Los negros y los blancos

Juan de Marsilio

HAY ESCRITORES de obra breve y sin embargo insoslayable. Tal el caso del uruguayo Santiago Dossetti (1902-1981), que en Los Molles, publicado en 1936 con nueve cuentos (once en su tercera edición), pinta con singular poesía la miseria de su paraje natal, sin escamotear un ápice del dolor, la violencia y la injusticia que describe. Con acierto, Ruben Loza Aguerrebere emparienta en el prólogo este libro con el aliento nuevo que entre fines de los veinte y mediados de los treinta infundieron en nuestra narrativa rural Juan José Morosoli (amigo y concuñado de Dossetti), Paco Espínola y Víctor Dotti. También se lo podría vincular, por la ternura y compasión hacia los personajes, con el posterior Julio C. Da Rosa, sobre todo en su novela Juan de los desamparados.

Dossetti fue autodidacta: aprendió a leer y escribir con su madre, y amplió sus lecturas en una imprenta de Nico Pérez, donde se trasladó a los once años. Fue periodista en varios medios de su departamento, sobre todo en La Unión de Minas, que dirigió desde 1932 a 1937. Su carrera administrativa y política, tuvo centro en la gestión cultural. Organizó espectáculos de ballet al aire libre en el Cerro Arequita y en el Parque Salus, en 1937 y ´39. Fue Director Municipal de Cultura y Turismo, cargo que dejó en 1978, ya entrada la dictadura, y en cuyo ejercicio creó en 1955 la Casa de la Cultura, a cuyo ejemplo se formaron las de muchos otros departamentos. Integró el Consejo Directivo del SODRE, impulsando la creación del Canal Oficial. Nunca dejó, sin embargo, de estar vinculado al campo. Señala bien Loza Aguerrebere la profundidad y variedad de sus lecturas, y apunta que, si bien siempre residió en Lavalleja, no puede ser definido como un escritor "provinciano". La Academia Nacional de Letras, de la que Dossetti fuera vicepresidente, publicó en 1998 sus cuentos y una selección de sus ensayos, casi todos inéditos.

Los protagonistas de estos cuentos son en su mayoría negros subordinados en la miseria de sus rancheríos al empleo y al destrato que pueda darles la estancia, ya desde "negritos chicos", dejados allí por sus madres, siempre preñadas de la semilla que trae el viento. El hombre negro no para en Los Molles ni para morirse: se lo lleva el camino, sea buscando trabajo en el pueblo o enganchado en alguna cuadrilla de contrabandistas. A veces vuelve, buscando algunos de sus pocos recuerdos queridos. O para vengar unas ofensa, porque, si bien el mundo que pinta Dossetti es fatalista, no todo en él es mansedumbre.

Cuando no es negro, el protagonista de estos cuentos es, de algún modo, alguien despreciado por el orden brutal de la estancia y su gente. El gringo Benedetti, por ejemplo, que vive para la chacra y los hijos, por lo que puede compadecerse de las pobres negras, yendo seguido a sepultar los cajones de sus "angelitos", en las ramas de un montecito de talas, como si fueran nidos. O Don Angelito, estanciero también él, pero incapaz de violentar a nadie.

Aparte de la ternura lúcida para con sus personajes humildes, la prosa de Dossetti tiene sonoridades e imágenes poéticas. Entre estas últimas debe destacarse la personificación de los elementos de la naturaleza, que hace que los personajes se muevan en un universo de cosas vivas. Asimismo, la belleza del paisaje, en especial de los atardeceres, resalta la violencia y la injusticia que se desarrollan sobre ese fondo. Debe saludarse esta reedición.

LOS MOLLES, de Santiago Dossetti. Colección de Clásicos Uruguayos, 2011. Montevideo, 136 págs. Distribuye Gussi.

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