Una mente brillante

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Hugo Fontana

ERIC ARTHUR BLAIR nació en Bengala, India, en 1903, de padre diplomático inglés, y murió en Londres en 1950. Su fama se cimentó alrededor de su seudónimo, George Orwell, y gracias a una obra literaria que marcó el imaginario social y político del siglo XX, como en pocos otros escritores. Dentro de su extensa producción, Orwell es autor de dos novelas que marcarían a fuego nuestro tiempo: Rebelión en la granja (1945) y 1984 (1949), en particular esta última, que fue una reacción y advertencia ante un futuro amenazado por los diversos tipos de totalitarismo, incluso, y acaso en primer lugar, el del propio Estado.

Trotskista en su juventud, en diciembre de 1936 Orwell llegó a la España revolucionaria para sumarse a las filas del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), pequeña agrupación perseguida ferozmente por las fuerzas estalinistas del Partido Comunista, y que al inicio de los enfrentamientos con el franquismo se ubicó junto a los anarquistas pertenecientes a la FAI y a la CNT.

Herido en combate, regresó a Inglaterra a fines de 1937 y meses después publicó el que aún hoy es uno de los libros más conmovedores sobre la derrotada gesta de aquel pueblo, Homenaje a Cataluña. Pero no solo la cicatriz de una bala que le atravesó la garganta lo acompañó en su retorno. También lo hizo su definitivo alejamiento del marxismo y su odio irrestricto a toda clase de dictadura. "Mis sentimientos son sin duda alguna `de izquierda`", dice en una breve Nota autobiográfica, "pero creo que un escritor solo será honesto si se mantiene al margen de las etiquetas partidistas".

Además de su producción narrativa, escribió innumerables ensayos para diversos medios de prensa, algunos de los cuales fueron recopilados en cuatro voluminosos tomos en 1968. En 1998 su obra completa, reunida en 20 tomos, fue publicada en Inglaterra. En El león y el unicornio y otros ensayos se reúnen quince textos de muy variada extensión, escritos entre 1936 y 1948, en los que se abordan temas tan eclécticos como la identidad de los ingleses, la literatura de principios de siglo, el socialismo, la guerra y la obra de un puñado de escritores que compartieron su época.

un animal eterno. "Según escribo estas líneas, seres humanos sumamente civilizados me sobrevuelan intentando matarme", escribe en el comienzo del ensayo que da nombre al libro, mientras la aviación alemana bombardea Londres en 1941. "No sienten ninguna enemistad personal hacia mí, ni yo hacia ellos. Sólo `cumplen con su deber`, según se suele decir. La mayoría, no me cabe duda, son hombres de corazón amable, respetuosos con las leyes, que nunca soñarían con cometer un asesinato en su vida privada. Por otra parte, si uno consigue hacerme pedazos gracias a una bomba bien lanzada, no dormirá peor. Está al servicio de su país, y su país tiene plenos poderes para absolverle de todo mal."

Piedra de toque, la guerra como escenario inevitable lleva a Orwell a reflexionar sobre la política exterior británica, Chamberlain, la historia imperial del país al que se siente orgulloso de pertenecer, la obra y el comportamiento público de Rudyard Kipling, la escasa adhesión de las clases medias al militarismo, la gran desigualdad en el reparto de la riqueza, las canciones de gesta que identifican a una nación que suele cantar sus derrotas y no sus triunfos en los campos de batalla. Y a pesar del ojo agudamente crítico que recorre cada uno de estos ítems, Orwell se detiene a hablar de la "unidad emocional" que da cohesión a los ingleses, se maravilla de que sea un pueblo que ama a las flores, y llega a sostener, obviamente sin haberse cruzado en vida con Margaret Thatcher ni con Tony Blair, que la "amabilidad de la civilización inglesa posiblemente sea su rasgo más acusado".

Más allá de las evidentes dificultades por las que atravesaba su país en el momento de escribir este estupendo ensayo, Orwell sostiene con firmeza que haría falta un desastre mayor para que la cultura inglesa pudiera correr peligro: "...Inglaterra seguirá siendo Inglaterra, un animal eterno que se estira hacia el futuro y hacia el pasado y que, como todos los seres vivos, detentará el poder de cambiar hasta ser irreconocible, si bien seguirá siendo igual". No en balde el león y el unicornio son las figuras icónicas que flanquean el escudo de armas de ese país.

Crítica y memoria. Otros artículos incluidos en el libro muestran una textura más evocativa o apuntan al análisis crítico de libros y autores. Por allí desfilan algunos nombres que han caído en absoluto olvido pero que en la primera mitad del siglo XX eran leídos febrilmente. Otros han sobrevivido al paso del tiempo y por ellos Orwell tiene particular predilección, como Oscar Wilde (de quien comenta El alma del hombre bajo el socialismo), Jack London, Henry Miller, T.S. Eliot ("al mismo tiempo un poeta y un pedante colosal"), Somerset Maugham, Aldous Huxley, John Dos Passos, James Joyce, Ezra Pound y el infatigable autor de novelas policiales James Hadley Chase. Todos forman parte además de una actitud ética y estética hacia la literatura, y dan paso a algunos problemas formales que aún subsisten con intensidad: la novela como enunciado y estrategia, lo cotidiano o lo abstracto, la locación política del autor, la condición "proletaria" o "burguesa" de la literatura. En ese terreno, Orwell es tan categórico como revulsivo. "Siempre he sostenido que todo artista es un propagandista", escribe. "No quiero decir propagandista político, claro. Si tiene honradez y si tiene talento, no puede serlo."

También se remonta a sus primeros empleos, cuando trabajó en una librería de usados ("Recuerdos de un librero"), texto a medio camino entre lo memorioso y lo irónico, dibujando a la perfección una fauna de clientes que sin duda se mantiene intacta hasta nuestros días. O toma los semanarios juveniles y las postales de salutación como pretexto para desarrollar un examen sociológico del consumo de ciertas escrituras, en las que los elementos tópicos (aventura, sexo, heroísmo) le permiten también adentrarse en la identidad de sus congéneres.

El libro se cierra con el artículo "Ay, qué alegrías aquellas", en el que repasa su condición de estudiante en el colegio St. Cyprian, adonde llega a los ocho años de edad. Es esta una institución reaccionaria y violenta, liderada por una pareja de directores convencidos de que la letra solo entraba con sangre, y a la que concurrían estudiantes de la alta aristocracia, algunos muchachos argentinos hijos de poderosos estancieros, y otros como él, descendientes de funcionarios públicos de pocos ingresos pero lo suficientemente listos como para ser cobijados en el lugar. "Todo el que escribe sobre su infancia ha de luchar contra la tendencia a las exageraciones y la autocompasión", dice Orwell a cierta altura de su relato, pero indefectiblemente termina afirmando que aquellos eran "recuerdos de repugnancia".

EL LEÓN Y EL UNICORNIO Y OTROS ENSAYOS, de George Orwell. Fondo de Cultura Económica, 2009. México, 236 págs. Distribuye Gussi.

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