100 AÑOS DE ELADIO DIESTE

Vigencia de la economía cósmica

Conocemos sus obras pero no su pensamiento, que es de una actualidad asombrosa. Por ejemplo, en la gestión de los procesos y de la innovación.

Eladio Dieste. Dibujo de Ombú
Escritos sobre arquitectura.
Iglesia de Atlántida. Foto Archivo El País
Foto Archivo El País

Hace 100 años, el 1 de diciembre de 1917, nacía en el departamento de Artigas uno de los iconos indiscutidos de la identidad cultural uruguaya, uno que junto a Torres García y Onetti creó e innovó de forma ética, original, generó escuela y provocó asombro en el mundo.

El problema con su legado, sin embargo, no es el pasado. Hay problemas con el presente de su obra, y por ende con el futuro. No es un problema de materiales, porque las asombrosas bóvedas y paredes onduladas de Dieste parecen desafiar incólumes el paso del tiempo. Lo que falta es comprensión. Su obra, fácil de reconocer en gran parte del territorio de Uruguay, también en Argentina, Brasil, o en lugares como Alcalá de Henares o Medellín, sea por obra propia o de discípulos, más allá de provocar asombro por sus formas y su capacidad de desafiar la gravedad deja al espectador con un vacío. No entiende el cómo, el por qué; le falta información, datos y contexto. Pocos saben, por ejemplo, que Eladio Dieste no sólo sustentaba sus innovaciones en base a un amplio dominio de lo técnico y lo constructivo, sino también en base a una filosofía, una ética, una moral, y una fuerte religiosidad. Todo eso lo escribió en varios textos, lo dijo en conferencias, o lo explicó en las memorias constructivas de sus obras. Escribía como ingeniero, no como ensayista, apelando a un lenguaje llano, económico, y evitando los conceptos que podían alejar, por su complejidad, a la gente común. Pero nadie lo lee.

Así, seguimos mirando los ladrillos de sus bóvedas, tan cálidos, como si fueran de otra época. Poco dicen. Al fin y al cabo son sólo materia, como todo lo que nos rodea. Pocos se toman el trabajo de pensar las ideas, el conocimiento que puso allí esos ladrillos. Lo curioso es que esas ideas, en este mundo tan complejo, imprevisible y abrumado de cuestiones que parecen no tener solución, parecen escritas para hoy. Tienen una vigencia insospechada. Por ejemplo las referidas a la gestión de los procesos y a la innovación. Al leerlas, estallan.

La felicidad y el espacio.

Dieste fue un hombre de empresa, de empresa privada. Como tal estuvo en el centro de todas las presiones que impone este capitalismo tardío, impiadoso, con obligaciones bien concretas, por ejemplo cumplir con una nómina de sueldos cada fin de mes, con el aporte de los impuestos, o los compromisos con proveedores o bancos. Aún así, Dieste nunca perdió de vista un componente fundamental de todo proceso: el humano.

Pero el suyo no es un humanismo de esos que cobran vuelo en teorías académicas y que poco tienen que ver con la realidad concreta. En el libro Eladio Dieste, Escritos sobre arquitectura, prologado por este cronista y con un estudio postliminar de Graciela Silvestri (Irrupciones, 2011), hay un conjunto representativo de textos suyos que expresan cabalmente sus ideas. Con títulos como "Técnica y subdesarrollo", "Sobre pueblos y campos" u otros que abordan obras emblemáticas como la Iglesia de San Pedro de Durazno, la Iglesia de Atlántida o la propia casa familiar, Dieste relata su viaje, su camino, y lo va haciendo con la sencillez del peregrino que se detiene en cada posta, que conversa con otros viajeros, que mira asombrado al mundo. Supo, como todo peregrino, que el camino está empedrado de problemas. "Cada problema constructivo, en la industria que conozco, debería encararse con una especie de ingenuidad, no con ánimo de ser original sino con una actitud humilde y vigilante".

