izquierda piensa que un planteo del tipo "esto tiene que ser así", ya es facho. La ley es facha. La policía es facha. Hay que desarrollar estrategias más complejas, nuevas, para plantear el deber ser, para decir: las cosas deben ser de esta manera, sin caer en la bolsa de los dictadores.

-¿Por dónde va, para vos, ese deber ser?

-La crítica que le hace Hegel a Kant es algo hermoso, porque implica la crítica a todo terrorismo -el terrorismo es hijo de un mal razonamiento-. Hegel estaba preocupado con los desmanes de la Revolución Francesa. Dice: estos pibes tienen cosas re-lindas en el corazón: hablan del ideal, de la libertad, quieren los derechos humanos (es una noción más joven), pero al mismo tiempo cada asesinato a los enemigos de la revolución está basado en eso. Hay una abstracción que está en el fondo de los corazones que permite recurrir a ella para justificar mis acciones, entonces voy a poder justificar cualquier atrocidad. Y eso, por supuesto, encubre razones más "reales", como cuando Marat, que era un químico mediocre, manda a guillotinar a Lavoisier, que era un genio en esa disciplina, a quien odiaba porque había señalado la nulidad de sus escritos. Ese tipo de abstracción en el corazón es lo que hace que cierta gente pueda decir: esta persona es un militar, por lo tanto es malo, tengo que matarlo, aunque tenga 18 años y esté haciendo la conscripción yo tengo que matarlo y sacarle el uniforme, porque de ese modo asciendo dentro del regimiento que armó para mí Montoneros y puedo, quizás, conseguir uno de los uniformes nuevos que Montoneros estrenó en la primavera de 1975.

OTROS AÑOS 70.

-Hubo gente que se molestó por la mirada que echaste sobre los años 70 en Argentina.

-Pero está bien. La gente tiene derecho a pensar lo que piensa y a sentirse ofendida. Para mí en el momento fue una confirmación de que estaba tocando los puntos que tenía que tocar. Hay una posición "buena" para hablar de los `70 y los desaparecidos que genera que todo el mundo tenga un tono muy parecido. Habla de un mercado predeterminado de emociones y creencias, la gente compra ciertas cosas y al comprar se siente buena persona, comprometida con el drama o algo así.

-¿Eso está cambiando?

-Los intelectuales de izquierda argentinos no hicieron una revisión crítica de su actuación en aquella época, a excepción de Beatriz Sarlo.

-¿Pensás, como Borges, que un día vamos a merecer no tener gobiernos?

-Un día vamos a merecer gobiernos no peronistas, quizás.

-¿Vos precisás un gobierno?

-Detesto la noción de anarquismo. El horror es la no-ley, el Estado de naturaleza, el hombre contra otros hombres. Prefiero un gobierno malo a la anarquía, que es el infierno.

-¿Internet no es un reino anárquico?

-No es anárquico, de hecho es bastante autoritario: todas las cosas que vos hacés son compendiadas, y toda la economía de Internet gira en torno a hacer negocios con eso, tu privacidad. Los blogs son pasatiempos como cualquier otro. Internet se está volviendo demasiado "real".

-A tu novela le está yendo muy bien.

-Me encanta que la novela haga su vida, y por supuesto, es muy lindo para mí que haya ganado lectores tan distinguidos. Es muy raro publicar. No me esperaba nada de lo que pasó en los términos en los que pasó. Vos me preguntás cómo vivo la relación con el "mundo literario". Yo tenía la sensación de que persistía una fuerte tradición polémica en la Argentina, bastante patoteril. Por ejemplo, Piglia publica Respiración Artificial en los `80, y Aira publica cosas en contra para hundirlo; las tropelías de Fogwill, hay muchas. Ahora es distinto. La mayoría son militantes buscando puestos en los aparatos del gobierno. Regalan su vida intelectual por unas becas que equivalen al pancho y la coca que se reservan a las clases inferiores a ellos. Se mantiene el accionar de patota, pero el horizonte de la creación está degradado.

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