A MEDIADOS del siglo dieciocho, George Berkeley, obispo de Cloyne, arguyó que para que algo exista, este algo debe ser percibido. Los detractores de su argumento (tildado injuriosamente de idealismo) acusaron a Berkeley de negar la existencia material del mundo; lectores menos recalcitrantes entendieron que lo que el buen obispo sugería era, no que el mundo no existiese fuera de nuestra percepción, sino que, cuando no podemos percibirlo, no podemos tampoco afirmar que lo conocemos. La percepción, según Berkeley, es necesaria para que algo adquiera existencia en la conciencia de quien lo percibe; es decir, para que algo pueda convertirse, emocional e intelectualmente, en el objeto de nuestro escrutinio, debemos primero percibirlo. La percepción crea el mundo que buscamos conocer.
EL ESCRITOR COMO CONSTRUCTOR. No sé si la obra de Berkeley forma parte de la biblioteca universal de Cees Nooteboom, pero quiero creer que Nooteboom ha aplicado los argumentos del obispo, inconscientemente quizá pero con gran éxito, al campo de la literatura. Para Nooteboom (para el escritor) el mundo se encuentra siempre, por así decirlo, en su primera alborada. El día y la noche, la tierra firme y el agua, las criaturas de carne y hueso y todas sus labores, comienzan cuando Nooteboom inicia su relato, en la primera página de su propia existencia. Nooteboom, a diferencia de los demás viajeros, crea él mismo, a partir de sus pasos iniciales, el paisaje que recorre, en el que todo sucede por vez primera. Como explica el narrador de En las montañas de los Países Bajos (una de sus obras maestras), hay mucho en común entre un escritor y un ingeniero, entre la construcción de la realidad con palabras y la edificación de la realidad con cemento y hierro -es decir, entre contar cuentos y erigir puentes.
Para Nooteboom, la literatura no es, ni debe ser, un espejo, "una suerte de imitación de la realidad, historias cotidianas como las que pueden escucharse en la taberna más cercana", dice uno de sus personajes. Tampoco es un catecismo, brindando preguntas oficiales para respuestas prefabricadas. Al contrario: las preguntas a las que incita la literatura deben surgir de callejones sin salida y de pozos sin fondo, deben desorientar y azorar al viajante, alejarlo de las vías de escape, devorarlo vivo y dejar en su rastro más preguntas. O, para usar términos menos brutales, la literatura es una conversación en la que autor y lector construyen juntos, capa tras capa, el mundo que habitan. Un poema de Nooteboom, "Escolástica" (del libro Así pudo ser: poesía selecta, traducción de Fernando García de la Banda) describe el proceso:
Ésta es la conversación más antigua de la tierra.
La retórica del agua
estalla sobre el dogma de piedra.
Pero en el final invisible
sólo el poeta sabe cómo acaba.
Moja su pluma en las rocas
y escribe en una mesa
de espuma.
Agua, piedra, espuma: no hay santuarios en el continente Nooteboom, y ninguno de sus textos es un coto vedado. Cada párrafo, cada página se resuelve en una selva de apartes, de historias siguientes, de posibles alternativas, de anotaciones inquietantes, citas salvajes.
EL PRONOMBRE YO. Como corresponde a la obra de un lector de Berkeley, la primera persona del singular rige la geografía de Nooteboom. "El pronombre yo es mejor porque es más directo", reza el epígrafe tomado del New Webster Encyclopedic Dictionary al inicio de El día de todas las ánimas. "Ésto, por supuesto, es lo que un escritor debe hacer", dice uno de los dos novelistas que protagonizan Una canción del ser y la apariencia: "volar como un águila por encima de los personajes que quiere seguir." Y luego, como una acusación: "Crees que el mundo comienza a existir sólo en el momento en que comienzas a escribir." Hay en esta irónica afirmación una sutil y conmovedora fe en la verdad de la literatura, que pocos escritores se permitirían.
Pocos, puesto que la mayor parte de los colegas de Nooteboom tienden a favorecer la crónica sarcástica o revisionista de la vida cotidiana, a menudo condimentada de un toque fantástico, o una ingenua declaración de propósito en la que el escritor despliega ante su público los instrumentos de su arte, como un mago divulgando sus secretos profesionales. Nooteboom rechaza tanto el reportaje textual (aún en sus notas de viaje) como también los artificios convencionales del realismo mágico. Si insistimos en buscarle un padre, lo hallaremos en Diderot, autor de Jacques el fatalista, Esto no es un cuento, El sobrino de Rameau y tantas otras ficciones. Como Diderot, Nooteboom cree en los poderes creativos absolutos de la literatura, en su habilidad para hacernos conscientes del mundo a través de su conversión en palabras. Y como Diderot, Nooteboom insiste en compartir estas tareas con el lector para dar sentido y emoción al texto.