Los problemas no eran menores, y entendió que algo funcionaba muy mal. Dieste habló de deshumanización. "No es satisfactorio lo que vemos" escribió en el texto "Arquitectura y construcción". Si bien destacó los avances de la revolución industrial por su interpretación científica de la realidad, hecho que permitió al hombre transformar el mundo, "lo hizo con tal dosis de iniquidad que los coletazos de los hervores de indignación que esa iniquidad produjo en el hombre son los que explican la locura destructiva que se ha extendido por el mundo". Dijo que para saber de iniquidad no hacía falta leer libros de historia ni novelas de Dickens. A él le alcanzó con "tener ojos en la cara" y ver cómo vivían aún los trabajadores en Francia, por ejemplo, en casas "con un confort animal pero sin un solo signo de haber sido hechas para hombres destinados a hablar con las estrellas". Hablaba de la ciudad de Tours, muy destruida durante la guerra, y que ofrecía una oportunidad única para su reconstrucción. La ciudad medieval tenía espacios pensados para el hombre, pero a la hora de reconstruirla prevalecieron los problemas de circulación, la solidez de las casas, o la comodidad de sus cuartos de baño. Los autos circulaban ágilmente, las mujeres y los hombres dormían y se bañaban de forma cómoda, "pero se sentían desasosegados porque en ningún momento sienten expresado en el espacio el misterio que llevan en sí mismos". Dieste recordaba los viejos espacios pensados para los niños que corrían, los novios que se besaban, o los ancianos que se sentaban rumiando sus recuerdos.

Los ingenuos.

A Dieste también le preocupaban las grandes organizaciones, todas. Se preguntó si realmente estaban al servicio de una idea fundamental: la felicidad de los seres humanos.

Trabajó en muchas. Sabía "de su escandalosa ineficacia y torpeza, de su bajísimo nivel técnico, del impensable dispendio de trabajo humano, del trabajo triste, rutinario y aburrido", para agregar: "no me engañan: su fuerza está en la acumulación de capital que las sostiene, no en su eficacia". Ataca a los ingenuos que creen que poder es sinónimo de eficacia, sobre todo a los ingenuos latinoamericanos, esos que ignoran que en esos procesos de consolidación también hubo robo, explotación desvergonzada, crimen y una larga lista de injusticias.

Pide, entonces, reaccionar contra la seducción del poder, la riqueza y la eficiencia sin contenido. "Debemos salir del subdesarrollo, pero de una manera humana y nuestra, sin copiar ni los procesos, ni las técnicas, más que cuando nos sea indispensable". Pide repensar todo, meditar sobre los fundamentos de las cosas. Y no niega que dicha actitud tiene también su costado político. "Es ésta la única manera de asegurar la independencia de las naciones pobres, que es quizá el más gigantesco hecho político de nuestro tiempo". Entendía que los pueblos del tercer mundo no debían "caer en el error de confundir los fines; el desarrollo no es un fin en sí mismo; será bueno en tanto esté de acuerdo con los fines del hombre, y será malo si olvida esos fines".

El fin del hombre es humanizar la tierra, hacer de ella su morada. Dieste insiste una y otra vez en la idea del camino, en el andar descubriendo, en el proceso. Todos los uruguayos conocen la famosa frase de Washington Tabárez, director técnico de la selección nacional de fútbol: "el camino es la recompensa". Antes Dieste había dicho: "Veo algo mucho más incitante: una tarea, un camino, y sé que tengo brújula".

Confianza e imaginación.

