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El Estado invirtió unos 40 millones de dólares en ALUR, el proyecto sucroalcoholero que revivió Bella Unión. Pero los productores de caña de azúcar recelan, los "peludos" reclaman mejoras mientras el gobierno confía que esta vez la caña traerá prosperidad.
Fernán R. Cisnero, En Bella Unión
Treinta y dos meses y, dicen, 40 millones de dólares después de haber sido inaugurado, ALUR , el emprendimiento sucroalcoholero en el que se asociaron Ancap y la venezolana Pdvsa, ha conseguido varias cosas para Bella Unión.
Esperanza, por ejemplo, lo que no es poco. También fuentes laborales y un movimiento que la ciudad no conocía desde hace un buen rato. El proyecto, además, mantiene vivas dos de las costumbres más en la región: producir caña de azúcar como el único recurso que va a sacar de pobre a Bella Unión y discutir sobre cómo y cuándo eso va a suceder.
Lo que muchos saben hace tiempo, otros se empiezan a percatar es que así como están las cosas, un proyecto estatal basado en caña de azúcar en el norte del país es políticamente entendible, socialmente loable pero, en las viejas condiciones, es poco redituable. ALUR propone cambiar ciertas reglas del juego.
Bella Unión, después de tantas penurias, no necesita más malas noticias. Y la llegada de ALUR le ha dado un movimiento que productores y obreros saben agradecer. Más allá de los reparos a la gestión del proyecto que tienen algunos de sus protagonistas, la llegada del emprendimiento revivió una región sufrida cuyos índices de pobreza, mortalidad infantil y urgencia sanitaria, eran escandalosos. Un informe de Qué Pasa en mayo de 2004 reveló la situación del barrio Las Láminas, desde entonces emblema de algunas urgencias poco atendidas en el país.
Hoy todos coinciden en que la situación ha mejorado sensiblemente, con mayor consumo y mayor movimiento de gente y cierta prosperidad, aunque humilde, en muchos de los que antes padecían la miseria provocada por el retiro de una industria que, desde siempre, los ayudó a subsistir. Ese es uno de los objetivos cumplidos de ALUR.
Conseguir la autosuficiencia industrial a partir de la diversificación de la caña en azúcar, alcohol y energía podría ser más difícil.
Es que Bella Unión aporta algunas características que desalentarían al más testarudo. Como se reconoce en una información institucional de ALUR, la zona exige una necesidad de riego importante por la limitada capacidad de reserva de agua, tiene lluvias durante la cosecha, un período de crecimiento limitado por las bajas temperaturas (la zafra va de mayo a octubre; tendría que ser todo el año), exige insumos importados y hay "ocurrencia esporádica de heladas". Una de ellas, la más feroz en tiempo, hizo perder el 75% de la cosecha 2007 y endeudó a los productores y arrastró un poco más abajo a los obreros. "Fue como quedarse sin avión cuando se está por despegar", dice uno de los productores cercanos al proyecto de ALUR.
Los principales críticos coinciden en algunas de esas contrariedades pero no las ve como desafíos superables, sino como obstáculos monolíticos. Agregan además que la zona no es muy generosa en cuanto a la producción por hectárea, un dato relevante a la hora de plantear una industria. Con un trabajo normal, en Bella Unión se consigue una producción entre 4.000 y 6.000 kilos por hectárea. En zonas más al norte del continente, por ejemplo, se consiguen sin riego y con un corte mecanizado, más de 8.000 kilos. Esa es la meta que se proponen los productores. Igual, fuentes de los productores dicen que incluso con una producción récord por hectárea el negocio no necesariamente les cierra.
Un documento de la filial de la Facultad de Agronomía, de la gremial universitaria afín al Partido Nacional, CGU, analizó el negocio y concluyó que "de 10 zafras, seguramente en seis de cada 10 cosechas existirían problemas". Los estudiantes aconsejan, con redundancias, "no tropezar dos veces con la misma piedra", si no se tiene "innovaciones tecnológicas en este cultivo que nos den esperanzas de superar las limitantes agro-ecológicas que tanto limitan este cultivo". ALUR dice estar trabajando, precisamente, en innovar el proceso.
Esos obstáculos no desestimulan a los directivos de la empresa sucroalcoholera estatal ni a los productores, ni mellan las esperanzas de Bella Unión.
La caña de azúcar siempre ha sido una pasión nacional. No hay ningún ejemplo de la populosa bibliografía sobre la izquierda uruguaya, que no mencione el alzamiento de los asalariados rurales de la caña quienes hace casi 50 años se acercaron a la capital en formación de marcha cañera para poner en evidencia una flagrante conducta de abuso patronal y reclamar la tierra. Los lideraba Raúl Sendic, un procurador que les abrió los ojos, les dio conciencia sindical y los transformó en un símbolo de la lucha de clases.
