FABIÁN MURO
NO sé mucho de política, no soy un hombre con mucha cultura", afirma Juan Carlos Leunas, encargado de mantener la casa quinta que alguna vez perteneció a José Batlle y Ordóñez. Hoy está cerrada al público y así ha estado desde hace más de una década. Rodeada de un basural, está en un barrio que simboliza la contracara del país que ideó el colorado.
"Acá dormía Batlle y dicen que cuando se despertaba de noche y se le ocurría algo, venía hasta esta sala y, parado, escribía algo", cuenta Leunas, recorriendo las habitaciones. Cuando llega al lugar donde el dos veces presidente escribía de noche, enseña diferentes objetos que hay en una sala, dominada por dos grandes escritorios y dos bibliotecas: instrumentos musicales, muebles y dos arcaicas máquinas para visualizar fotografías.
La soledad del lugar, que no es difícil imaginar atestado de cuestiones políticas y almuerzos familiares hace un siglo, da una incómoda sensación de tristeza.
Es que en un país que anualmente se vanagloria de homenajear al patrimonio y en donde hasta se abren los museos por la noche una vez al año, el estado de ese acervo histórico no siempre es el mejor. Y no siempre está en las mejores manos. Presupuestos insuficientes, ignorancia y desidia completan el panorama.
Y no todos tienen la preocupación de Leunas por la casona de Batlle y Ordoñez, ubicada en Teniente Rinaldi 3870. La construcción es administrada por el Museo Histórico Nacional, la unidad ejectura encargada de este y otros nueve monumentos históricos. entre ellos la casa-quinta de Luis Alberto de Herrera (cerrada y hasta hace poco saqueada por gente poco afecta al patrimonio) y el Apostadero Naval (en franco deterioro a pesar de una donación del rey Juan Carlos). En mejores condiciones están la casa de Antonio Montero (el Museo Romántico), la casa de Fructuoso Rivera, la de Juan Antonio Lavalleja, la de Francisco Giró (que funciona como museo de la cultura), la de Manuel Ximénez y Gómez y de Juan Zorrilla de San Martín.
El Ministerio de Educación tiene otras instituciones que también se dedican a la conservación museística de su acervo. Además del Museo Histórico Nacional, también está el de Artes Visuales, el de Artes Decorativas y el fusionado Museo de Historia Natural y Antropología. Otras dependencias del Estado tienen sus propios museos, como el Ministerio de Defensa, Antel, UTE o el Banco República. En todo el país hay 200 museos.
La institución central en cuestiones patrimoniales es la Comisión del Patrimonio Cultural de la Nación (CPCN), una de las herencias menos discutidas del gobierno de Juan María Bordaberry. La comisión se creó en 1971, con Julio María Sanguinetti como ministro de Educación y Cultura. La sede central está en 25 de Mayo 641, la casa donde vivió Manuel Oribe, otro monumento histórico. A diferencia de otros, éste se encuentra en excelente estado.
La misión de la CPCN es "velar por el patrimonio cultural del país", que en este momento abarca casi 1.400 monumentos históricos: 900 de propiedad privada y 500 de dominio público. Para restaurar y mantener los monumentos, la CPCN cuenta con 300.000 dólares anuales, más 40.000 para expropiaciones. No parece mucho: solo para restaurar el edificio de La Atarazana, uno de los pocos vestigios de la época colonial de Montevideo -ubicado detrás de la casa matriz del Banco República- y en franco deterioro, se necesitaría más que todo ese presupuesto.
Aunque la noción de patrimonio se ha ampliado en los últimos años para abarcar más que edificios, lo arquitectónico sigue predominando: "Tenemos un patrimonio fuertemente sesgado hacia la arquitectura" dice el arquitecto William Rey, actual presidente de la CPCN. Otro arquitecto, Nery González, que fue secretario ejecutivo de la Comisión y mantiene un blog -en el portal montevideo.com- sobre estos temas, dice que el patrimonio es un "invento". Para él, el patrimonio es una construcción intelectual y cultural mediante la cual la sociedad le asigna valor a ciertos mojones que vinculan el presente con la historia. "En última instancia, esos vínculos son los que nos dan sentido de pertenencia e identidad", dice.
