Las viejas banderas

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Juan de Marsilio

JOSÉ HERNÁNDEZ patea en la tumba cuando se toma por sabio a su "Viejo Vizcacha", ejemplo de la corrupción de los valores gauchos, para acomodarse a una modernización rapaz venida de la ciudad.

En 1955, Washington Benavides (Tacuarembó, 1930) tituló Tata Vizcacha su primer librito, de tipografía humilde, que les daba con ganas y puntería a los dioses del Olimpo local, satisfechos y prósperos a costa de miserias ajenas, tan viles y ventajeros como el personaje de Hernández.

El libro mezcla la acidez para con los victimarios y cómplices con la piedad hacia las víctimas (también hacia la inocencia perdida de los corruptos) e inicia una obra abundante, sólida y variada, a la vez culta y popular. Alcanzaría para recordarlo. Pocos recuerdan, sin embargo, que los criticados promovieron un "Movimiento Acción Democrática" que, para combatir al comunismo -la "Guerra Fría" daba para mucho- compró casi toda la edición y la quemó en acto público. En aquel Uruguay democrático nadie protestó. Esta reedición, y su lanzamiento en la misma plaza de la quema, además de sucesos literarios, son actos de justicia.

Benavides capta al Vizcacha verdadero y extiende la "mano de bleque" a señores y señoras "de sociedad", a los que les quedan bien las citas del Martín Fierro que pone como acápite y a veces por colofón de los poemas. Construye los textos a la manera de los epitafios de Edgar Lee Masters, en la Antología de Spoon River: nombra al personaje y lo define con una estampa. Hay casos de egoísmo brutal (Don Heraclio Cabral). Otros de complicidad, consciente y rastrera (Abel Espinosa) o errada en su buena intención (Don Zenón Viera). Otros desperdiciaron, por debilidad o codicia, sus buenas cualidades (Luis Paz). Algunos sufren, semiinconscientes, entre sus lujos (Mercedes Pardo García, Felicidad Morales). También retrata víctimas (Martín Espino, Eulogio).

En estas denuncias se nota que el autor ya no pertenece a los partidos tradicionales, pero ataca a los que usan las viejas banderas para lucrar, respetando a quienes las siguieran de buena fe, incluso en el error. En "Román Giménez", que cierra el libro, se retrata a un viejo combatiente colorado del 1897 y el 1904, que fue a matar blancos por fidelidad a su caudillo y fraternidad con sus camaradas, con profunda piedad del poeta para con sus prójimos de ambos bandos.

Mucho tiene este libro de prosaico y deslenguado, opuesto al lirismo mejor recibido -y algunas veces peor edulcorado-, a tono con los antipoemas de Nicanor Parra, desconocidos entonces por aquí. Un lector no avisado podría contarle algún verso chueco más que los que tiene -unos pocos hay: es un primer libro- sin ver que muchas de las rispideces rítmicas, muchos cortes abruptos entre versos, son disonancias y hasta malsonancias deliberadas, acordes a la denuncia que se presenta.

En el prólogo, Agamenón Castrillón dice bien que Benavides era un joven maduro y ahora es un maduro joven. El diseño es impecable, con el acierto de abrir y cerrar el libro con fotos de Benavides corrigiendo las pruebas de una y otra edición. La ilustración de tapa, de Pablo Benavídez, capta a la perfección la grosería, el lujo y la miseria denunciadas en este libro.

TATA VIZCACHA, de Washington Benavides. Yaugurú, 2012. Montevideo, 112 págs.

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