LUZ EN EL SUBSUELO

Tras la huella del temblor

El Observatorio Geofísico funciona sin presupuesto y con personal reclutado de la Facultad de Ciencias, pero su trabajo analizando la actividad sísmica también se relaciona con un mayor y mejor estudio de los recursos minerales. No solo habría petróleo, también fósforo y diamantes.

Equipo: el Observatorio Geofísico funciona en un edificio de Dinamige. Foto: F. Ponzetto
Equipo: el Observatorio Geofísico funciona en un edificio de Dinamige. Foto: F. Ponzetto

En la madrugada del 26 de junio de 1988, cuando ocurrió el tercer sismo de importancia que la prensa registró en Uruguay, algunos pobladores de Montevideo y de Maldonado creyeron que estaban alucinando. Vieron sus camas moviéndose, las puertas temblando como si alguien las estuviera pateando y las lámparas sacudiéndose de un lado al otro. Hubo una mujer que corrió por su apartamento pidiendo ayuda a los gritos porque pensó que no tenía control sobre su cuerpo. Hubo un hombre con los pies descalzos sobre la tierra de su patio que sintió el suelo balancearse. Hubo un parroquiano en un bar que miró la botella de whisky y pensó: "Esto ya me hizo efecto". Una chilena fue la única que supo que el temblor era una actividad sísmica y no un misterio y, en ese momento, le contó a un periodista de El País que mientras sostenía el televisor con una mano para evitar su caída, con la otra llamaba a su familia para saber si estaba ocurriendo un terremoto en Chile.

Ese sismo, centralizado en la cuenca de Punta del Este, tuvo una magnitud de 5,2 en la escala de Richter. En este mismo lugar ya había ocurrido otro la tarde del 9 de agosto de 1848, que tuvo réplicas durante más de un mes y los temblores fueron tan fuertes se sintieron hasta en Buenos Aires. El 14 de enero de 1884, a las 07:30 de una mañana soleada, varias personas se ahogaron en Montevideo debido a un tsunami que durante 15 minutos inundó parte de la ciudad. Cuatro años después, un 5 de junio a la medianoche, Colonia se llenó de pánico con otro temblor que hizo volar los adornos de las repisas: fue un sismo de 5,5 de magnitud. Como consecuencia hubo un tsunami, y un barco que iba hacia Buenos Aires quedó varado en medio de su trayecto. El capitán del Saturno les contó a los diarios que había sentido el agua retirarse y la nave tocaba el fondo del río.

Hubo otros temblores en 1894, 1907, 1920 y 1948, pero sus epicentros no fueron en Uruguay. La noche del 10 de enero de 1990, dos años después del sismo que hizo alucinar a los pobladores de Maldonado y Montevideo, otro temblor se sintió en Durazno. Pero a éste casi nadie lo recuerda, porque cuando se trata de terremotos o de tsunamis la memoria nacional es selectiva. Si en otros países estos estampidos de la naturaleza son una pesadilla, imaginar que podrían suceder en el nuestro suele causar carcajadas.

Así reaccionó el público cuando, en 2014, Hernán Castro, un estudiante de geofísica que no llega a los 30 años, expuso un análisis de la sismicidad histórica de Uruguay y concluyó que había que "mantener los ojos abiertos" ya que si un evento como el de 1848, 1888 o 1988 volvía a suceder, los daños podrían ser severos. La audiencia escuchó la advertencia y no se aguantó la risa.

—Fue como si estuviera loco. Acá la gente cree que no hay sismos y que lo que queremos hacer es tirar la plata a la basura —dice Castro.

Contagiada por el entorno, Leda Sánchez también se rió. Sánchez es la geóloga que un mes antes de esa ponencia lo había reclutado para conformar el primer Observatorio Geofísico que existe en Uruguay desde 2010, y cuyo principal objetivo es estudiar los temblores que ocurren en el subsuelo para descifrar qué tipo de sismicidad tenemos. A Sánchez le impactaron los 316.000 muertos durante el terremoto de Haití del 12 de enero de 2010, sus 350.000 heridos y el millón y medio de damnificados. Pensó: si no existe un solo lugar en el mundo que no tenga actividad sísmica, ¿por qué creemos que la posibilidad de un sismo en Uruguay es una ilusión o un chiste?

"Me acordé de las palabras de un profesor que nos dijo que si llegaba a repetirse un terremoto como el de 1848, al no tener un sistema de alerta temprana, íbamos a estar en el horno. Pero para poder saber si hay sismicidad hay que tener equipamiento y para tener equipamiento hay que pelearla", dice para justificar la tarea que comenzó sola, hasta que en 2013 consiguió que la Universidad de San Pablo instalara un sismómetro en nuestro territorio como parte de un estudio de la corteza de su región sur. Hasta ese momento éramos el único país de América del Sur que no tenía monitoreo de ningún tipo. Del suelo para abajo siempre habíamos estado un poco ciegos.

Los ojos del futuro.

El Observatorio Geofísico surgió en la Facultad de Ciencias pero hace algunos meses se mudó a un edificio de la Dirección Nacional de Minería y Geología (Dinamige), una división del Ministerio de Industria, Energía y Minería con más de 100 años de vida y que es su principal aliado en el préstamo de equipamientos.

Ahora mismo, cinco veinteañeros y tres investigadores que fueron profesores unos de los otros analizan un monitor que muestra la conexión de las estaciones midiendo la sismicidad. Dice el ingeniero Enrique Latorres que esos son los chicos que "van a cambiar la geología del Uruguay", porque van a utilizar "métodos y herramientas que no se utilizaron nunca y van a permitir una precisión y una rigurosidad que no se habían tenido jamás".

Hernán Castro, Fiorella Arduin, Anahí Curbelo, Esteban Abelenda y Martín Rodríguez serán, además, "los pioneros en el conocimiento de la sismicidad nacional". Por lo pronto ya pueden asegurar que cada año hay alrededor de 10 sismos, es decir, terremotos de baja magnitud que generan más sustos que daños estructurales. En el mundo, predecir un sismo aún es imposible, pero tomando medidas a lo largo del tiempo "se puede saber qué grado de sismicidad existe y por qué causas, con qué frecuencia y tener una expectativa de que sucedan ciertos fenómenos de determinada magnitud", dice Néstor Campal, director de Dinamige.

Para llegar a la Sismología hay que estudiar Geología, que es una materia obligatoria de la carrera. O hay que estudiar Geofísica, que es una materia optativa pero una herramienta fundamental para la detección de los recursos del subsuelo. Como los interesados en estos campos de estudios son pocos, la forma de reclutamiento que aplicó este observatorio fue el boca a boca: "Un estudiante escucha el rumor de que hay otro interesado y le cuenta a Leda, que lo busca e intenta convencerlo", cuenta Martín Rodríguez.

Así se fue armando este grupo, que trabaja con ambición pero sin presupuesto. Aunque el Observatorio Geofísico ha ido ganando popularidad desde que en marzo de 2016 un temblor en el Cerro encendió la alerta, y luego otro en noviembre en Toledo la mantuvo, y luego otro en setiembre de este año en Carmelo la renovó, Campal dice que formalmente "este proyecto todavía no existe": no tiene recursos, no tiene personal, no tiene cargos.

Una explicación de esta condición administrativa sería que no tenemos, como Chile o Perú, una historia sísmica de gravedad, ya que nuestra corteza es estable y no estamos ubicados sobre el "Cinturón de fuego del Pacífico": la zona del mundo más expuesta a terremotos y volcanes. ¿Cuántos uruguayos se preocupan entonces por los efectos de un terremoto en sus viviendas? Y otra es la propia particularidad de Uruguay en el continente, que basó su economía en la industria agropecuaria y no en la explotación de sus recursos minerales, como casi todos sus vecinos.

Una consecuencia de esto es que la carrera de Geología es una de las más tardías, creada recién en 1978, mientras que en Brasil existe desde 1850 y en Argentina desde 1700. Como resultado, "geólogos somos 100, geofísicos hay uno y sismólogos hay cero", dice Campal. Por eso, cuando Leda Sánchez empezó a buscar aliados para conformar un equipo, lo primero que hizo fue traer a un experto en sismología mexicano para que formara a los cinco estudiantes que había reunido. Luego, a través de becas y asumiendo los costos de los pasajes de estos alumnos, los envió a realizar cursos al exterior.

Dice Campal que a pesar de funcionar en "un caos de colaboraciones entre distintas instituciones", este observatorio avanza "a gran velocidad". Avanza con la dedicación de sus investigadores, un monitor que pagó Sánchez, una impresora rescatada de la basura de otro laboratorio, tres sismógrafos prestados por la Universidad de San Pablo, uno financiado por el Programa de Desarrollo de las Ciencias Básicas (Pedeciba) y la propia Sánchez, y 14 acelerómetros que les cedió Dinamige y se van instalando en predios privados o pertenecientes al Servicio Geográfico Militar. Cada instalación cuesta unos US$ 1.000 que cubre Dinamige, además de proveerlos de transporte.

Los sismos que fueron y los que no.

Los tres que sí.
En marzo de 2016 se sintió un temblor en el Cerro, en noviembre otro en Toledo y en setiembre de 2017 uno más en Carmelo. Todos estos fueron sismos y por primera vez estuvieron confirmados por un observatorio sismológico nacional. El equipo de expertos ya instaló nueve de los 14 acelerómetros que le cedió la Dirección Nacional de Minería y Geología para medir las vibraciones del territorio.

Enigma en Guichón.
Entre junio y julio de 2017, pobladores de Tambores y de Guichón denunciaron a los medios cinco temblores. Incluso un estudiante liceal escribió al sitio del Observatorio Geofísico para avisar, pero al no coincidir con los registros de las estaciones, el equipo de Sánchez y la Dinama fueron al lugar y comprobaron que no habían sido sismos sino voladuras mal hechas. Se sancionó a la empresa y colocaron acelerómetros en la zona.

Una vez que todos los acelerómetros estén enterrados —faltan cinco— "compaginarán una red que permitirá analizar el comportamiento dinámico de lo que va a pasar y también hacer una especie de radiografía del subsuelo", explica Campal. Y conocer tu subsuelo es saber qué tipo de recursos minerales tenés. Pero, agrega: "Entre que la minería no está de moda en el mundo de las ONG y que aquí hay poco empleo minero, nadie entiende hasta dónde es importante tener minería o no".

Los tesoros que aún esperan.

Los recursos minerales no se encuentran por accidente, mucho menos en un país en el que sus habitantes caminan sobre praderas, y praderas, y praderas en lugar de rocas. "Su descubrimiento es fruto de un estudio sistemático que requiere invertir mucho dinero y mientras vos no inviertas ese dinero, es muy probable que no tengas esos recursos. Es otro clásico caso de qué está primero, ¿el huevo o la gallina?", resume Campal. En definitiva: no hay demanda si la demanda no se crea.

La minería charrúa tuvo un empuje a fines de siglo XIX y comienzos del XX. En 1878 se instaló una compañía francesa para extraer oro en Minas de Corrales. En 1938, Dinamige hizo excavaciones en Salto para encontrar petróleo, pero halló aguas termales. Y durante décadas se exportaron toneladas de "piedra partida" a Argentina para construcción, hasta que Perón bloqueó la compra en 1947. En ese momento quedaron más de 14.500 trabajadores mineros desempleados y la industria, que llegó a tener el taller de construcción de barcos para transporte más grande de América Latina, se fundió.

Por la misma época, el Estado encontró yacimientos de hierro en la localidad de Valentines, en Treinta y Tres y Florida, el mismo que estuvo a punto de explotar la minera india en el frustrado proyecto Aratirí. También buscó carbón. Ahora, anuncia Campal, se investiga la piedra caliza y la posibilidad de que tengamos diamantes y fósforo, un fertilizante esencial para los campos. "Es estratégico para Uruguay, Estados Unidos, Brasil y para cualquier país con industria agropecuaria", dice este geólogo. ¿Qué sucede si lo encontramos? "Dejamos de depender del precio internacional de los fosfatos, que nosotros importamos de Marruecos".

Pero si la investigación geológica se había mantenido "a un nivel muy llanito", ligada, en varios casos, al interés de investigadores alemanes y franceses que visitaron el país, el panorama empezó a cambiar durante el gobierno de José Mujica, que destinó 5 millones de dólares a la Dinamige para sobrevolar el 35% del territorio nacional con posibilidades de tener recursos y así reunir "un conjunto enorme de datos básicos". Esto es lo que se llama "la información geofísica básica del país", explica Campal. Esto constituye un mapa fundamental que no existía: nuestra ceguera del suelo para abajo estaba sujeta a la información "chiquita" que quisieran darnos las empresas privadas que alguna vez habían invertido buscando algún recurso.

Sánchez es geoóloga y no sismóloga, pero el proyecto que dirige la convirtió  en la principal referente local en sismos. Foto: F. Ponzetto
Sánchez es geoóloga y no sismóloga, pero el proyecto que dirige la convirtió en la principal referente local en sismos. Foto: F. Ponzetto

Los cambios que se piden.

Es como tratar de ver qué hay dentro de una casa sin poder entrar ni tocarla: ese es el desafío de la geofísica cada vez que ausculta el subsuelo, sin información pero con muchísimo por descubrir. Por eso, para los que creen en su importancia, la creación de este primer observatorio es dar un paso adelante en conocer nuestra actividad sísmica sí, pero también en echar luz en los recursos que aún están ocultos y en controlar los mecanismos que se utilizan para investigarlos y extraerlos mediante voladuras.

"De todos los temblores que hubo desde 2016 para acá, algunos fueron sismos y otros fueron explosiones en canteras donde se abusó del explosivo, salieron mal y la población se asustó", explica el ingeniero Enrique Latorres. Esto fue lo que sucedió en Guichón y en Tambores, la localidad de 2.000 habitantes muy cercana a donde la empresa Schuepbach Energy acaba de encontrar petróleo.

Luego de que la población denunció una seguidilla de cinco temblores entre junio y julio, tras el llamado del Sistema Nacional de Emergencias (Sinae), Leda Sánchez y su equipo concurrieron al lugar junto a personal de la Dirección Nacional de Medio Ambiente. "Había paranoia por las perforaciones. Los vecinos tenían miedo de que se estuviera utilizando la técnica de fracking pero pudimos comprobar que se trató de otra empresa que estaba haciendo voladuras en canteras de forma incorrecta, sin retardadores en la cadena de explosivos, entonces explotó todo al mismo tiempo y esa energía va para el aire; se escuchó un estallido y se sintió un temblor", explica Sánchez.

Lo que sí fue un sismo fue lo que ocurrió en Toledo en noviembre del año pasado. Este estallido los ayudó a que el Sinae les aportara la conexión a internet para evitarse recorrer cada estación en busca de la información, y un servicio de comunicaciones gratuito, lo que mejoró en un 50% su forma de trabajo. Incluso el prosecretario de Presidencia, Juan Andrés Roballo, anunció a los medios "que se iba a instalar un esquema de trabajo para mejorar la preparación del país para los sismos", según publicó El Observador, algo que hasta ahora no ha sucedido.

Cuando el lunes 5 de setiembre a las 20:05 temblaron durante 40 segundos los vidrios y las paredes en Carmelo, hubo una mujer que sintió el piso moverse bajo sus pies. Otra dijo que había sido como un trueno, pero en la tierra. Un vecino se asomó a la ventana esperando ver un camión pesado circulando demasiado cerca de las viviendas. "Es que hay varios, pero a muchos nadie los menciona porque ocurren en el medio del campo", dice Sánchez. En 2014 ocurrió uno en Lavalleja: el único que lo recuerda es un hombre que denunció en la Policía que un temblor de la tierra le rajó la casa.

En el Observatorio Geofísico un grupo de estudiantes y sus profesores analizaron el resultado del sismómetro de Carmelo con una sonrisa: este nuevo temblor tal vez los ayude a conseguir algún día recursos propios, personal y cargos para sus investigadores. Tal vez una persona menos se reirá cuando le hablen de sismos en Uruguay.

Un historial con traspiés en busca de petróleo.

Antiguamente, cuando la Dirección Nacional de Minería y Geología (Dinamige) era el Instituto de Geología y Perforaciones, el organismo realizaba pozos en busca de petróleo. Su actual director, Néstor Campal, recuerda que el primero fue en 1938 en Salto y terminó con el hallazgo de las Termas del Daymán. "Fue una perforación de más de 1.000 metros cuya ejecución duró 10 años. Hoy el mismo pozo se hace en un mes", dice. En las décadas siguientes hubo campañas similares, como en 1950 en la cuenca de Santa Lucía. "No se encontró nada, pero sí nos permitió conocer por primera vez la estructura del subsuelo", agrega. En 1982, con el nuevo Código de Minería, se crea la Dinamige, que tiene la tarea de investigar y administrar los recursos; desde entonces el petróleo y su búsqueda está en manos de Ancap. El descubrimiento de este hidrocarburo en Paysandú se recibió con entusiasmo, aunque Schuepbach Energy advirtió que el hallazgo fue "modesto". La empresa prevé realizar otros tres pozos.

¿Por qué en Uruguay los terremotos son muy leves?

En la página web del Observatorio Geofísico, la geóloga Leda Sánchez asegura que "no existe un lugar donde no ocurran sismos ya que las fuerzas internas de la tierra causan movimientos y tensiones en toda su corteza". Sin embargo, algunos lugares tienen una baja probabilidad de que ocurran sismos, mientras que en otros pueden ser más comunes. ¿Qué es un terremoto? El estudiante de geofísica Martín Rodríguez lo explica como "el desplazamiento de dos bloques de tierra que genera una liberación de energía súbita". Se trata de "una falla" y "una falla se puede estudiar, ver cada cuánto tiempo se desplaza y qué energía libera y cuánta. Así se pueden conocer los períodos de recurrencia", agrega.

Uruguay se encuentra en una zona de intraplacas, "el contexto es totalmente distinto porque no hay fallas: la corteza es mucho más estable y eso lo vuelve un fenómeno más aleatorio". En conclusión, Sánchez dice: "Terremotos siempre vamos a tener, pero no de la misma magnitud de donde se dan los contactos de las placas".

Néstor Campal, director de Dinamige, explica que "todos los continentes se mueven y cada 150 ó 200 millones de años se vuelven a juntar en un mismo lugar, para luego volver a separarse. Las Américas se mueven hacia la izquierda, pero en el fondo del océano existe una placa oceánica". Los Andes, por ejemplo, son una arruga formada por esa colisión que se da entre ambos bloques. Los terremotos que ocurren en el borde de la placa son los más fuertes y los que ocurren intraplaca, como en nuestro país, son más leves.

El ingeniero que sí piensa en el efecto de los sismos.

El Observatorio Geofísico organizó el primer Congreso Regional Sobre Riesgos Naturales que tuvo lugar el 15 y el 16 de setiembre. Uno de los expositores fue el ingeniero civil estructural y doctor en Ingeniería Eduardo Pedoja, quien dice que luego del sismo de noviembre pasado se "convenció" de que había sismos en nuestro país y se puso en contacto con Leda Sánchez. En el congreso presentó un trabajo acerca de cómo un sismo como el ocurrido en 1888 produciría daños no estructurales en la mayoría de las casas y edificios sin consecuencias graves, "pero las casas construidas en el siglo XIX o a principios del XX, sí están muy deterioradas, sí podrían sufrir algún tipo de derrumbe", explica. Estas son las que predominan en los barrios más antiguos como Ciudad Vieja, Centro y Cordón. "Mi consejo es que tengan mantenimiento y que se refuercen las zonas que presenten algún deterioro", dice Pedoja. Las estructuras modernas en general soportan sismos de baja intensidad sin sufrir deterioros importantes, aunque los elementos no estructurales como paredes, ventanas y ornamentos pueden mostrar fisuras o roturas. "La mayor parte de los países tienen una norma sismoresistente adaptada a la sismicidad de cada lugar, que sirve como guía para que los ingenieros estructurales proyectemos y calculemos las estructuras. Aunque nuestro país está en zona de baja sismicidad, deberíamos primero generar la conciencia de que podemos tenerlos y luego adoptar una norma de este tipo", opina.

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