Los directivos de ALUR, a pesar de que la empresa está presidida por otro Raúl Sendic, el hijo del líder tupamaro, culpan a aquella cultura de confrontación nacida en la década de 1960, por el recelo con que han recibido de algunos sectores vinculados a la caña de azúcar. Plantadores y obreros de los campos (los "peludos" que reclamaban "por la tierra y por Sendic") creen, sin embargo, que la disputa se debe a que se generó un proyecto agroindustrial sin contemplar la mitad agrícola del asunto. Mientras se actualiza la estructura del ingenio azucarero, se descuida el sector que aporta la materia prima, afirman.
"Hay una cultura en Bella Unión muy fuerte del enojo", dice Leonardo De León, director ejecutivo de ALUR. "Es una sociedad que avanza a través del conflicto". Pruebas le sobrarían: desde el comienzo del proyecto, los cañeros de la Unión de Trabajadores Azucareros de Artigas (la histórica UTAA) han cortado la ruta, impedido el ingreso de camiones a la planta y ocupado terrenos. Los productores hacen notar su contrariedad con algunos aspectos del proyecto y hasta los camioneros han parado. En febrero de este año, el por entonces ministro de Industria, Jorge Lepra, se despidió del cargo con una interpelación por este tema promovida por diputados nacionalistas preocupados por el envío de recursos para ese emprendimiento.
ALUR intenta calmar ese espíritu beligerante, asegurando que sólo es cuestión de paciencia y que las ganancias están al llegar. "Recién 2009 será el año cero del proyecto", dice De León. "Se sale de aquel modelo caña-azúcar y se pasa a un modelo industrial, donde con otra materia prima como el sorgo seremos un modelo de producción energía, alimentos y gestión ambiental". De León, al igual que Sendic integra el grupo Compromiso Frenteamplista, una escisión del 26 de marzo.
LA HISTORIA AYUDA. Un nuevo aprovechamiento de la caña de azúcar es el gran proyecto industrial del gobierno. En su discurso de su asunción presidencial (una instancia donde la parcialidad se conforma con generalidades y no exige datos precisos), Tabaré Vázquez hizo promesas sobre el tema. "Vamos a tomar medidas para aumentar la plantación de caña de azúcar en la zona de Bella Unión, a los efectos de mejorar la producción azucarera con materia prima nacional", dijo el presidente y se ganó una aclamación.
Así de trascendente -por inercia histórica, por sensibilidad social y por urgencia energética- es el asunto de la caña de azúcar para este gobierno y sus seguidores.
Para algunos, Vázquez priorizó una industria que se ha mostrado ineficiente desde la década de 1950, aunque supo de buenos tiempos; a la que el Estado ya le había destinado más de 100 millones de dólares y que aún se sigue cosechando de la misma manera que hace 80 años. De las industrias agropecuarias que abundan en el país, la de la caña de azúcar parecería la menos apropiada para salir a competir en el mundo.
Lo que el presidente, en todo caso, reconocía es la urgencia social que está detrás de un proyecto de estas características y en esa zona del país. Era un salvavidas para una región que tras la imperial caída de Calnu -la cooperativa nacional azucarera- se dirigía inexorablemente hacia la categoría de pueblo fantasma. Las hectáreas dedicadas a la caña habían caído a la cuarta parte de sus mejores épocas. El endeudamiento de los productores era importante y los precios internacionales del azúcar y la caída de los aranceles en el Mercosur, hacían del negocio uno de los menos rentables del mundo.
Además, es política de Estado encontrar un combustible que libere al país de su dependencia al petróleo. Todo indica que producir etanol a partir de la caña de azúcar es el recurso más a mano que tiene Uruguay. Junto con la venta de energía eléctrica, será un camino para que la caña sea un producto más rentable.
El azúcar suele ser considerado un cultivo estratégico para un país y diferentes gobiernos han intentado mantenerla como industria, a pesar de los reparos económicos, comerciales, climáticos y agrícolas con los que se lo ha intentado minar a lo largo de los años.
ALUR, un proyecto que se inició en febrero de 2006, lleva invertidos oficialmente unos 42 millones de dólares, una cifra donde de acuerdo a la oposición no se incluyen capitalizaciones que llevarían la inversión iría por los 70 millones de dólares. ALUR no reconoce eso y dice haber explicado claramente las razones de eso. Otros dicen que si el Estado va a financiar la caña de azúcar ya sea porque lo ve como un negocio rentable o por una cuestión de solidaridad con una región sumergida debería ser más claro con los números.
A comienzos de año se capitalizó la empresa con 35 millones de dólares para expandir el negocio agrícola y llegar a las 10.000 hectáreas. El ex director de la Oficina de Programación y Política agropecuaria (Opypa), Julio Preve Folle, escribió en el suplemento Economía y Mercado de El País que esa cifra "equivale a toda la devolución de impuestos que recibe el agro, es superior a lo recaudado hasta 2006 cada año por concepto de Contribución Inmobiliaria, supera el Imesi de los combustibles, más que duplica el impuesto a los remates y representa las dos terceras partes del Imeba de 2006".
Lo que algunos análisis no contemplan son los costos que generaría la ausencia de ALUR en la región. La desocupación, los problemas sanitarios, son un gasto social difícil de mesurar pero palpable. Para muchos, esa sensibilidad social podría ser la única razón para insistir con la caña. El gobierno tendría que ser más explícito entonces en sus metas en la zona.
"Lo que pasa es que en Bella Unión está la cultura del azúcar. Ellos siguen hablando del azúcar y aun no lo ven como un proyecto integral: es una nueva cadena agroindustrial", dice De León.
CAMBIOS. Sea como sea, unos 10 kilómetros antes de Bella Unión dejando hacia la izquierda una ruta 3 tapizada de cañas, está el impresionante ingenio agroindustrial Alfredo Mones Quintela de ALUR (la sigla responde a Alcoholes de Uruguay), construido sobre lo que quedaba utilizable de la época en que lo regenteaba Calnu. Los cambios son notorios y han mejorado, coinciden todos, el procedimiento industrial de la planta. Ya no se dedicará solo al azúcar, un negocio que no es rentable por sí mismo, sino que le sumará la creación de combustible, etanol, y energía eléctrica; todo a partir de la caña. En la planta, repleta de trabajadores (aunque no todos parecen ocupados), la mayor opulencia la aportan la ya construida nueva caldera, el instalado turbogenerador y el predio que ocupa la obra civil que antecede a la nueva destilería, sector estrella de la empresa y donde obreros, técnicos y agrimensores apresuran el paso para cumplir plazos.
"Las pruebas de la destilería serán en diciembre y va a estar operando en los primeros meses del año próximo", dice De León. Un técnico de la empresa aseguró que solo el ensamblaje de un gigantesco tanque podría llevar más tiempo que ese. Un pedazo de la destilería, que es lo más rápido de armar, reposa incompleta en un rincón del terreno pero las partes restantes están llegando a buen ritmo, avisan.
El entusiasmo de los directivos de ALUR es directamente proporcional a la magnitud del emprendimiento. En un plan originalmente previsto para 15 años hay beneficios para todos, dicen. "Aquí hay una apuesta muy fuerte del Estado en un tema que es estratégico. Hay una definición política muy clara de que el Estado debe jugar un papel importante en este sector. Se está invirtiendo en producción en zonas del país donde es necesario desarrollar y crear trabajo", asegura De León. La caña de azúcar involucra unos 1.500 cortadores de caña (los "peludos" que acompañaban a Sendic, padre), unos 350 plantadores de caña y unos 500 obreros y empleados de ALUR.
Podrá argumentarse, eso sí, que hay otras zonas del país que también podrían reclamar que se revitalicen sus propios proyectos. Y que quizás sean más rentable que el de la caña de azúcar. Pero para el gobierno la prioridad es Bella Unión.
El desarrollo de la zona se hizo sentir y hay un movimiento inusitado que algunos comparan a tiempos prósperos, con Calnu generando recursos que alentaban a la región. Una fuente de ALUR grafica diciendo que se vendieron 3.000 motocicletas en los últimos dos años.
Al visitante, igual, la ciudad se le presenta como un lugar bastante aletargado y empobrecido, pero eso solo sirve para confirmar el estado en el que la había dejado la decadencia de su principal industria.
El presidente del Centro Comercial e Industrial de Bella Unión, Marcelo Bravi, asegura que estos son buenos tiempos y que el comercio ha crecido aunque matiza que quizás no se deba solo a la presencia de ALUR, sino a que los altos precios en Brasil ayudan al comercio doméstico. "No me animo a decir qué influye más", dice Bravi, en la oficina de su casa de repuestos.