El mundo como texto. Pero Nooteboom no es un filósofo, o, por lo menos, no piensa sistemáticamente. Sus reflexiones son casuales, distraídas por apartes fascinantes que tejen y destejen tramas con hilos de su prodigiosa memoria, que alguna vez comparó a "un oscuro infierno en el que aletean murciélagos." En Rituales la describió así: "La memoria es un perro que se acuesta donde quiere." La casualidad, la suerte, la coincidencia gobiernan su vida intelectual, mucho más que el estudio ordenado y la estructura teorética. Para Nooteboom, la experiencia del mundo es una de encuentros fortuitos, de frases halladas al azar en sus lecturas, de un retazo de conversación oída al cruzar la calle. Así proceden también sus personajes: Arthur Daane en El día de todas las ánimas inicia su historia con una palabra alemana que lo obsesiona, Geschichte, historia; Arnold Pessers en Mokusei! con un deseo, una foto "que hubiera querido tomar" y que se transforma en la novela que el lector está leyendo; el narrador de Perdido el Paraíso con la visión de una mujer en un avión, visión que acabará por abarcar dos océanos y dos continentes. De tales minúsculos comienzos hila Nooteboom la narración y su glosa, lo que transcurre en la página y lo que yace detrás, la historia tácita. Una antigua creencia rabínica asegura que el mundo creado es un texto inscrito en la Torá y anotado en el Talmud. Nooteboom también ve al mundo como texto que sus libros narran y comentan, profundizando nuestro entendimiento y diciéndonos qué es este lugar en el que nos encontramos.
Esto es cierto sobre todo en sus mejores novelas: En las montañas de los Países Bajos, Una canción del ser y la apariencia, Rituales, El día de todas las ánimas y, en particular, La historia siguiente. Un anciano y misantrópico profesor de lenguas muertas, Hermann Mussert, se despierta un día con la sensación de ya no existir y, como Ulises al final de sus viajes, decide partir una última vez para tal vez descubrir en esta aventura final su verdadera identidad. Mussert es un personaje nooteboomiano por excelencia ya que no sólo el mundo conocible se despliega ante sus pasos para nuestro entendimiento, sino que, simultáneamente, el tiempo fluye hacia atrás para que podamos examinarlo. En este doble despliegue, todos nosotros -protagonista, autor y lector- nos encontramos prisioneros en un círculo que crece hacia el infinito, siempre en busca de "la historia siguiente", esa que será contada después de la última página. No es casual que la otra ocupación de Mussert es la de autor de guías de viajes: todos los libros de Nooteboom son guías de viaje en la tradición iniciada por Dante. Los países que Nooteboom describe no existirían sin su presencia.
No hay género literario que escape a la curiosidad peregrina de Nooteboom. Novelista ejemplar, erudito cronista viajero, ensayista admirable, crítico de arte perceptivo y original, Nooteboom es, ante todo, poeta. Las casi 400 páginas que suman su obra poética comparten con su prosa la calidad talmúdica y el eclecticismo temático. Un poema ejemplar, "Autorretrato del otro", texto que acompaña pinturas del artista Max Neumann, explora la relación entre el mundo, el artista y el espectador o lector. Del artista, Nooteboom dice (y esto es válido también para el lector): "Se reconoce en lo que debe desaparecer, en lo que debe permanecer, en todo lo que ya existe." Ese "ya" se refiere al momento entre la página en blanco y la escritura de la primera letra.
Ese momento preñado de sentido, entre la posibilidad de creación y el intento, es esencial en la obra de Nooteboom. Declara los límites del arte del escritor y exige la complicidad de sus lectores. Un corto poema, "Correo", se dirige a esos cómplices y acaba así:
como pasa alguien una página
sin haberla leído,
todo escrito para nada.
Para nada o para algo: la responsabilidad de la posible epifanía es nuestra.
