Carlos Ma. Domínguez
UN CICLO de conferencias dictadas por Umberto Eco en Estados Unidos dio origen a estos cuatro ensayos en los que el novelista y el semiólogo alternan miradas sobre su propia obra y diversos tópicos de la literatura: el género de la novela, la interpretación del texto, los personajes de ficción, las listas y enumeraciones literarias.
En el primer ensayo Eco recuerda de qué modo impensado se convirtió en novelista, cuando en 1978 una amiga que trabajaba para un editor y buscaba autores sin experiencia en la novela, le pidió un breve relato de detectives. Primero rechazó la idea, pero al llegar a su casa revisó viejos papeles donde había anotado nombres de monjes medievales, y comenzó a escribir El nombre de la rosa. Demoró dos años, beneficiado por sus investigaciones previas en el mundo del Medioevo.
Dice Eco que en cada una de sus novelas ha hecho largas investigaciones de campo, al extremo de insertar detalles históricos exactos, nombres de calles, artefactos y toda clase de pormenores que sostienen sus reconstrucciones de época y su percepción de la verosimilitud. La historia ha sido el telón de sus ficciones, también en El péndulo de Foucault, en La isla del día antes, en Baudolino, en su última novela, El cementerio de Praga, y enfatiza la importancia del estudio de los hechos reales para poner en movimiento su imaginación.
A partir de entonces argumenta sobre sus técnicas y estrategias narrativas, notoriamente vinculadas a las rutinas de un escritor que proviene de los ámbitos académicos. No es Eco un escritor salvaje ni afecto a la impremeditación. Se revela como un estudioso, inclinado a los juegos literarios y a construir sus reflexiones semiológicas con un carácter narrativo, que le hicieron notar los profesores desde el momento de su graduación.
Cuando se aparta del discurso sobre su propia obra, de la que transcribe varios fragmentos, Eco analiza las contradicciones de la abusiva separación entre escritura creativa y escritura científica, y en el apartado más interesante y polémico, la identidad y la vigencia de los personajes de ficción, capaces de conmover el espíritu -el arquetipo más frecuentado es el de Ana Karenina, de Tolstoi- desde su realidad puramente literaria.
Sus especulaciones son meticulosas y adjudican al autor y al lector la disposición a fingir que lo escrito es cierto, que debe ser tomado en serio. La afirmación es algo limitada, sus argumentos, laberínticos, y acaso muestran mejor su afición por las conjeturas de carácter lúdico, también un modo de entender el juego, que ha sido su puerta de entrada a la novela.
Un capítulo menos atractivo es el dedicado a las estrategias en la confección de listas e inventarios presentes en la literatura de Rabelais, Céline, Borges, o en sus propios libros, las que transcribe a modo de ejemplo, sin dejar de exhibir su debilidad y especial pasión por las enumeraciones. En conjunto, el libro acerca la mirada de Umberto Eco sobre Umberto Eco, y el esbozo de algunos problemas literarios, vistos desde una perspectiva semiológica.
CONFESIONES DE UN JOVEN NOVELISTA, de Umberto Eco, Lumen, 2011 Buenos Aires, 221 págs. Distribuye Random House Mondadori.