Así, el patrimonio depende de dónde se elige poner la mirada y del valor que se le otorga a esa casa, mueble, documento o barrio. González dice que si por ejemplo la sociedad no considera prioritario restaurar el edificio de La Atarazana entonces esa construcción seguirá deteriorándose hasta desaparecer y amplía: "Si a Buenos Aires le sacan al Tortoni, muchos porteños seguramente considerarían que su ciudad pierde algo. Montevideo perdió el Tupí Namba, un espléndido boliche que estaba en Buenos Aires frente al Solís, y nadie parece lamentarse por eso", dice. González da más ejemplos de pérdidas, como la demolición del Mercado Central en la década de los años sesenta, o la del Asilo Larrañaga, en Gonzalo Ramírez y Jackson. "Pero de nada vale llorar por ellas. Ojalá sirvan de ejemplo para no seguir haciendo macanas", comenta.
Cuando llega a la azotea, Leunas el cuidador de la quinta de Batlle y Ordoñez, que improvisa con entusiasmo una visita guiada a pesar de estar de licencia, dice que habría que cambiar la membrana, que la que hay ya tiene 20 años y deja pasar la humedad. Desde arriba, señala montones de basura desperdigados fuera del muro que rodea la construcción y se queja porque la intendencia no limpia. Intramuros hay cipreses de varios tipos, nogal, laurel de jardín, gomero y más. Para cortar todo el pasto, dice, gasta 13 litros de nafta.
En el sótano, Leunas se pone la mano a la altura del muslo y dice que hasta ahí le llegaba el agua que inundaba todo cuando él se hizo cargo del mantenimiento de la casa, hace ocho años. Ahora ya no hay agua, pero las obras que se habían iniciado durante la presidencia de Jorge Batlle quedaron truncas. Se iban a construir unos talleres para enseñar oficios. No hay nada de eso.
Buena parte del cuidado de la casa-quinta consiste, además, en negociaciones con los vecinos: "Acá es medio bravo. Hay gente que pretende robar, otra que simplemente tira piedras, me grita `botón`, se enoja porque dice que yo no les dejo acceder a la casa cuando ellos pretenden. A mí me encantaría que esto esté abierto todos los días, para que la mayor cantidad de gente pudiera ver y apreciar las cosas que hay acá. Varias veces tengo que ir a encarar a los muchachos, para intentar hacerles entender que esto es de todos, y que hay que cuidarlo. Por lo general entienden. Pero no siempre".
Los vecinos de la casa que alguna vez fue de Batlle y Ordoñez no son los únicos que tienen dificultades para valorar el patrimonio edilicio. Y el personal dedicado a conservarla sirve de claro diagnóstico de la situación general del patrimonio uruguayo: un único empleado -ayudado por dos limpiadoras que van una vez por semana y un servicio 222- no parece suficiente para el cuidado de la casa quinta, en cuyo jardín también hay un invernadero y una gran pajarera.
Ejemplos de la combinación de desidia, indiferencia y falta de recursos sobran. La casa de los Pérez en Agraciada y San Fructuoso, cuya construcción alcanza a los tiempos de Artigas, es otro. La casa, donde se firmó el armisticio de 1814 entre españoles y fuerzas independentistas, fue una de los primeras que se declararon Monumento Histórico. Fue descuidada durante años: ya en 1972, una nota de El Día se titulaba "Agonía de un monumento histórico nacional" e incluso se llegó a hablar de demolerla. Cuando se comenzó a restaurarla, las obras arrancaron y se detuvieron más de una vez. Ahora, tras décadas de indiferencia, hay 600.000 pesos para terminar la refacción, asignados en septiembre. Parte de la fachada está notoriamente restaurada pero la que da hacia San Fructuoso está apuntalada.