El desafío en ese camino consistía en poner a volar estructuras de ladrillo, cemento y hierro para que luego queden suspendidas casi sin esfuerzo, integradas a la naturaleza y en armonía con ella. Nombró a la técnica Cerámica Armada. Sus formas onduladas, abovedadas, a veces caprichosas, lejos de ser sencillas de calcular necesitaban más análisis que lo habitual, y no podían generarse de forma rutinaria: "exigen amor a la obra y gusto por el detalle, condiciones que no abundan entre los hombres de empresa". Se queja de lo poco que intervienen los técnicos en las obras, pues se limitan a cumplir plazos, o a cuestiones financieras o administrativas, razón por la cual muchas veces ni pisan las obras, que las hacen los capataces. Factor que es "causa real" del bajo rendimiento del albañil. Estos contratistas resistieron sus bóvedas con el argumento de que eran caras. "No lo son, pero los obligan a actuar más como deberían, a ser constructores y no sólo contratistas o empresarios".

Esta resistencia a lo nuevo es muy humana. Como sólo se conocen con seguridad los costos de aquello que se ha hecho muchas veces, y por lo tanto se domina, nadie se fía de las estimaciones de costos de las nuevas soluciones. Dieste cree que el hombre es perezoso, que no confía en su imaginación. Pero esa desconfianza puede ser mortal, ya que la imaginación le permitiría "ver" el trabajo y sus etapas, para luego calcular la viabilidad y su eficacia real. "El proceso de 'ver' con la imaginación no es cosa de superdotados. Creo que las facultades humanas están mucho más igualitariamente repartidas de lo que se supone". Su imaginación le permitió "ver" qué tensiones actuaban en las bóvedas, cómo podían llegar a comportarse los materiales, qué técnicas de trabajo había que aplicar, qué equipos había que fabricar y, sobre todo, qué rol debía cumplir el obrero en ese proceso. Para despejar dudas, aclaró que los integrantes de su firma debían ser parte de una comunidad productiva, "no por cierto una cooperativa socialista, mucho menos una fábrica japonesa: una orquesta con primeros violines y un director".

Tuvo una relación estrecha con el componente humano de su empresa, Dieste & Montañez. En sus escritos destaca que dejaba en sus manos procesos específicos como la colocación diferenciada de los ladrillos en cada área de las bóvedas. Sabían qué fuerzas actuaban en ella, de forma intuitiva o racional. Dieste fomentaba ese involucramiento (lo que hoy se llama "empoderamiento"), y comparaba a esos trabajadores con el obrero de los países industrializados. "En noventa y nueve casos de cada cien elegiría al paisano con todas sus carencias. Como hombre está mucho más alienado el obrero de una sociedad desarrollada de las que conozco que el campesino rioplatense que también conozco". La sociedad altamente tecnificada de hoy hace creer que todos los caminos ya están trazados, y que el destino es inexorable. Dieste creía que no, que se "hace camino al andar" y percibía en el paisano una mejor actitud para comprender un concepto central en su pensamiento: la economía cósmica.

Levedad y misterio.

Sus estructuras audaces, como todo gesto vanguardista, generaron resistencias. La tuvo entre los vecinos de la Iglesia de Atlántida, y siempre recuerda a una vecina en particular que se acercó, observó y criticó desde su ingenuidad, "una mujer humildísima, con sus toscos zapatones manchados de barro". Ella no vio la complejidad sino el producto final, la forma. Algo parecido ocurrió con la Iglesia de Durazno. Muchos feligreses dejaron de concurrir por temor a que las placas de cerámica armada, que aún asombran, se les cayeran en la cabeza.

