VILLA SORIANO BUSCA SALVARSE

El primer pueblo pide ayuda

La villa donde empezó nuestra historia sobrevive con 1.000 habitantes que se dedican a la caza, a la pesca y a la agricultura. Para evitar la emigración, el pueblo sueña con desarrollar el turismo. Tabaré Vázquez, uno de sus visitantes ilustres, intervino, pero no fue suficiente.

Walkiria, es la dueña de uno de los boliches de Villa Soriano. Foto: Darwin Borrelli
Carlos Zimmermann, pescador y amigo del Presidente Vázquez. Foto: Darwin Borrelli
Galarza. La casa más antigua está en ruinas. Durante años la Junta intentó restaurarla, pero nunca consiguió el dinero. Foto: D. Borrelli.
Nina. En la Villa ella es Antel: la oficina está en su casa desde hace 29 años y antes estuvo en lo de su tía. Foto: D. Borrelli.
Rodríguez. Pescó durante 50 años y jugó al fútbol para el cuadro local Cabildo y para Wanderers de Paysandú. Foto: D. Borrelli.
En la villa se filmaron películas y comerciales. Foto: D. Borrelli.
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MARIÁNGEL SOLOMITA18 jun 2017

Son dos los autos en los que vamos por la Ruta 96 a Villa Soriano, el poblado donde empezó la historia en este país, y son dos los que parten de él hacia Dolores, la ciudad más cercana, donde todo lo que falta en la villa se encuentra multiplicado: población, estudio, trabajo, comercio. Para ir a Villa Soriano hay que estar decidido, porque no queda de camino a ningún lugar. Aunque este pueblo de 1.000 habitantes tenga la esperanza puesta en el turismo, nada a lo largo de más de 20 kilómetros indica que estamos rumbo a la primera población del Uruguay. Otra vez la desidia burocrática desaprovechando el pasado.

Un caballo desatado y un grupo de terneros solitarios parecen sugerir que estamos cerca, pero por un rato solo habrá más pasto y otro caballo, más pasto y otros terneros. Mientras dura la espera, el consuelo es repetirse que en estos montes que lucen idénticos, aburridos, ajenos, hubo indígenas, esclavos, jesuitas, y que alguna vez por acá cabalgó José Artigas cuando contrabandeaba ganado; un Artigas ansioso por llegar al hogar con su primera mujer, Isabel Velázquez, y los cinco hijos que tuvieron aquí.

A veces la historia encuentra un refugio en donde esconderse. En este rincón del país el tiempo se detuvo en un muelle sobre el río Negro, que ocho kilómetros después se cruza con el Uruguay, donde hay una isla llamada Lobo y otra Vizcaíno, todas ellas rodeadas de montes llenos de mitos y leyendas, escenarios naturales para una película de terror. Ahí fue que en 1662 la orden religiosa de los domínicos fundó Santo Domingo de Soriano, una reducción de indios chanás. Al principio eran 425 personas.

En estas islas Hernandarias introdujo ganado por primera vez y allí llegaron, durante dos siglos, barcos con carbón y españoles inmigrantes en busca de una vida nueva. Ahora, en las mismas islas, va a pescar Tabaré Vázquez. Villa Soriano es un pueblo más viejo que Colonia del Sacramento y que Montevideo, pero casi nadie llega a visitarlo el Día del Patrimonio porque no se promociona. Es un tesoro que sigue escondido.

Las huellas de esa antigüedad empiezan a surgir apenas la ruta se convierte en una calle con asfalto de conchillas, una especie de piedra que se extrae de unos médanos que sobreviven de cuando esto era un mar: esto que ahora está a 400 kilómetros del agua salada. El tiempo en la villa no anda con vueltas, es incuestionable y se muestra en las fachadas de las casas, pequeñas, despintadas, rotas, con más de 100 y 200 años a cuestas. Varias de ellas están abandonadas desde hace tanto que fueron tomadas por plantas y arbustos, dejando una imagen fantástica y triste, como el resto de la villa.

Otras tres cuadras y llegamos a la plaza, silenciosa, arbolada, otoñal, en obras porque la Intendencia de Soriano mandó cambiar las baldosas que rodean a la iglesia que el 4 de abril de 1811 fue atacada por Michelena, en respuesta a las primeras acciones revolucionarias en contra de la corona española, porque aquí al lado sucedió el Grito de Asencio.

—Nosotros fuimos el primer lugar bombardeado por los españoles. Acá es cosa de todos los años andar encontrando balas de cañón o piezas indígenas debajo de la tierra— dice con orgullo Carlos Zimmermann, villero, antiguo pescador y cazador, dueño de seis cabañas que se alquilan en el muelle.

Villa Soriano se vació dos veces. La primera fue durante el Éxodo Oriental y la segunda en la crisis económica del 2002: quedaron solo niños y viejos. Por esa época la antropóloga Isabel Barreto Messano comenzó a frecuentarla para realizar una investigación biodemográfica. Concluyó que el 31% de la población tiene linaje indígena, pero antes de irse dejó un diagnóstico que angustió a los ancianos, porque les dijo que a pesar de su valor histórico, si sus pobladores no provocaban un cambio para buscar otra fuente laboral y así dejar de expulsar a los jóvenes, el pueblo se iba a acabar.

Y se consiguieron, los villeros, otro héroe que los salvara.

—Acá el que impulsó el pueblo fue Tabaré Vázquez porque empezó a venir a pescar a las islas y se encariñó. Él es cliente mío desde hace 15 años. Me dice que si hay algún problema lo llame, pero la verdad es que no lo encuentro nunca. Yo lo llamo y el secretario ya me reconoce la voz —dice Zimmermann.

Esperando el milagro.

Los vecinos de la villa aseguran que fue el presidente el que trajo los faroles italianos para el muelle, el que arregló la Ruta 96, el que propició que se pusiera una estación de servicio para proveer de combustible a las embarcaciones, el que estuvo detrás de que se instalara la primera estación fluvial del país para retener a los botes de turistas en la villa, el que insistió para que se remodelara un viejo hospedaje y se convirtiera en cafetería, el que abrió el museo Maeso.

Dicen los villeros que fue Vázquez quien logró que volvieran servicios que se habían perdido, como un médico para la policlínica, una ambulancia con servicio permanente o el Correo (que también funciona como un centro de atención ciudadana). Que abrió un CAIF e hizo que la escuela fuera de tiempo completo, aunque todavía no se consiguió concretar los talleres que la hagan ser tal.

Adriana Estévez, la única pistera que atiende la estación de servicio, cuenta:

—A Tabaré se lo ve siempre por acá. Lo que pasa es que lo cuidamos tanto, que lo ocultamos nosotros.

Adriana tiene 31 años y es de las pocas personas en edad activa que tiene trabajo en la zona urbana. Estos hijos de Artigas que van quedando sobreviven pescando o cazando, o haciendo changas como peones en las estancias que aún los contratan, porque la siembra de trigo y soja desplazó a la ganadería y las máquinas son más competitivas que la mano del hombre. Los pobladores más afortunados son unos 30 que trabajan en el municipio, en la Policía, en la escuela, en la UTU o en los dos museos que hay.

Pero los favores del presidente no pueden frenar la emigración constante de jóvenes que se van a Dolores, a Mercedes o a Montevideo para estudiar porque no hay cupos en la villa, o a trabajar.

Así, todo lo que todavía falta en la villa se multiplica. Y es donde el que no se abruma, se queda.

—Nosotros lo que tenemos para ofrecer es la tranquilidad. Pero de la tranquilidad no se come, ¿o sí? —dice Adriana.

El turismo que desde hace una década ofrece la villa es discreto. Atrae a algunos argentinos de clase media, a algunos uruguayos de la tercera edad y a algunos europeos aventureros. Es de ese turismo que no llega para cambiar a un pueblo, que parece regido por un pacto de "se mira pero no se toca".

Los vecinos se organizaron en una comisión; la Oficina de Planeamiento y Presupuesto de Presidencia, el Ministerio de Turismo y la Intendencia de Soriano dictaron talleres y los villeros aprendieron a hablar como guías turísticos. Pero el pasado no siempre alcanza para construir el futuro, y aunque aparecen caras nuevas en el pueblo, aún no son suficientes para desarrollar comercios ni justificar inversiones como abrir un restaurante: el único que había está a la venta.

Como todos quieren tirar para arriba, cada vez que llegan turistas un vecino le avisa al otro y van a esperarlos al muelle con artesanías y manjares caseros. Hace 15 días, para ayudar al turismo local, Nina Andino armó en el living de su casa una exposición con los más de 1.000 frascos de perfume que colecciona. También tiene carpetas con fotos de cada rincón de la villa y de antiguos pobladores.

—Esto es Macondo. Yo digo que la magia la lleva uno y la saca a pasear acá cuando se imagina cosas, porque este es un pueblo que te posibilita la imaginación —dice Juan Estévez, motoquero, periodista y escritor, que digirió durante cinco años la única radio que tuvo la villa.

