Supervivientes

Transfobia: el reflejo de la exclusión

Estiman que hay 3.000 trans en Uruguay. Es el colectivo más relegado: el 83% no termina el liceo, el 65% de las mujeres ejerce la prostitución, uno de cada cinco vive en la calle y de ocho asesinatos solo se aclararon dos. Eso sin contar la discriminación que viven permanentemente, y que algunos han logrado sortear.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Estiman que hay 3.000 trans en Uruguay.

La de Lara, como tantas otras historias, empieza con un cuento de amor. Ese de sus seis años en Tacuarembó, cuando todavía se llamaba Juan Andrés y sentía un afecto poderosísimo por un compañero del jardín del que la alejaron con prontitud por miedo a que "se contagiara de esa enfermedad". A partir de ahí comenzó una bola de discriminación y odio que no hizo sino aumentar hasta el punto en el que estamos hoy, con Lara a sus 30 años: un intento de violación a los 13, una violación consumada a los 26, dos tentativas de suicidio, el abandono del liceo y una doble vida por más de dos décadas. Solo los insultos, amenazas, y la necesidad de vestir como hombre a la hora de pedir un trabajo —para no terminar, como el 65% de sus pares, en la prostitución—, dan cuenta de una transformación para nada sencilla.

La violencia hacia los trans —término que engloba travestis, transexuales y transgéneros— no reconoce edad, género ni estratos. El 83% no pudo terminar el liceo. Hasta mayo de este año, 837 personas trans debieron acudir a la tarjeta de asistencia del Mides. Uno de cada cinco vive en situación de calle. Para algunos, incluso, la discriminación acaba en homicidio. En los últimos cuatro años asesinaron a ocho mujeres trans uruguayas y solo dos casos fueron resueltos por la Justicia. Es otra de las causas de muerte que se suman al suicidio (56%) y las enfermedades de transmisión sexual. De ahí que en América Latina su esperanza de vida no supere los 35 años.

"Nunca sentí que nací en un cuerpo equivocado, sentí que nací en una sociedad equivocada", dice Lara, hoy una mujer alta, de piernas largas, maquillaje sobrio y pelo lacio. Desde que su vida cambió por completo ha recibido de forma constante propuestas de prostitución, que ha venido rechazando tajantemente. "Esto habla de una doble moral", acusa con voz aguda, sin que la delicadeza de sus palabras deje de mostrar su indignación. "Varios jueces, policías y políticos se acuestan con trans, pero no tienen la valentía de sacar a esas personas de su cama y darles un puesto de trabajo".

Lara, una de las 3.000 trans que se estima que hay en el país, comenzó la transformación de su cuerpo estando ya empleada en el supermercado Disco. Ingresó como hombre pero esa situación no duró mucho, ya que a los pocos meses empezó a ir vestida de mujer. "Un compañero gay me contó que en las noches se travestía y me convenció", recuerda sobre sus primeros indicios de cambio. Desde entonces lleva el pelo largo y el uniforme de mujer. Solo un detalle daba cuenta de su pasado: el cartel con su nombre decía Juan Andrés.

Hasta la fecha, 447 personas solicitaron ante el Registro Civil el cambio de nombre y sexo, 35 de ellas en lo que va de 2015. Uruguay es uno de los tres países en América Latina donde es posible esta modificación, aunque a diferencia de Argentina se debe hacer un trámite judicial (con los costos que implica). Lo cierto es que "tenés que tener un papel para saber quién sos", dice Collette Richard, presidenta de la Unión Trans del Uruguay. Lara obtuvo su cédula nueva hace un año. Eligió ese nombre en homenaje a la modelo argentina Lara Bernasconi, quien representaba lo que ella deseaba ser.

"Vos no podés pretender que todo el mundo esté de acuerdo con tu cambio, pero es tu vida. Yo lo que exijo es que se respete el derecho que me otorgó el Estado", dice, y reconoce que en el supermercado sus compañeros, clientes y jefes apoyaron su decisión.

Ella siente que es una afortunada. Tiene trabajo, amigos —en su mayoría heterosexuales, aclara intentado derribar otro mito—, está en pareja con un chico de 22 años y cuenta con el respaldo de su familia. Es mucho decir. "La discriminación suele empezar en la propia familia", explica Gloria Álvez, quien con 71 años es toda una institución dentro del movimiento LGBT y preside la Asociación Trans del Uruguay, la otra ONG de este colectivo.

Tres de cada 10 hombres rechaza que haya una persona trans en su familia. La cifra aumenta en los varones mayores de 55 años, con primaria completa, ideología de derecha y cristianos, dice un informe de 2013 del Ministerio de Salud Pública.

En la familia de Lara son siete hermanos, y desde que ella tomó la decisión de realizarse el cambio de sexo hay cuatro mujeres y tres varones. Su padre es afrodescendiente y si bien ella no adquirió esos rasgos distintivos, sí su hermana. "En el jardín nos querían pegar a las dos y teníamos que trepar al pino durante los recreos", recuerda. La situación se agudizó cuando aquel chico por quien sentía atracción —y cuyos padres lo cambiaron de instituto— murió en un accidente de tránsito, supuestamente yendo a verla a su jardín. "Sentí que esa muerte era mi culpa. Fue de las peores situaciones hasta que llegó la violación".

Era un día de paro y había poco transporte. Lara tenía 26 años, un lustro viviendo ya en Montevideo, y se bajó del ómnibus en una parada equivocada. Optó por caminar. Estaba en la zona de Paso Molino, por donde pasa el puente. Tres hombres, cuenta, la rodearon y le pidieron el dinero. Uno de ellos dijo: "Qué lindo es el muchachito, vení con nosotros". Le tajearon la ropa y la llevaron detrás de unos árboles. Al rato, dolorida y en una crisis de llanto fue a la Policía, explicó lo sucedido y la respuesta del oficial fue: "¿Quién violó a quién?".

Ellos.

Para las mujeres trans la transformación es más compleja. Las hormonas que consumen —esas que Lara tuvo que ingerir para que le crecieran los senos, se le fuera la barba y adquiriera suavidad en la piel— son menos "poderosas" que la testosterona masculina. Y ante esa evidencia, la discriminación es más latente. Ellos, en cambio, pasan "desapercibidos".

—¿Está Jaime?

—Soy yo.

Silencio. Un instante de desconcierto, de esos que se producen cuando se derriba un prejuicio. Nada hace pensar que ese hombre fue, en algún momento, Lucía. Viste de corbata, lleva el pelo corto y engominado, bigotes y una barba prolija. Habla con vos grave y sus posturas son las típicas masculinas: apoya el talón de su pie izquierdo sobre la rodilla derecha, formando un ángulo de 90 grados con su pierna. No tiene busto ni curvas. Por esa manía de escarbar en el detalle, alguien podrá decir que tiene algún rasgo "delicado", como si todos los varones tuvieran la impronta de Tom Hanks luego de pasar varios días en la isla haciendo del náufrago. Jaime es un hombre con vagina.

Es el primer hombre trans en cambiar su nombre y sexo en forma legal, en 2011, luego de que le rechazaran la solicitud en primera instancia. Dice que le tocó "un juez muy homofóbico". Por entonces Jaime ya se había quitado los senos, "todo un logro" para quien detestaba esa parte de su cuerpo. La decisión del magistrado le significó un baldazo de agua fría y lo retrotrajo a una de las experiencias más traumáticas de su vida: haber sido despedido de un trabajo por "lesbiana".

Como los varones trans están en mejores condiciones que las mujeres, Jaime pudo terminar el liceo y estudiar dos tecnicaturas en ventas. Llegó a ser subjefe de urgencias en una mutualista. Cuando su patrón supo de su verdadero interés sexual, lo echó. De ahí que al siguiente trabajo Jaime ya fuera vestido como hombre. Y lo primero fue cortarse el pelo.

Así apareció en la entrevista laboral para vendedoras en el Automóvil Club del Uruguay. La psicóloga laboral que le realizó la prueba no salía de su asombro: en sus manos tenía el currículum vítae intachable de una tal Lucía Jakimczuk y delante suyo a un varón.

"Era tal mi necesidad de trabajar que le pedí una oportunidad para demostrar qué sabía hacer", dice. En pocos meses se convirtió en el "mejor" vendedor. Y hoy está en atención al público, cara a cara con los clientes, "un verdadero sueño cumplido".

Las estimaciones hablan de 100 hombres trans en Uruguay —los datos más precisos se conocerán el año que viene, cuando el Mides realice su censo. Son solo el 3% de las solicitudes de las tarjetas de asistencia del Mides que, por normativa, todo trans puede recibir por el solo hecho de serlo, previa declaración jurada.

Jaime no tuvo necesidad de apelar a esta ayuda. Pudo costear los US$ 2.500 que le implicó quitarse los senos con un cirujano particular. Incluso abonó los $ 10.000 necesarios para que no le quedaran cicatrices luego de extirparse los ovarios y el útero en la Médica Uruguaya, una peripecia que tuvo, a modo de resumen, la visita a 46 médicos (uno de ellos era la ginecóloga Milvana Salomone).

En Uruguay no hay ningún centro público que realice las operaciones de cambio de sexo. En 2013 cerró el programa especial del Hospital de Clínicas por "falta de presupuesto". Sí existe el tratamiento de hormonización gratuito que funciona en el hospital Saint Bois.

Lara recibe esta atención pública. El tratamiento, de todos modos, le parece insignificante si lo compara con los cambios que ya atravesó su organismo. "El día que entré al liceo, mis compañeros me miraban como mujer. La profesora fue a pasar la lista y yo deseaba que no dijera mi verdadero nombre. Cuando mencionó Juan Andrés, levanté la mano y pasé de ser la chica linda al puto de la clase", cuenta con pesar. Para cortar con los insultos optó por aparentar lo más "masculina" posible: dejó de comer para perder las curvas naturales e intentó, en todo momento, fingir un personaje.

Aun así, la relación con sus pares hombres era difícil. "Cuando tenía 13 años, iba por el campo camino a casa (en el interior) y tres compañeros me quisieron violar", repasa otro de los tragos más amargos. Pero la intención no prosperó luego de que uno de ellos se arrepintiera. "Ese chico hoy es gay, me lo cruzo en la movida de boliches".

Doctor.

El viernes 17 de julio hubo una marcha en reclamo de justicia por el asesinato de Samantha Rivas, la última de las mujeres trans asesinadas. La manifestación comenzó en la plaza Libertad y terminó frente al Ministerio del Interior, donde fueron recibidos por un vallado. "Los que tenemos miedo somos nosotros", indica Lara. Más de una manifestante pidió para conversar con las autoridades y no hubo recibo. Sin embargo, los policías permitieron el paso de un hombre "de bien": blanco, prolijo, con corbata y maletín. Era Jaime, que acababa de salir de su trabajo. Un canal de televisión lo entrevistó y, por eso de los prejuicios, escribió en el zócalo: "El abogado de las trans".

"No puede ser que venga un hombre de corbata y le abran las puertas cuando al resto no", plantea Jaime. "Mi identidad no me trajo tantos problemas como a las mujeres trans, pero comprobé que la discriminación, a veces, nace de las personas más formadas".

Cada vez que Jaime fue a un médico notó el desconcierto de los profesionales. "Un consultante de psiquiatría me trató horrible y, cuando salí de la consulta me pidió disculpas. Su justificación: Es la primera vez que veo un caso así, solo una vez vino un loquito que quería ponerse una vagina".

Buena parte de la población trans acude a los servicios de Salud Pública. El 65% de las mujeres son trabajadoras sexuales y, de ellas, dos de cada tres dice trabajar en la informalidad, según datos del MSP. La Red Nacional de Trabajo Sexual tiene registrados desde 2004 a la fecha, a 12.119 trabajadores legales. De ese total, 796 son trans.

Los números no quedan ahí. La mitad no tiene libreta de visita médica para ejercer la prostitución, lo que preocupa a las autoridades sanitarias. Sobre todo, cuando dos de cada 10 trabajadoras sexuales trans declara tener VIH positivo. A nivel país la tasa de infectados no supera el 1%.

"Está habiendo un cambio", manifiesta Gloria, quien ejerció la prostitución y, como la describe la periodista Victoria Varela en su libro Yo soy trans, tiene la impronta de "una estrella porno en decadencia". En la ONG que ella preside, entregan preservativos y estiman que "está bajando el contagio".

Lara no contó por mucho tiempo la violación que sufrió a los 26 años. "Temía tener VIH y que se sumara otro ingrediente para ser discriminada", cuenta. Ni bien el examen le dio negativo se animó a contarle su peripecia a los más íntimos.

"El gay tiene miedo de agarrarse sida y el heterosexual de dejar embarazada a la chica… es terrible". Lara respira profundo y mira un vaso medio lleno en busca de las palabras. "Reitero, las chicas trans están rodeadas de gente de poder. Por noche pueden cobrar desde $ 1.000 a $ 8.000, ¿quién paga eso?".

Para el 79% de los uruguayos encuestados por la consultora Equipos Mori, en 2013, los trans "solo pueden" desempeñarse como trabajadores sexuales. En un informe que emitió Subrayado el jueves 13 de agosto, se da cuenta de que buena parte de esta población, a su vez, tiene como último recurso salir a la calle y sus condiciones de vivienda son "muy precarias".

Colorín.

La historia de amor, como comenzó el relato de Lara, no tiene el mejor de los finales. Pasaron 24 años de esa atracción entre dos niños del interior y, sin embargo, la ola de discriminación no hizo más que aumentar. De las denuncias que ha recibido la Institución Nacional de Derechos Humanos, el 19,2% son por discriminación por orientación sexual o identidad de género —dos términos que se confunden pero no son sinónimos.

Por ahora Lara cuenta su historia sin tabúes. "Dios me ha encomendado esa misión", siente. Jaime sigue una línea similar; no habla de compromisos divinos pero sí de no callar.

"Es una vida muy difícil", dice al término de su jornada laboral en el Automóvil Club. "El suicidio está a la vuelta de la esquina, la semana pasada se mató una amiga... yo lo intenté a los 17", revela. Así terminan más de la mitad de los cuentos —verídicos, nada de ficción— de las personas trans. Al resto le queda una lucha cuesta arriba y un dedo que los señala hasta el último aliento: "Muchos piensan que maté a Juan Andrés y di lugar a Lara", concluye. "Detrás de un rostro que se ve distinto, está la misma persona".

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