Para, Rey, el presidente de la Comisión de Patrimonio, el estado patrimonial es, si se lo compara con algunos países europeos, malo. "En el contexto latinoamericano, estamos más empardados. En relación a lo que deseamos…obviamente queremos que esté mejor. Pero para eso es vital conocerlo muy bien. En estos momentos estamos realizando algo que deberíamos haber encarado antes, que es el inventario de todos los monumentos históricos". Espera que esté concluido para fines de este año pero prefiere no comprometerse.
Para el actual blogger y ex secretario ejecutivo de la CPCN, Nery González, el estado patrimonial arquitectónico uruguayo se divide en tres categorías: en hibernación, en vías de rehabilitación y rehabilitados. En la primera categoría están, para él, el Jockey Club, la Estación Central, la casa Soler y la Estancia de Narbona en Colonia (el edificio más antiguo del Uruguay que se conserva en sus lineamientos originales). En la segunda están construcciones como el ex Hotel Nacional y la casa de los Pérez. Y rehabilitados están el Hotel del Prado; la Casa Mojana reconvertida en el Centro Cultural de España y el Palacio Gandós (Hotel Colón), en Bartolomé Mitre y Rincón.
Aun cuando la escasez de dinero es un escollo difícil para mantener el patrimonio, también hay razones que van más allá de lo presupuestal y monetario. Una de ellas es que a menudo los encargados de cuidar edificios y archivos desconocen el valor de lo que está bajo su responsabilidad.
"En 1999, cuando empecé a preparar el libro "El caudillo y el dictador" y recopilaba documentos, andaba atrás de las Instrucciones del Año XIII originales", recuerda la historiadora Ana Ribeiro. "Las encontré en la casa de Lavalleja, en una carterita sucia e infame. Estaban ahí, como olvidadas, juntando polvo. Además, me di cuenta que las personas encargadas no tenían mucha noción acerca de la importancia histórica del material que tenían que cuidar. Se me crisparon todos los pelos y llamé a Enrique Mena Segarra (ex-director del Museo Histórico Nacional) para contarle. Por suerte, se tomaron cartas en el asunto y están a buen resguardo",
Desde el Archivo General de la Nación (AGN), la directora Alicia Casas de Barrán sostiene que el original de las Instrucciones del año XIII está ahí, y muy bien conservado. Casas de Barrán asumió la dirección del organismo hace tres años y le queda dos años en el puesto. En el archivo hay documentos desde 1724. Esos papeles son la historia de las instituciones, pero la directora se lamenta que éstas no tengan conciencia acerca de la importancia de un archivo: "Comprendo que un archivo no tiene tanto glamour como una biblioteca", comenta esbozando una sonrisa. "Pero no tendremos historia si no tenemos documentos", sentencia. "El estado se preocupa por sus papeles mientras estos tienen vigencia y se usan para los fines más inmediatos. Apenas caducan, se pierde todo interés por esos documentos".
Ella y su asistente, Mauricio Vázquez, manejan una institución que cataloga y cuida una parte de los documentos institucionales de Uruguay. Con un presupuesto que abarca un poco más de 600.000 pesos para mejores edilicias y menos de 200.000 pesos para equipamiento (en rigor, 189.000 pesos), no hay mucho margen de maniobra y tampoco espacio para grandes ambiciones.
Pero la directora no se queja, al menos públicamente, sino que, como otros encargados del patrimonio, se las ingenia para salir adelante. Cuando se enteró, por ejemplo, que Antel iba a cambiar sus computadoras, le escribió a la presidenta, María Simon, para que la empresa de telecomunicaciones donara los equipos viejos. Luego de un largo trámite que ella ilustra con una mueca de disgusto, consiguió que le donaran 10 PC. Eso permitiría concluir el censo nacional de archivos, cuya primera parte, la de Montevideo, ya está pronta y falta la del Interior. La dirección de los Archivos Generales de España aportó aproximadamente 20.000 euros para el censo.
