Tres en la Gran Manzana

CUENTA Maiakovski: "Entré en Nueva York por tierra y me di de bruces con una estación, pero, a pesar de venir preparado después de tres días de viajar por Texas, abrí los ojos como platos. Durante muchas horas, el tren pasaba volando al borde del río Hudson, a dos pasos del agua. Al otro lado se veían más vías al pie mismo de las Bear Mountains. El tráfico de vapores grandes y pequeños se hacía cada vez más denso. Los puentes saltaban por encima del tren con frecuencia. Las paredes -de astilleros, centrales de carbón, instalaciones eléctricas, fundiciones de acero y fábricas farmacéuticas- se alzaban ante las ventanas, tapando la vista cada vez con más continuidad. En el andén no hay nadie, a excepción de unos mozos negros. Los estadounidenses callan (o quizás la gente parezca callada en medio del estrépito de las máquinas) y, por encima de los estadounidenses, los altavoces y la radio braman avisos de salidas y llegadas."

torres-garcía. Cuatro años antes que Maiakovski, en 1921, Joaquín Torres García registró por escrito su estadía de dos años en la urbe. Su visión de Nueva York es entusiasta, como surge de las cartas dirigidas al pintor Rafael Barradas -"aquel es mi país, Barradas, aquella vida múltiple, gigante, maquinista, dinámica y libre!"- aunque a medida que el tiempo transcurre se vuelve desasosegada: "No comprende, el forastero, que la calidad del trabajo poco importa. Se trata sólo de ganar." Es interesante observar la puntuación que Torres elige para sus escritos -guiones y paréntesis rectos sin cerrar alternados con puntos y comas- en perfecta síntesis entre forma y contenido: "Primera impresión [que seguramente tendré que rectificar. -Impresión plástica- interesantísima para un artista moderno- mil formas nuevas en movimiento que llega al paroxismo- superficies enormes con mil agujas rectangulares -escaleras bajando en zigzag desde lo alto- planos, en movimiento vertiginoso -ascensores, elevados, subterráneos: -números 56, 56, 56, 56, pasando rápidamente en los postes…".

El poeta futurista ruso y el artista plástico uruguayo participan de la misma sensación de vértigo febril. La contracara que el turista no ve se esconde en la vida demencial del neoyorquino, y sobre esa vida Torres García también tiene mucho que decir. "Hay que ganar dinero -hay que moverse- hay que ver a este individuo- hay que buscar hay que buscar infatigablemente cada día- hay que ser más bandido que todos esos negociantes- hay que comenzar como todos- hay que fregar platos, clavar clavos- hay que ganar no importa con qué- hay que vestir el overall como los otros- hay que aprender inglés- hay que quitarse esa barba- tiene que sonreír siempre- tiene que abrirse paso con los codos.- Vuelva a meter todos los cuadros en las cajas -porque nada de todo eso sirve para sacar dinero- aquí no hay más que arte comercial."

Las conjugaciones de los verbos y el modo imperativo hablan de experiencias duras, de sudor inmigrante. Sin embargo, el arte prevalece. En uno de los últimos capítulos de sus notas, Torres trata de rescatar cierta moral subyacente bajo el esfuerzo por hacer el primer millón de dólares, el más difícil, el que marca la frontera de los perdedores. "América es algo que no admite comparación con nada de Europa. Por esto, ahora, al tratar de situar a un artista, para definir su personalidad, debo comenzar por hacer esa salvedad. De otro modo podría tomarse algo que es regla general, por excepción -Mr. Wood Gaylor es un hombre simple, alegre como un niño, tranquilo, feliz. Cada día, como otros, artistas americanos, va al studio, y allí trabaja sus ocho horas sin ningún peso en el alma. Y el domingo, pinta. -En América todo está resuelto así."

A medida que Torres García parece comprender las reglas de juego productivas de la ciudad en marcha, la disposición gráfica del texto se serena. Salvo cuando hace mención expresa a que en América todo -incluso la producción artística-- se resuelve por el culto al trabajo metódico, anodino y sin culpas.

garcía lorca. Entre 1929 y 1930, Federico García Lorca asistió a los cursos de la Universidad de Columbia en Nueva York. Era un poeta reconocido y un hijo del imperio derrotado en 1898 durante la guerra de independencia de Cuba. El producto de ese contacto entre admirado y crítico, entre seducido y desdeñoso, es el poemario Poeta en Nueva York que muestra a un Lorca de lenguaje deslumbrante, abigarrado, casi luciferino, como la ciudad que lo engendró.

El propio Federico señala: "Este libro sobre Nueva York que traje de mi viaje a los Estados Unidos, no he querido darlo a ninguno de los que me lo han pedido. Después lo publicaré, pero primero quiero darlo a conocer en la forma de una conferencia." La conferencia la brindó en diciembre de 1932 en el Hotel Ritz de Barcelona y tuvo un tono tajante. "He dicho un poeta en Nueva York y he debido decir Nueva York en un poeta. Un poeta que soy yo."

Semejante autoafirmación se completa con otras que casi ningún lector más o menos advertido atribuiría al poeta andaluz. "Los dos elementos que el viajero capta en la gran ciudad son: arquitectura extrahumana y ritmo furioso. Geometría y angustia. En una primera ojeada, el ritmo puede parecer alegría, pero cuando se observa el mecanismo de la vida social y el esclavismo doloroso de hombre y máquina juntos, se comprende aquella trágica angustia vacía que hace perdonable por evasión hasta el crimen y el bandidaje. Las aristas suben al cielo sin voluntad de nube, ni voluntad de gloria. Las aristas góticas manan del corazón de los viejos muertos enterrados, éstas ascienden frías con una belleza sin raíces, ni ansia final, torpemente seguras sin lograr vencer y superar como en la arquitectura espiritual sucede, la intención siempre inferior del arquitecto."

Maiakovski coincidiría con estos versos lorquianos de "Navidad en el Hudson": "son los vivísimos hormigueros y las monedas en el fango."

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