Tiempo y relato

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Oscar Brando

ESCRIBIÓ Montaigne: "Hacen que odie las cosas verosímiles cuando me son postuladas como infalibles. Gusto de esas palabras que morigeran la temeridad de nuestras proposiciones: Acaso, En cierta forma, Algunos, Según dicen, Considero, y otras similares". El autor de los Ensayos se estaba refiriendo a fines del siglo XVI nada menos que a la cláusula gatillo que declaraba verdad una conjetura y permitía asar vivo a un hombre acusado de herejía.

Un acto jurídico da cuenta apenas de un suceso y eso puede no conformar al historiador, para quien el acontecimiento resulta insuficiente en su tarea de reconstruir fenómenos más amplios como economías, sociedades, culturas. Sin embargo un proceso judicial puede ser un buen punto de partida, con el matiz de que aquello que para el juez es negativo, el margen de incertidumbre, al historiador puede exigirle abrirse al contexto del caso y obtener de él respuestas que el caso esconde. El historiador acudirá entonces a los "acaso", a los "en cierta forma" de los que hablaba Montaigne, convirtiendo en elementos narrativos los límites y vacíos que las huellas y los documentos presentan.

En este libro, El hilo y las huellas, el historiador italiano Carlo Ginzburg, conocido especialmente por su extraordinario libro El queso y los gusanos, reúne ensayos y artículos de distinta época y tema. Declara que "lo que mantiene unidos los capítulos de este libro, dedicados a temas muy heterogéneos, es la relación entre el hilo -el hilo del relato, que nos ayuda a orientarnos en el laberinto de la realidad- y las huellas". De todas maneras se pueden identificar en el conjunto dos tipos de trabajos: unos que reflexionan sobre los métodos de lo que finalmente, y con recaudos, quedó bautizado como microhistoria y de la que Ginzburg es, por estos pagos, el más reconocido exponente. Dos de esos trabajos, uno sobre "El regreso de Martin Guerre" y otro titulado "Microhistoria: dos o tres cosas que sé de ella", permiten deducir el tipo de investigación y de producción de esta rama historiográfica, al tiempo que exponen su propia historia, investigando los antecedentes que alimentaron el momento de plenitud a partir de los años `70 del siglo pasado. Otros trabajos incluidos en el volumen son presentaciones de estudios realizados en el marco de la disciplina.

El asunto más recurrido es el de la dimensión narrativa de la historia, o para decirlo con fórmula amplia, el de los vínculos cambiantes entre relatos historiográficos y de otros tipos (epopeya, novela, cine). Si el punto de partida es un caso, el uso de la analogía para subsanar lagunas desliza el relato histórico a un terreno que, con término temerario y provocador, llamaríamos de la invención. De esta forma el discurso histórico se aproxima al ficcional, borrando los severos límites que muchas escuelas de historiadores trazaron.

Historia y ficción. Los ensayos del libro nos muestran que el gran desafío de la historia como narrativa acontece paralelamente al desarrollo de la novela. Defoe, Fielding, Stendhal, Tolstoi serán invitados de honor de las reflexiones de Ginzburg. Pero sin duda tanto Balzac como Manzoni le darán los mejores argumentos para su tarea de narrar la historia. Estos dos amenazan apropiarse de la historia a partir de un modo de escritura que funde realidad y ficción, penetrando en los hechos domésticos y en las huellas que lejos estaban de haber sido pensadas como documentos para la posteridad. Manzoni escribió un texto precoz y menos conocido que el ofrecimiento de Balzac de ser secretario de la historia, en el que expresa la idea de que la conjetura también aproxima lo real, dejando constancia de cuándo son inducciones o proyecciones que reparan los vacíos documentales. Un siglo y medio después, con las reformulaciones de los métodos de investigación histórica y los procedimientos narrativos que superaron la retórica realista de los novelistas del XIX, la separación entre el discurso histórico y el de ficción parece menos segura.

Los problemas principales que se plantean en este conjunto están anticipados por el subtítulo que acompaña el título metafórico: "Lo verdadero, lo falso, lo ficticio". De manera que la representación de la realidad, la relaciones entre ficción y verdad, entre lo falso y verdadero estarán permanentemente acechadas por las especulaciones de los diversos ensayos. Por supuesto que Ginzburg vive el conflicto presentado por los que llama escépticos y desconstructivistas, en particular por la figura del historiador Hayden White, de quien hace, en uno de los ensayos, la presentación de su carrera formativa. Fue White el que con más insistencia difundió, en el campo de la historia, un principio que afectaría todo análisis del discurso a partir del posestructuralismo y que puede resumirse en la fórmula un poco irónica de que "el historiador escribe". La apretada síntesis de la frase puede expandirse con la idea de que al escribir crea la realidad que menta o que solo es representativo de su propia escritura. Ya los antropólogos habían sido cáusticos en este punto recordando que "el etnógrafo escribe", cuando podría entenderse que da cuenta de una realidad sin mediarla, tocarla, afectarla y hasta manipularla con su escritura. Ginzburg rechaza estas posiciones extremas, que parecen escindir todo discurso de la realidad ."Contra estas tendencias -escribe Ginzburg- debe enfatizarse, en cambio, que una mayor conciencia de la dimensión narrativa no implica una mengua de las posibilidades cognitivas de la historiografía sino, por el contrario, una intensificación de ellas". Ginzburg admite, por cierto, el carácter subjetivo de los discursos históricos, pero ello no le impide observar que, visto que el pasado solo puede ser conocido por sus huellas, el historiador debe conseguir hacerle decir a ese pasado más que lo que tuvo a bien dejarnos dicho. Con Marc Bloch concluye que "bien mirado, es un gran desquite de la inteligencia sobre los hechos". Un historiador como Ginzburg se embarca en la dilucidación de ese plus, de esas huellas incontroladas e involuntarias. Sus grandes investigaciones sobre la brujería tuvieron que dar vuelta los documentos existentes para poder leerlos en su reverso: en el capítulo "El inquisidor como antropólogo" explana los reversos de los interrogatorios inquisitoriales para atisbar en los mundos de los interrogados.

VISIBILIDAD DE LOS OBSTÁCULOS. Sinteticemos entonces que, tal como lo expresa Ginzburg, la virtud de un libro como El queso y los gusanos no fue haber reconstruido la peripecia individual del molinero de Friuli sino haberla relatado. Pero, y esto fue también principio nodal de su sistema, no buscó encubrir o recubrir las lagunas de la documentación (inevitables, por otra parte, en cualquier investigación) para construir una superficie tersa de la narración, sino que integró las dudas, las hipótesis, las incertidumbres al propio relato: "Los obstáculos que salieron al paso de la investigación eran elementos constitutivos de la documentación y, por tanto, debían volverse parte del relato: así como las vacilaciones y los silencios del protagonista frente a las preguntas de los instructores del proceso, o frente a las mías".

El lector de un libro como este puede disfrutar de las digresiones y las continuas arborescencias que se extienden desde el tema central hasta las ramas y las hojas más remotas para regresar luego, recargadas, más o menos al punto de partida. O, por el contrario, puede desconcertarse y sofocarse con el sobrepeso de la erudición en el dato minúsculo, biográfico o bibliográfico.

EL HILO Y LAS HUELLAS. LO VERDADERO, LO FALSO, LO FICTICIO, de Carlo Ginzburg. FCE, 2010. Buenos Aires, 492 págs. Distribuye Gussi.

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