Conoció Villa Soriano en 1983, el día en que se ennovió con la madre de sus hijos. Hace una década, cuando un puñado de construcciones le inyectaron una dosis de vitalidad al poblado, compró un terreno por US$ 1.000 y se hizo una casa. Fue adquiriendo más predios y los vendió. Al menos 13 de los nuevos pobladores los trajo él. Ahora que la villa es un poquito más popular, la tierra subió de precio y una manzana cuesta US$ 12.000.

—La gente le es fiel al pueblo pero lo cierto es que se vive de changas: acá la gente está especializada en sobrevivir. Cada uno está dentro de su casa, haciendo la suya, pero cuando hay que unirse para reclamar, lo hacemos. Hemos ido en delegación a la capital a hablar a los ministerios para pedir mejoras y trabajo.

Estévez quiere hacer un parador, una playa y un camping, pero dice que la burocracia los frena porque las reuniones con autoridades se hacen, pero no se consigue nada.

De otro mundo.

En Villa Soriano todos se sienten parientes de Artigas pero no le pusieron su nombre a ninguna calle. Donde se cree que fue su casa, queda un hueco. En ese solar, hace tres años, Estévez mandó colocar una escultura que muestra al caudillo con su hijo Juan Manuel señalando hacia Montevideo, es decir, refiriéndose a la vida que le esperaría afuera del poblado.

Un adolescente de apellido Acuña, identificado por sus vecinos como el descendiente más chico de la prole del prócer, fue la estrella de la inauguración. Se cree que es un pariente lejano de la única hija de Artigas que sobrevivió en la villa y que fue enterrada en el cementerio sobre el que luego se edificó la plaza.

Todo en este pueblo se narra como si fuera un continuo flashback. El relato oral es la única manera de conservar vivos los recuerdos, porque mientras pasa el tiempo y los recursos para restaurarlos no llegan, se caen a pedazos.

—Han venido las personas de Patrimonio desde Montevideo pero dicen que no tienen dinero para ayudarnos y la verdad es que lo necesitamos, por ejemplo para la iglesia, que está perdiendo revoques de todos lados y tiene muchísima humedad —dice Javier Ruiz, el secretario de la Junta Departamental.

En el patio del museo Marfetán todavía está el falso aljibe que era la entrada a un túnel que comunicaba la casa con la iglesia (para que la familia huyera en caso de ataque) pero, en algún momento que nadie recuerda, fue tapiado. De la residencia del general Galarza solo quedan escombros en peligro de derrumbe.

Lo que sí permanece de esta familia sanguinaria son los gritos que según los villeros aún se escuchan cuando se pasa por algunas de las dos estancias que tenían en la zona rural, donde encontraron calabozos llenos de grilletes. Y un violín para orinar, que una sobrina lejana le donó a Nina, la coleccionista, que lo muestra orgullosa mientras cuenta que está celebrando su 29° aniversario como la única funcionaria de Antel.

La oficina del ente está su casa. Aunque podría, Nina no quiere jubilarse por temor a que cancelen el servicio de forma definitiva, como pasó con OSE y UTE. Y con los cuatro cuadros de fútbol que tuvo la villa. Y con la farmacia. Y con el Juzgado de Paz. Y con el diácono de la iglesia, que se jubiló hace tres años y la dejó huérfana. Ahora, en Villa Soriano, si alguien quiere casarse también debe ir a Dolores.

A media cuadra de la plaza, detrás de la iglesia, vive Nair Kunze.

—Fui la jueza durante 25 años. Aprendí a esperar a ver qué había adentro del cuerpo de cada persona antes de juzgarla. En pueblos como este, un juez tiene que hacer cosas que no tienen que ver con las leyes, que son su función de buen vecino. Esa función social ya no existe. Por su gente el pueblo siempre va a estar bien, pero cada día pierde mucho.

Los del río.

La villa tiene pobreza pero no miseria. Vivir puede ser muy barato. Los alquileres cuestan unos $ 6.000 y no hacen falta garantías. Hay un solo supermercado y una decena de almacenes que fían y venden los víveres fraccionados para abaratar los precios. Si a alguien no le alcanza para pagar la luz, rifa cualquier cosa que tenga en su casa.

Hay un par de carnicerías, pero muchos todavía cazan. Zimmermann, el amigo del presidente, pasó su juventud internado en las islas matando lobos y nutrias para vender sus pieles. Hoy se caza ciervo, carpincho, liebre, chancho y jabalí. Y se hace todo el año, por más que esté prohibido. Las autoridades no se meten porque saben que es por necesidad.

