Juan de Marsilio
LA TRISTEZA -estado de ánimo que refleja lo negativo y mayoritario de la realidad- tiene larga tradición como tema y tono de la poesía lírica. De la tristeza se ocupan, cada cual a su modo, los últimos libros de Selva Casal y Álvaro Ojeda.
Selva Casal (Montevideo, 1930), hija del poeta Julio J. Casal, hace cosa suya el sufrimiento de cualquiera y de todos, e invita a esa dolorosa fraternidad, pues sin sentir el dolor ajeno se hacen imposibles la simpatía en el goce y la esperanza. Así es que puede escribir: "Porque hemos bebido la cicuta/ desaparecido en Hiroshima…", para concluir el poema diciendo: "mas las flores celestes viven siempre/ los cuerpos como pétalos carnosos/ afloran al pasto/ yertos estaban y ahora viven."
Pero la esperanza es, en la poesía de Casal, en este libro y en la vida, un bien escaso y tal vez ilusorio, acaso fruto y consuelo de la desesperación. Por eso Casal puede iniciar un poema diciendo que "Prendemos velas con la esperanza de ser auxiliados" y terminar admitiendo que "es difícil vivir en un reloj/ mientras la noche cae en el abismo."
La voz lírica de Casal asume su vejez, que la acerca a la muerte ("Nadie cae en la noche con más prisa que yo/ viste de siglos este esqueleto solo…") pero mantiene la escritura visceral, a la vez lúcida y alucinada que caracteriza su obra. Y esa fuerza se ve en la expresión de su dolor, parecido a las ruinas, pero también a los soles violentos, como ella misma escribe. Vive con ganas, ama con ganas, pero la tristeza le contamina la maravilla del mundo, sin que por ello deje de apreciarla y añorarla.
Ojeda es más sobrio. Lo que no le impide dar una visión desolada de las cosas: "la luz amarga de la alegría/ enjuaga esta tregua". La parte alegre del mundo -vivida o añorada- opera en este libro como subrayado de lo triste.
Factor fundamental de la tristeza, un dios -minúscula del poeta- que, de existir, habla poco y encima se contradice ("yo soy inconstante/ como los dioses paganos/ que yo inventé/hablo poco/definitivamente.").
El poeta enfrenta lo fúnebre, no sólo en el ritual, no sólo en el lamento por los muertos queridos y por la propia infancia: ver rodar y caer una moneda le recuerda su mortalidad (y la de todos). Si la vida sigue, si hay una niña que juega en el cementerio, lo que con ojos alegres se vería como un canto a la vida, se lee como temprana sentencia de muerte.
Ojeda es capaz de escribir la tristeza absoluta: "el sol no podría/ todo el sol/sus enormes tentáculos/ no podrían/ su corona encrespada/ su vergel corrosivo/ no podría/ no puede/ dar luz a ese hombre.". La vida es entonces jugar a sobrevivir, y en uno el recuerdo de los muertos queridos, aunque la alegría se vuelva algo así como "restos de edulcorante/ en un pocillo…".
El poeta no halla tampoco sentido en el disfrute del más acá: la invitación epicúrea a no temerle a la muerte, porque nada hay después, es "un epitafio leve como toda doctrina". Resuena aquello del Eclesiastés: felices los no nacidos.
Ojeda pinta un cuadro triste y bello de la vida, con la certeza de la muerte como fondo.
EN ESTE LUGAR MARAVILLOSO VIVE LA TRISTEZA, de Selva Casal, y ACEPTACIÓN DE LA TRISTEZA, de Álvaro Ojeda. Estuario editora, 2011. Montevideo, 60 y 96 págs. respectivamente. Distribuye Gussi.