La madurez sombría

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Juan de Marsilio

Para la mayoría de los uruguayos, Juana de Ibarbourou es un recuerdo escolar: algún poema de Raíz salvaje, alguna prosa de El cántaro fresco, tal o cual cuento de Chico Carlo, y el relato de su apoteosis como Juana de América. Si el maestro evitaba la ampulosidad declamatoria, no era mal comienzo. Pero eso era excepcional.

Quien llegaba al liceo, podía descubrir algún texto de Las lenguas del diamante, en general "La hora", "Vida-garfio" o "Rebelde", muy diferentes de lo visto en la primaria. Toda una sorpresa que, con el docente adecuado, podía incluso revalorizar el recuerdo escolar. Después, los hechos y chismes de dominio público: vejez no aceptada, la reclusión y decadencia, marido e hijo no a la altura y, de postre, una dictadura tratando de usufructuar su imagen decrépita. Último clavo en su ataúd poético de "poetisa oficial" y "novia del Estado".

Por eso importa esta nueva edición de Perdida (1950) y La pasajera (1967), pues muestra una zona madura, profunda y dolida de la poesía de Juana de Ibarbourou, no atendida de modo suficiente por la crítica del 45 y 60. Acompañan a estos dos libros selecciones de otros poemarios de madurez (Oro y tormenta, Mensaje del escriba, Azor), de su obra narrativa, y de sus discursos y conferencias, reveladores de la visión que la poeta tenía de sí, de la vida y de su oficio. Pero el mayor acierto es incluir los poemas más representativos de Las lenguas de diamante y Raíz salvaje, lo que permite seguir la evolución de una obra poética, sopesar cambios y permanencias al comparar la Juana luminosa de la juventud y la sombría de la madurez. Es revelador cotejar "Rebelde", de Las lenguas de diamante, con "La última muerte", de Perdida, o "La hora", de La pasajera, con su homónimo de Las lenguas... que, al plantear la fugacidad de la juventud, anticipa lo que vendrá.

El tema central y nota más lograda de este período poético es la inminencia de la muerte: "Ya son mis ojos grandes cementerios/ En los que el alma yergue su escultura/ Vagos jacintos tiñen las pupilas/ Que hora tras hora ven abrirse tumbas." ("Ahora", en Perdida). Lo complementa la nostalgia de la juventud irrecuperable, cuyo recuerdo amarga la vejez: "Para reír como el agua/ preciso es volver atrás,/ joven, mansa, enamorada,/ sin rezo ni soledad.// (…) Se me terminó el verano/ con su cenit y su sed.// Y en el hueco de la mano/ una manzana de hiel." ("Tiempo presente", en La pasajera).

Los dos prólogos serán útiles a los lectores que se acerquen a la vida y la obra de la poeta, pero también a los docentes que planifiquen su trabajo didáctico sobre la autora. El de Jorge Arbeleche enfoca una constante de la poesía de Ibarbourou: su rebeldía. El de Andrés Echevarría es a la vez panorámico y minucioso, abordando con detalle la relación vida/obra. Llama la atención una anécdota: María Eugenia Vaz Ferreira devolvió el ejemplar de Las lenguas de diamante que la autora le enviara, alegando que no leía indecencias, siendo que había tenido gran cercanía poética y personal con Julio Herrera y Reissig, mucho más "escabroso" que Juana (y mucho antes).

Son de lamentar unos pocos descuidos de transcripción en los textos, que no cambian su sentido pero sí la medida de algunos versos.

PERDIDA, LA PASAJERA Y OTRAS PÁGINAS, de Juana de Ibarbourou. Edición, selección y prólogos de Jorge Arbeleche y Andrés Echevarría. MRE / MEC / Biblioteca Nacional / Cámara de Representantes / CETP-UTU, 2011. Montevideo, 352 págs.

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