Adulterios

Mercedes Estramil

MEMORIAS adúlteras y tal vez adulteradas (co-mo todas, por otra parte) son las que ventila con tanto desparpajo como romanticismo trasnochado este libro póstumo del cubano Guillermo Cabrera Infante (1929-2005). Cuerpos divinos se presenta como un inconcluso trabajo comenzado alrededor de 1962 y reelaborado una y otra vez. Presume de ser un híbrido entre novela y autobiografía, pero es más un sumergirse de Cabrera Infante en el diván erótico para confeccionar la lista de mujeres que pasaron por las camas de su juventud. Es decir, cuando aún estaba físicamente en La Habana, bajo el régimen de Fulgencio Batista, antes de la Revolución castrista y la dictadura que durante años apoyó para ser luego uno de sus opositores más firmes, antes de exiliarse y nacionalizarse británico, antes de ser uno de los grandes escritores "contrarrevolucionarios" de la isla, y antes de su segundo y definitivo matrimonio. Señalar esto último tiene su razón, porque justamente el personaje emergente por contraste en estas memorias es su primera esposa, Marta Calvo (en este libro "Mirta"), madre de sus dos hijas y ejemplar perfecto, a juzgar por el texto, de lo que vulgarmente se conoce como "cornuda".

Hay varios Cabrera Infante y no todos están en Cuerpos divinos. Aquel irreverente manipulador del lenguaje de Tres tristes tigres (1967) por ejemplo, no está. El anticastrista que sería más tarde asoma en forma parcial en los últimos pasajes cuando traza un perfil irascible y poco empático del héroe barbudo, y en el epílogo casi poético donde revela cuántos de sus utópicos amigos terminaron suicidándose. Pero la carga principal está puesta en la sumatoria de asuntos hormonales (muchas de estas historias sí fueron noveladas anteriormente), y si bien la narración es todo lo fluida que puede esperarse de un profesional que sabe jugar con las palabras, hay un clima de tedio que ni el paseo constante por la noche habanera consigue disimular. Lo que pudo haber de novela se rinde ante la gratificación autobiográfica. Sin contar las frases de rizo interminable, cancherismos verbales sin gracia y digresiones entre paréntesis cuyo itinerario hay que revisar con lupa.

El relato se ambienta en los finales de la dictadura batistiana y los albores de la Revolución, cuando Cabrera rondaba la treintena y publicaba crónicas de cine en la revista Carteles, con el seudónimo "G. Caín" (aunando las dos primeras letras de sus apellidos). Las "ninfas" que persigue y alguna vez obtiene, son en su mayoría adolescentes, y por más que su mirada sobre cuerpo y alma femeninos posa de celebratoria, hay un regusto misógino en sus valoraciones físicas hechas de lugares comunes y su constante autoubicación como macho latino, donjuan y semental que si no tiene más suerte es porque el destino no ayuda. La principal de las "ninfas" es una tal "Ella" de dieciséis años que con el tiempo y fuera del registro de este libro, se convertiría en su segunda esposa, la actriz Miriam Gómez (y en este retrato se esmera). Otra es la casi amante que le presta el título, cuando las tripas de él suenan demasiado y ella lo tranquiliza diciéndole que no son "cuerpos divinos".

Pero tal vez el fragmento más interesante por lo anecdótico es el extenso pasaje dedicado a Hemingway y centrado en uno de los tantos viajes que este realizó por mar buscando locaciones y al esquivo pez marlín, para comenzar de una vez la filmación de El viejo y el mar, film basado en su novela y que dirigiría en 1958 John Sturges. Ver al gran Hemingway con su estilo desfachatado y soberbio, orinando desde cubierta sobre el Caribe es ciertamente un episodio divertido. Sin dejarse deslumbrar, Cabrera dice por ahí "no quiero que nada en este libro se parezca a Hemingway". Y podría apostar que al mejor Hemingway no se parece.

CUERPOS DIVINOS, de Guillermo Cabrera Infante. Ed. Galaxia Gutenberg, 2010. Barcelona, 555 págs. Distribuye Random House Mondadori.

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