Sin embargo, reconoce que son los productores los que aún no disfrutan la bonanza que trajo ALUR. "La parte de los productores viene un poquito atrasada con respecto a los demás sectores", dice Bravi. "Atrasada en cuanto a la parte financiera. Noto que el productor no termina de saldar su cuenta y necesita más mercadería". Los productores son aquellos que son dueños o arriendan tierras para plantar caña. Sin embargo, reconoce que la ciudad ha ganado en movimiento y el comercio más pequeño empieza a tener mejores dividendos. "Comparado con el 2002 estamos en un nivel muy superior", dice Bravi quien bromea que en esos tiempos a su estación de servicio le decían "las Malvinas": la gente solo llegaba por aire o por agua.
Muchos productores, si bien reconocen los dones resucitadores de ALUR para una ciudad agónica, están disconformes con que el proyecto no los haya tenido en cuenta en esta primera etapa de desarrollo. También acusan a ALUR de que el precio que se les paga por la caña no alcanza para cubrir los costos de cosecha. El endeudamiento crece y los números no cierran, principalmente para los productores más pequeños, incluso aquellos a los que la empresa les cedió la tierra.
ALUR paga 40 centavos el kilo de azúcar que los productores dicen no les alcanza para cubrir el costo agrícola del proceso. Reclaman 52 centavos de dólar por kilo que surgen, científicamente, de sumar los costos del trabajo reconocidos en el Consejo de Salarios, fertilizantes, riego, gastos de funcionamiento y arrendamientos más la canasta de insumos y de financiamiento que ALUR les da a los productores. "Eso nos daría 47 centavos de dólar por kilo, más cinco para poder tener algo para llevar a la casa", dice Ricardo Ferreira, presidente de Apcanu, la Asociación de Plantadores de Caña del Norte Uruguayo.
La situación no es alarmante y de acuerdo a Ferreira aún los productores locales no debieron devolver sus tierras, aunque algunos temen que el endeudamiento los termine obligando a hacerlos. El presidente de la gremial de plantadores sí reconoció que hay productores forasteros que habían llegado a invertir en la caña de azúcar que vendieron sus campos a productores de caña y dejaron la zona.
"Recién estamos poniendo a punto la nueva cadena agroindustrial", asegura De León. "A veces se le exige a este emprendimiento resultados inmediatos, mucho más que otros emprendimientos. Todo esto fue evaluado a 15 años".
Los productores retrucan: "Nosotros también necesitamos inversiones en el campo que se hagan a 15 años, para poder hacer las inversiones que ahora no podemos hacer al no tener rentabilidad", dice Jaccel Brisk, secretario de Apcanu.
"Ahí tenemos nuestras dudas e inquietudes. ALUR tiene sus números pero cuando los queremos afinar no hay respuesta. Dicen que va a venir el año que viene, una vez que se produzca alcohol energía y azúcar", apunta Ferreira. "Si los productores se van endeudando no es que sean ineficientes, es que el precio no contempla los costos".
La semana pasada se acordó la creación "de un grupo técnico para crear una paramétrica que permita fijar el precio de la materia prima y que eso se utilice año a año", cuenta De León. "Es el mejor mecanismo para que no existan esas diferencias entre productores y la empresa. Los plantadores aportaron un delegado de su gremial y dos técnicos y ALUR, un contador, un ingeniero agrónomo y un técnico de departamento agrícola. Así se lograrán, dice precios claros, medibles.
En algún sentido, eso sí, se ha cumplido la exigencia promovida por Sendic (padre) de que los cañeros exploten su propia tierra. Para cumplir la meta de tener 10 mil hectáreas dedicadas a la caña de azúcar (en la próxima cosecha se llegaría a 8.500, antes de Alnur habían llegado a las 2.500, en las peores épocas), la empresa ha arrendado terrenos para entregárselo a trabajadores rurales y pequeños granjeros.
Frente al ingenio, ALUR repartió las 390 hectáreas del conocido como "campo de Placeres" en 39 productores. Dieciocho de ellos pertenecen a la UTAA. Los obreros y granjeros tienen derecho a la tierra por unos 15 años, un plazo que no necesariamente están dispuestos a cumplir. "De acá no nos vamos", dice Julio López, ex presidente de UTAA a quien apodan irónicamente "el gordo" y está encargado de negociar con ALUR. Se prevén otros conflictos, algunos de estos pequeños productores están empezando a construir sus viviendas en las tierras cedidas, algo prohibido en sus contratos.
Como sea, y aunque tienen un notorio buen relacionamiento con la empresa, estos pioneros de una moderna colectivización también tienen sus reparos. "Para los 10.000 hectáreas prometidos por la empresa no va a haber tierra suficiente", dice López en un barroso terreno con cañeros trabajando todo alrededor.