Pero esos temores, y esa forma de ver no contaminada, eran energía nutriente. Dieste lo intuyó y buscó acercarlos al proceso. Entendía que todos, cultos o brutos, letrados o sencillos, podían percibir el misterio que encerraban sus bóvedas. Cualquiera que se detiene hoy en día a observarlas, sobre todo en los galpones o en gimnasios como el de Don Bosco (calle Maldonado 2128, Montevideo), sentirá algo curioso: extrañamiento y emoción. Percibirá que expresan algo, un estado de equilibrio poco común. "Recuerdo" escribe Dieste "haber asistido con gente de campo, muy humilde, al momento en que se liberó de andamios una estructura muy completa y audaz; audaz pero serena". Liberar los andamios de cualquier techo, quitar los encofrados, es la hora de la verdad: o se sostiene, o se cae. En el caso de las bóvedas el encofrado se retiraba cumpliendo la regla de las 14 horas. Ese es el período entre la colocación del cemento fresco sobre los ladrillos, que finaliza a las cinco de la tarde, y las siete del día siguiente, cuando comienza una nueva jornada (el respeto del descanso entre jornal y jornal). En este caso en particular, la obra "no era importante por el tamaño o el costo, pero se sentía la tensión del esfuerzo que la hizo posible. Y es ésto justamente lo que dijo un paisano, que no era fácil de hacer aquello. La audacia no le producía desconfianza ni sólo sorpresa, sino felicidad; distinguía muy bien la diferencia entre lo que es importante por el tamaño y por el costo de aquello que nos toca en lo más hondo porque nos expresa sin que se sienta el esfuerzo que lo produjo".

Comienza a tomar cuerpo el concepto de economía cósmica: "para que algo llegue realmente a la gente sencilla debe tener una levedad, una facilidad misteriosa, una simplicidad suma, algo de danza sin esfuerzo y sin cansancio. No les satisface, y tienen razón, que una dificultad se resuelva a base de fuerza ciega o de dinero". La clave residía en la resistencia por la forma, hecho que Dieste había percibido en las chapas acanaladas. Si están lisas se doblan, se caen; si están acanaladas, se sostienen sin esfuerzo ni cansancio. Esas formas onduladas que se ven en las bóvedas de Dieste no son un capricho. Son la decisión que les dio estabilidad. "No hay nada más noble y elegante desde un punto de vista intelectual que esto: resistir por la forma". Se habla entonces de armonía, porque se comprende el orden profundo del mundo. Se obtiene del material todo lo que puede dar. En el caso del ladrillo eso se consigue respetándolo, no sólo porque es cálido y hermoso a la vista, o porque trae recuerdos o es parte de nuestra memoria constructiva ancestral, sino porque está en su naturaleza dar más, ser transformado en elemento estructural, traspasar los límites habituales, ser parte de un proceso de innovación para dialogar de otra forma con el mundo, dejando en evidencia otro orden. "Sin estos atisbos que nos muestran que el mundo tiene un sentido, caeríamos en la desesperación".

Hablar de poesía.

La búsqueda de sentido en un país pequeño que no se proyecta al mundo con sus ejércitos pero sí con sus valores, su creación, sus innovaciones, resulta un fenómeno exótico en esta era violenta comandada por psicópatas. Ese exotismo deslumbró a muchos extranjeros.

Cuando Stanford Anderson, decano de arquitectura del Massachusetts Institute of Technology (MIT), vio la iglesia de Durazno, tuvo el coraje de decir que superaba al mayor icono religioso de la arquitectura de vanguardia del siglo XX, la Iglesia de Ronchamp de Le Corbusier. Pero no se quedó admirando las texturas del ladrillo, o las curvas o placas sostenidas por fuerzas inexplicables. Fue más allá. Quiso comprender el sistema mental que las produjo, y encontró al arquitecto y al ingeniero sumido en profundas preocupaciones éticas, morales y religiosas. En Durazno, como en la Iglesia de Atlántida, Dieste buscó unificar congregación, sacerdote y liturgia, porque una mayor comunión iba a redundar en un fortalecimiento de la comunidad en detrimento de jerarquías artificiales, y en una reafirmación de la fe. Anderson quedó deslumbrado, entró y salió de esas iglesias una y otra vez, y entonces habló de "armonías inexplicables" y de la "improbabilidad del fenómeno material", y sin querer estaba hablando de poesía, porque había logrado acercarse de forma inesperada a los misterios del arte, pero sobre todo a un orden profundo del mundo, no siempre evidente. Comprendió entonces la idea de economía cósmica, y también al otro, al que crea e innova en un país pequeño inmerso en un mundo de oportunidades desiguales. Entendió que ver el mundo desde un país dominante como Estados Unidos, tan poderoso y abundante en recursos materiales, no era diferente a verlo desde un país pequeño, lejano e improbable. Ambos, él y Dieste, querían la felicidad para todas las mujeres, hombres y niños de este planeta, y eso los convertía en hermanos.

