Libertario, hedonista y ateo

 20111201 591x500

Agustín Courtoisie

LOS LEVANTAMIENTOS populares de los países árabes, los "indignados" españoles, las protestas de Israel, el conflicto por la educación en Chile, la confusa revuelta de Londres, cualquiera de esos procesos aún en curso hacen muy oportuna esta nueva edición en español (la primera se difundió en Argentina en 1999) del libro de Michel Onfray Política del rebelde, publicado originalmente en 1997. Es posible que más de un lector escriba sobre los márgenes acerca de las correlaciones y las mutuas iluminaciones entre aquellos sucesos y estas páginas, (y las de estas páginas con las más nobles tradiciones de la filosofía, escasamente exhibidas en la vitrina académica).

Nacido en 1959, hijo de un obrero y de una doméstica, autor del Antimanual de filosofía y del Tratado de ateología, además de varias decenas de otros títulos, menores y mayores, Onfray declara ahora que "el hedonismo es a la moral lo que el anarquismo es a la política: una opción vital exigida por un cuerpo que recuerda". Según el autor, "nietzscheano de izquierda", seguidor de Foucault, Derrida y Deleuze, pero antes de Bakunin y Proudhon, todos los libros que ha publicado hasta ahora "invitan a una filosofía del cuerpo reconciliado consigo mismo, soberano, libre, independiente, autónomo, dichoso de ser lo que es, no de un cuerpo sufriente entre las redes del ideal ascético. No me imagino la filosofía sin la novela autobiográfica que la hace posible".

SOCIALISMO LIBERTARIO. Como prueba de ese último aserto, sorprende desde la Introducción con el extenso relato autobiográfico de su niñez y adolescencia, centrado en la vivencia monstruosa de una fábrica de productos lácteos cercana a su pueblo natal: "A veces, un adulto velludo, siempre el mismo, hundía la medida en la leche y vertía el contenido en mi cubo; de tanto en tanto, unas gotas corrían por sus antebrazos y la mezcla de pelos morenos con hilos blanquecinos me daba asco. Me dirigía dos palabras y yo me volvía a marchar, con el brazo lastrado, dejando a mi espalda la fábrica amenazadora para volver al pueblo. La frontera era perceptible a la altura del hangar para bicicletas donde, bajo las chapas onduladas, se las colgaba como carcasas sanguinolentas en ganchos de carnicero, a la espera de que, tras la jornada de trabajo, los obreros fueran a descolgar sus víctimas exangües" .

En una entrevista reciente para un medio colombiano, cuando lo interrogaron por su evolución política y filosófica desde la publicación de Política del rebelde, respondió: "No me releo y nunca lo haré. No tengo por tanto un recuerdo muy preciso de ese libro que tiene ya casi 15 años. Probablemente le cambiaría algunas fórmulas, algunos detalles, pero nada de fondo. Sigo defendiendo el socialismo libertario. Soy un lector de Proudhon, el anarquista que no cree en la revolución ni en un futuro radiante, que no cree tampoco en el ideal revolucionario ingenuo de que el comunismo es capaz de cambiar a los hombres. Soy un pragmático que sabe que es posible, aquí y ahora, revolucionar las cosas; creo en la producción de `agenciamientos` libertarios, en la realización de relaciones libertarias con los demás".

Si el lector ansioso, sólo por averiguar si ese tenor narrativo se prolonga a lo largo del resto del libro, saltea todo y acude a la otra punta, hacia el final, se sorprenderá también cómo maneja Onfray la bibliografía. Porque el Anexo "A modo de invitación a proseguir" es una serie de recomendaciones muy personales al lector, al que le habla como si fuera un amigo, comentando cada obra y cada autor. Por ejemplo, allí se entusiasma con la Filosofía de la miseria, de Proudhon, y sugiere desestimar la respuesta que le dio Marx en Miseria de la filosofía. Contra los pensadores políticos liberales, de cuño kantiano, recuerda el viejo chiste: "los adeptos de Kant tienen las manos limpias, pese a no tener manos". Más ejemplos: "del lado de los que no han renegado de la etiqueta de anarquista está el epistemólogo Paul Feyerabend". Más adelante juzga: "considero que lo que Debray dice sobre la mediología está, como crítica social, a la altura de lo que han hecho los filósofos de la Escuela de Frankfurt". A los interesados en psicología social y en el hombre masa, les dice sin temor a incurrir en inactualidad: "El maestro de todos es Gustave Le Bon".

NIÑOS, LOCOS Y CLOCHARDS. Pero por más talento que posea Onfray para incorporar lo narrativo en un ensayo de largo aliento, muchos cuestionan su pontificar soberbio, su utópica pretensión, al parecer, de completar el impulso nacido en mayo de 1968, e incluso algunos explican su insólito éxito editorial en Francia por la demagogia de su radicalismo libertario. Por ejemplo, Juan Miguel Ugartemendia, ha dicho que "resulta en ocasiones irritante la soberbia con que ciertos intelectuales franceses desacreditan el sentido común. `Mero prejuicio burgués`, zanjan desdeñosos, para retomar, a continuación, la ímproba tarea de cambiar, no tanto el mundo, como recomendaba Marx, sino la concepción del mismo. Mientras tanto, confiados en que el tiempo acabará resolviendo las incongruencias entre sus propuestas y la realidad, se elevan graciosamente sobre ésta y la contemplan desde las alturas elíseas".

Entretanto, Onfray argumenta a su entrevistador colombiano: "Creo que hay que crear lazos libertarios, antiautoritarios, como los liliputienses de Swift, y manipularlos para neutralizar al gigante Gulliver, encarnado hoy en el capitalismo liberal, el reino del consumo, la sociedad de control informático".

Podrá discutirse si al autor se le va la mano cuando, por ejemplo, inspirándose en Robert Antelme, afirma que al recordar el holocausto judío hay que pensar en "todas las formas concentracionarias posteriores a la liberación de los campos nazis, por doquier, incluidas las catedrales del dolor que son las fábricas, las empresas y otros lugares organizados por el capitalismo". También denuncia con acento iracundo "el flujo de las propuestas de pensamientos colaboradores del sistema, y su reinado mediático casi absoluto, donde se puede observar en germen la esencia del fascismo ordinario". A la par, interroga a los modelos excluyentes en boga: "¿Dónde están los niños, los enfermos mentales, los incurables, los clochards, los desocupados, los obreros y los proletarios en materia de igualdad, de dignidad o del puro y simple derecho a la existencia y al reconocimiento?.

En todo caso, no se puede negar el aire fresco y la indignada generosidad que recorre estas páginas. Ellas ayudan a pensar alternativas políticas y vitales, y a conectarse con los actos valiosos de rebeldía, como lo hace el propio Onfray al narrar su renuncia a los gritos ante aquel capataz mandón de la fábrica de quesos: "Recuerdo haberle dicho con todas mis fuerzas que él y su miserable poder me resultaban repugnantes. Una obrera, aterrorizada, había detenido la cadena. Sólo quedaban un ruido de motor funcionando en el vacío y ese silencio de todos que jamás olvidaré. Todas las miradas se dirigían a aquellas dos bestias enfrentadas. Tras mi torrente de cólera, cogí mi gorra, me quité el mandil y le dejé todo en los brazos". Y culmina: "Al escribir hoy este libro que desde entonces llevo en mí, pienso en los ojos vacíos de quienes no pueden entregar el mandil".

POLÍTICA DEL REBELDE. Tratado de resistencia e insumisión, de Michel Onfray. Anagrama, 2011. Barcelona, 327 págs. Distribuye Gussi.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar