Felipe Polleri
RUDYARD Kipling (1865-1936) creía en la supremacía del hombre blanco y demás sandeces porque había nacido en un punto alto del imperialismo inglés. Creía, sinceramente, que los blancos harían un mundo más organizado y feliz y etcétera.
Kim, el héroe de su más celebre y hermosa novela, es un chico blanco que vive como un libre y aventurero niño hindú; claro que ha sido reclutado para servir como espía del gobierno británico. Esta colorida novela en donde se recrea con gran belleza la populosa vida de la India, termina abrupta y lamentablemente: el admirable Kim se transforma en un estólido y típico joven inglés. Un anticlímax infinitamente más triste que el de Pinocho, cuando el travieso y encantador juguete de madera se metamorfosea en un obediente y soso niño italiano sobre el que ni el propio Collodi quiere ya escribir. Ni las metamorfosis de Cronenberg son tan desagradables como la de estos dos personajes; lo que es yo, hubiera preferido que se convirtieran en moscas gigantes o lombrices asesinas.
También le debemos una maravillosa novela para jóvenes de cualquier edad: El Libro de la jungla. Aquí un niño salvaje, buen salvaje, habla con los animales y vive las más fantásticas aventuras sin que la colorida prosa de Kipling flaquee por un instante.
Pero fue, sobre todo, un gran cuentista. Borges habló de "tres lacónicas obras maestras" refiriéndose a "Más allá del límite", "El portal de los Cien Pesares" y "En la casa de Suddhú", pero se podrían citar muchos cuentos de parecida excelencia ("Mary Postgate", "El jardinero", etc., etc.) que pueden encontrarse en las variadas recopilaciones que constantemente se hacen de su obra. En las librerías de usados siempre hay algún Kipling, ese inglés que nació en la India (era hijo del conservador del museo de Lahore) para que su corazón viviera dividido entre dos países, dos culturas, dos enemigos que el complejo inconsciente de Kipling nunca pudo reconciliar por muy británico que se creyera, más inglés que ninguno, durante esas claras horas en que creemos que somos una sola persona.