Esta exploración que hizo Anderson fue bastante excepcional. No debería extrañar. La obra de Dieste ha tenido una curiosa fortuna crítica a lo largo de décadas, en Uruguay y en el mundo. Pocas veces se lo explicó bien, aunque tampoco hubo mucha voluntad por entenderlo. Una clara excepción es la argentina Graciela Silvestri, docente en Harvard y Cambridge, y autora del estudio postliminar en Eladio Dieste, Escritos sobre arquitectura. Dicho estudio titulado de forma sugestiva "Una biografía uruguaya", insiste en la idea de que no es posible Dieste sin Uruguay, y que fue la propia excepcionalidad de este pequeño país, su cultura, su situación geopolítica, su estructura social, su educación y su sistema político, la que explica sus innovaciones. Por ejemplo, aún hoy pocos entienden el vínculo entre el pensamiento cristiano de Dieste y sus iglesias con el país de tradición laica, afrancesada, libertaria-criolla que buscaba y lograba igualdad y ascenso social sin dar gracias a Dios. Silvestri explica que su catolicismo "está lejos de suscribir a la tradición: no es devocional, mucho menos popular, sino místico e intelectual", algo coherente con el espíritu vanguardista de Dieste. Lo mismo con el ladrillo. Había algo más en la elección que hizo Dieste, algo que superaba los argumentos objetivos de resistencia, baja elasticidad, buen envejecimiento, o mejor aislamiento acústico y térmico. En realidad el ladrillo le permitía articular toda la gama de problemas que surgía al producir en serie aquello definido por sus caprichosas formas y por ritmos de trabajo provincianos, algo en las antípodas de la producción fordista, mecánica, dominante en las grandes industrias del norte.

Reveladora es, también, la percepción de Dieste de la obra de sus hermanos de frontera. No toleró al brasileño Oscar Niemeyer e ignoró al argentino Amancio Williams. Según Silvestri le irritaban las formas originales que de forma íntima no se oponían a los dictámenes del capitalismo tardío. O hay humanidad, economía cósmica que pone al hombre y a su felicidad en el centro, o todo carece de sentido. Como ejemplo, cabe recordar a las fabulosas estructuras de Niemeyer en Brasilia en el contexto de la eterna pobreza en que vivían (y viven) millones de brasileños, y preguntarse qué vínculo ético y moral podía existir entre esos deslumbrantes edificios y esa miseria de muchos que, por cierto, también querían hacer de esa tierra su hogar.

Por eso Silvestri insiste una y otra vez en destacar a Dieste como símbolo de un país y una cultura. "Representa los mundos superpuestos que conjugan la vieja Banda Oriental, el ámbito rural que describió magistralmente Hudson, con los mitos universalistas consolidados en los años prósperos", el de las capas medias cultas, el de la excepción latinoamericana, el de la extendida democracia social y los escasos conflictos. Lo piensa y lo ve desde su condición de argentina, de extranjera: "La seducción que en perspectiva provoca el pequeño país del plata" permanece porque sus principios siguen defendidos, y porque Dieste defendió lo suyos "aún sabiendo que ya no encontraban lugar".

Vale la pena buscar sus amplias bóvedas. Pero hay que ir con tiempo, calma, y abiertos a las sensaciones. El extrañamiento que el ladrillo produce, la emoción del juego de luces, la calidez del ladrillo al tacto y la serenidad de esos espacios que parecen infinitos, ayudan a encontrar el sentido de muchas cosas. No es menor.

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