—El kilo de carne te cuesta $ 120 y una bala para el rifle te sale $ 8 y te da unos 20 kilos, ¿qué sirve más? A la carne la van conservando en un freezer que ni electricidad tiene. Lo que hacen los cazadores es sacar barras de hielo de la cámara de los pescadores y las colocan adentro para enfriar —cuenta Lucas Mariño, un fotógrafo de 23 años que creció pescando en el río con su padre, su tío y su abuelo.

Aprendió a sacar fotos con el cineasta Andrés Boero Madrid, que unos años atrás llegó para quedarse. Transformó su casa en una residencia para artistas llamada Vatelón y por allí pasó gente de Brasil, Argentina, Estados Unidos, México, Francia y Japón. Sobre la villa publicó dos libros: Brazo de monte, que reúne las fotografías que le tomó a lo largo de un año al "Negro" Ayala, un leñador que vive aislado en el monte; y en Hum recopiló las fotos que los habitantes conservaban de sus antepasados.

—Acá la forma de vivir es otra porque es otra la forma de ver el mundo. La relación con la supervivencia es muy grande. Yo digo que esta gente es el río.

Los pescadores son todavía más pobres que los peones. Para comprar embarcaciones y herramientas aceptan préstamos que algunas financieras vienen a ofrecer al pueblo. Cuentan que les dan $ 60.000 y sin explicarles les cobran $ 110.000. Viven endeudados y salen a pescar con desesperación.

Rosendo Rodríguez, un pescador jubilado que jura haber sacado 2.000 kilos de sábalo en un solo día, explica que el gremio del pescado en Villa Soriano es complicado porque todos desconfían de todos, por eso cada intento de agruparse fracasa. En la villa es mejor andar solo hasta que sea necesario juntarse.

—El río es la ley del más fuerte— dice.

Personajes y mitos que hacen única a una villa colonial

Un camión que no podía doblar a la izquierda; un comunista que aprendió a leer dibujando la tierra; un joven obeso que cada noche caminaba por el muelle esperando el regreso de un padre que jamás volvió; la amante de un comisario que se suicidó arrojándose al río Negro; una orquesta invisible que se arma en las noches, cuando en cada casa se toca un instrumento distinto; un leñador que no sale del bosque; un pescador que ahora mismo está sentado esperando que baje la creciente del río, solo, entre una fogata y el agua; un arroyo en el que se escuchan el llanto de una niña que hace 70 años fue asesinada junto a su familia; un estanciero famoso que torturaba prisioneros; aljibes que son túneles; una iglesia cubierta de humedad y que exhibe una bala de cañón que quedó incrustada en su fachada. Dentro, hay un Cristo con pelo natural.

En la villa se filmaron películas y comerciales, y su pueblo protagonizó el documental Desde las aguas (Pablo Martínez Pessi, 2009).

Madres jóvenes. En la villa hay mucho embarazo adolescente. Foto: D. Borrelli.

Si alguien se recibe, se festeja.

Cuando Valentina Rodríguez se recibió de maestra decenas de vecinos la esperaron en la entrada del pueblo con carteles. La disfrazaron e hicieron una caravana en moto, en bicicleta y a caballo hasta la plaza. "Acá casi todos abandonan los estudios, entonces cuando hay un logro así, festejamos", cuenta. Valentina enseña en una escuela de Mercedes y es adscripta en la UTU de Villa Soriano. Además lleva adelante la banda Show Marchante (que llegó a reunir a 100 jóvenes) y la orquesta tropical Kachaka. Es de los pocos jóvenes que no piensa en irse, a pesar de los problemas con los que tiene que lidiar, por ejemplo en la UTU. En la villa se puede hacer Ciclo Básico, pero la posibilidad de cursar Bachillerato depende de que se logre un mínimo de 10 inscripciones y, como la mayoría de los adolescentes comienzan a hacer changas desde chicos, es un número que pocas veces se alcanza. "La directora reclamó hasta el cansancio que esto no puede seguir así, pero no hay caso. Este año se puso firme y logró que segundo año se hiciera con siete alumnos, porque en su mayoría son chicas con hijos que vienen con los bebés a clases y en esas condiciones no pueden viajar hasta el liceo de Dolores", explica. También se extraña el taller de carpintería, que era un éxito. Como suele suceder en este pueblo, el profesor que había se jubiló y nunca más fue reemplazado. Lo que sí se logró desde hace un par de años es que la Intendencia cubra el costo del servicio de ómnibus que traslada a los que no tienen otra opción que irse a estudiar a Dolores.

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