Cuando decimos que Nooteboom es un escritor universal, estamos hablando de la universalidad de sus lectores. Decimos que, más allá de convencionales definiciones y requerimientos burocráticos, todos compartimos la facultad de aprender el mundo por medio de imágenes y palabras. (Que elijamos o no hacer uso de esa facultad es otro asunto.) "La cultura es un código", dice el narrador de En las montañas de los Países Bajos, noción a la que Nooteboom, en un brillante ensayo sobre Bruegel (recogido en El enigma de la luz,) añade: "¿Cómo es posible que reconozcamos en una pintura una realidad que no existía en vida del artista?" Es decir: si a cada cultura corresponde un código diferente, ¿cómo puede un espectador o lector proveniente de una cierta cultura descifrar la historia narrada en otra? En la respuesta, como Nooteboom bien sabe, yace el misterio de su arte.
Nooteboom entiende que, al crear un complejo sistema de sonidos e imágenes, signos y significados, el artista permite que su creación exista según sus propias leyes, para establecer con el mundo (ese mundo que podemos ahora conocer gracias al artista) una relación de entendimiento mutuo, de mutua fuerza y consolación, a través del tiempo y del espacio. Nooteboom ilumina a Bruegel quien a su vez ilumina a Nooteboom, para iluminarnos a nosotros colocando preguntas en la punta de nuestra lengua, aún esas preguntas de las que no somos conscientes. Las palabras de Nooteboom nos brindan tales preguntas, alimentan nuestros sueños, incitan nuestro despertar, nos vuelven curiosos y avisados, y nos ayudan, al menos durante el tiempo de su lectura, a salvarnos de la marea de estupidez que diariamente nos amenaza.
Leer y escribir poesía
HE VIVIDO con la poesía toda mi vida y a estas alturas sé que esto no es en modo alguno fácil de explicar. Para la mayoría de las personas, la poesía apenas existe, o existe solo de manera ocasional. Solo raras veces sucede que una relación especial con la poesía domine la vida entera: no solo escribirla, sino también leerla. (...) A la mayoría de las personas les hace aborrecer la poesía la manera en que se les pone frente a ella en el colegio, donde resulta obligatoria, algo de lo que uno no puede librarse. Un lenguaje que se comporta de un modo distinto al habitual, que se torna extraño de repente. Las mismas palabras de siempre, pero como si vinieran de otra tierra. Se supone que todo el mundo tiene que conocer a los clásicos de su país, si bien son precisamente lo que se debería leer en último lugar, cuando la superficie técnica de los versos, la vetusta ortografía, la alienante gimnasia de los pies métricos ya no nos impidan el acceso a la emoción y por fin podamos penetrar con la mirada a través de un lenguaje solemne, o quizá de otro que se nos antoja de corto aliento. Este es el prodigioso instante en el que comprendemos que allí, al otro lado del muro del tiempo, hay alguien que nos habla.
En toda gran poesía, por moderna que sea, está contenida la herencia de los clásicos, de lo anterior, de lo que a lo largo de los siglos se ha preservado para nosotros. Si tenemos un poco de paciencia y estamos dispuestos a hacer un pequeño esfuerzo recibiremos esa herencia como regalo.
Por esta razón, tal vez lo mejor sea leer en dos direcciones: primero desde hoy hacia épocas más antiguas y solo después en sentido inverso. Entonces se pondrá de manifiesto que algunas cosas que a temprana edad (...) nos parecieron tan maravillosas, porque nos hablaban directamente, luego ya no nos causan ese efecto; pero en cambio descubriremos el valor de aquello que antes se presentó como inaccesible, oscuro, hermético. Si queremos decir algo verdaderamente desalentador, solo tenemos que explicar con Shelley que la poesía abarca all science [toda ciencia] y es algo to which all science must be referred [a lo que hay que remitir toda ciencia] y, además, aseverar que leer poesía es un oficio. (...) Es un oficio que se aprende leyendo poesía. Los poetas que leemos devienen maestros, a la par que nosotros mismos, y el proceso de aprendizaje dura toda una vida. En la casa de la poesía hay muchas moradas, infinitas, tan diferentes entre sí como lo son los poetas y las épocas, las sociedades y las tradiciones en las que aquellos han vivido. El lector entra y sale de esta casa; no quiere ni imaginar una vida sin poesía, vive en un permanente vaivén de voces y lenguajes, en una incesante conversación babilónica de hablas llameantes. Para el verdadero amante de la poesía siempre es Pentecostés.
(Tomado de Tumbas de poetas y pensadores).