El próximo proyecto son las 2.000 hectáreas que el Instituto de Colonización repartirá y que se llevará el nombre de Raúl Sendic Antonaccio. Allí habrá lugar para unas 200 familias que tendrá su parcela de 10 hectáreas. Un granjero se queja de que tampoco hay mano de obra suficiente para equiparar la ambición terrateniente de ALUR. "Los muchachos no quieren trabajar en esto", dice uno de ellos. Las condiciones paupérrimas, la insalubridad del trabajo y sueldo tirando escaso no son precisamente alentadores a la hora de llenar vacantes.
En Bella Unión, donde la coincidencia siempre es esquiva, están acostumbrados a que los pronósticos negativos muchas se cumplan. Pero una vez más, aquellos que tienen poco o nada, esperan que está vez a sus sueños no los traicione el clima, los mercados internacionales, las decisiones políticas o un traspié en los negocios.
"Alur adquirió el ingenio y diseñó un plan industrial. Transformar algo que era caña para producir sólo azúcar en un complejo industrial con inversiones importantes para llegar a precio con un carburante nacional, mejorar la producción de azúcar e incorporar la generación de energía eléctrica. Eso se va a conseguir no solo con la caña de azúcar, sino también con el sorgo dulce que estamos incorporando. El azúcar que se va a producir ahí es aproximadamente el 45% del consumo nacional, el etanol será el equivalente a una mezcla del 8% de etanol con gasolina. Y también aprovecharemos un coproducto como el bagaso (el residuo de la molienda) para quemarlo en la caldera y además de alimentar de energía la planta y venderle el excedente de vapor a UTE como energía eléctrica". Así resume Leonardo De León, director ejecutivo de Alur, la nueva forma que promueve el gobierno para la producción de la caña de azúcar en Bella Unión. Ese era el plan original cuando el Estado tomó el control de lo que fue el ingenio azucarero de Calnu en febrero de 2006. Alur es un proyecto conjunto de Ancap que tiene el 75% la venezolana PDVSA con el restante 25%. La diversificación de la caña en tres productos y la ampliación del área de cultivo a 10.000 hectáreas son de los aspectos más destacados del proyecto y que dicen está vez sí, lo va a hacer viable y permanente.
Agronomía rechazó el plan de estudios para la carrera de "tecnólogo agroenergético" por inflexible: "El énfasis sucroalcoholero, relacionado con la caña de azúcar, implica que de desaparecer este negocio, los tecnólogos quedarían obsoletos", explicó a Qué Pasa la presidenta del claustro, Gianfranca Camussi. Consideraron, además, que la plantilla presentada tiene carácter de "borrador" y requiere precisiones. Los claustros de las facultades de Química e Ingeniería, en cambio, la apoyaron. Ricardo Facio, presidente del claustro de Química, opinó que "el país necesita carreras tecnológicas" y que el planteo sí es flexible. La carrera no se ha implementado aún.
Avance. Los productores y Alur acordaron crear una paramétrica que impida dos precios irreconciliables del azúcar.
Opción. De las industrias la de la caña de azúcar parecía la menos propicia a resurgir. El gobierno apostó por ella
En el barrio Las Piedras, un humilde conjunto de casas pegado a Las Láminas, está la sede de Unión de Trabajadores de la Caña de Azúcar, la UTAA. Allí, Jorge Rodas (en la foto de la página 4), su presidente mantiene viva la tradición combativa del sindicato que organizó aquellas marchas cañeras . "Los asalariados rurales que son la parte más sensible y menos contemplada" de este proyecto, afirma Rodas, quien promete "dar la pelea para que puedan conseguir un pedazo de tierra los compañeros". Dieciocho de sus 600 afiliados recibieron 10 hectáreas en el Campo Placeres.
Ser cañero no esfácil. Los "peludos" realizan la parte más dura y menos remunerada de la cadena productiva. Trabajando a destajo jornadas de ocho horas, cortando con una azada y poniéndose al hombro unos "monos" de 50 kilos de caña, los "peludos" saben poco de cambios tecnológicos en su trabajo: lo vienen haciendo así desde siempre. A fuerza de cigarro y energizados por el jugo de la caña que muerden entre los surcos, estos asalariados rurales cobran 136 pesos la tonelada cortada. En promedio pueden sacar hasta dos toneladas y media por día en una zafra que dura unos cinco meses. "Dejan la vida acá", dice Julio "Gordo" López, ex dirigente de la UTAA y actual arrendatario, a través de Alur de 10 hectáreas en el campo Placeres. Ahora tiene personal a cargo para la cosecha, un grupo de peones que van y vienen con la premura y la ropa raída del destajista . Es solo verlos encorvados sobre los surcos para comprobar que a una industria que dependa de ellos siempre va terminar siendo injusta.
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