Cuando la funcionaria dice que las instituciones no se preocupan demasiado por cuidar los papeles que en un futuro serán los que documenten la historia del organismo, pone un ejemplo: "Las instituciones, cuando quiere castigar a su personal, porque por ejemplo falta a su puesto de trabajo, tienen un reflejo condicionado: `A ese mandalo al archivo`".
Esa actitud también es mencionada por Alejandro Giménez, de la Dirección de Cultura del Ministerio de Educación y Cultura. Giménez coordina las actividades de los cuatro museos en la órbita del MEC: el de Artes Visuales, el de Historia Natural y Antropología, el de Artes Decorativas y el Histórico Nacional. "Me consta que ser funcionario de un museo es ser el último orejón del tarro. Tengo 14 años de experiencia en eso. Eso denota un descuido y una falta de interés por el pasado y el patrimonio que se está tratando de revertir, pero no es fácil".
A partir de este año el Museo Histórico Nacional, la Biblioteca Nacional y el Archivo General de la Nación se fusionan en una única unidad ejecutora y no tres por separado, como lo fue hasta ahora. Eso provocó la renuncia del profesor Enrique Mena Segarra a la dirección del Museo Histórico Nacional: "No comparto la medida, por considerar que se trata de tres organismos bastante diferentes entre sí, con distintas finalidades y con una larga tradición cada una. Va a dificultar y menoscabar el funcionamiento de todas estas instituciones", dice. Como director interino quedó el Dr. Luis Augusto Rodríguez, quien junto a Casas de Barrán y Tomás de Mattos, director de la Biblioteca Nacional, integrará la Dirección Nacional de Bibliotecas, Archivos y Museos, la Dibam.
Pero también desde los propios museos hay carencias. En la opinión de Giménez, éstos no se han actualizado: "En el 2005 empezó el programa `Museos en la Noche`, que este año abarcó 68 museos y centros culturales de todo el país".
Las actividades de los museos recoge elogios, pero hay opiniones que advierten sobre los intentos de abarcar más de la cuenta. El ex presidente de la CPCN, Manuel Esmoris, sostiene que hace falta una distribución racional de recursos, además de pensar en políticas para hacer accesible la memoria al público: "Es como si todos quisieran tener su propio museo, es medio de locos eso. Pero para poder tomar decisiones respecto a estas cosas, hay que tener un conocimiento detallado, hacer inventarios y relevamientos, que se hacen intermitentemente o no se hacen. Si no hacemos eso, vamos a tener más patrimonio del que podamos manejar".
"Ahora está viniendo una persona a ayudarme con el inventario de algunas cosas", cuenta Leunas, el abnegado cuidador de la quinta de Batlle, mientras muestra un afiche con una dedicatoria firmada por todos los campeones olímpicos de 1924, que reposa entre varios de los libros que formaron parte de la biblioteca personal de Batlle y Ordóñez. "A esa persona la mandaron para acá como castigo. Eso es algo que no puedo entender. ¿Cómo puede ser un castigo trabajar acá?", se pregunta y señala los muebles, los telares y los muchos objetos que ni los carteles de "No tocar", ni el tibio cariño oficial hacia ellos, consiguen afear.
Un legado desperdigado
La ignorancia, la desidia, la escasez de recursos y capacitación de los encargados del mantenimiento del patrimonio, todos esos factores contribuyen al poco decoroso estado del archivo de Lauro Ayestarán. El legado del musicólogo se encuentra hoy desperdigado en varias partes, tanto en Uruguay como en el extranjero. La intérprete y compositora Estela Magnone recibió el encargo del MEC de rastrear las diferentes partes del archivo para reunir todo bajo un mismo techo, en lo que será el nuevo complejo de Sodre, cuya apertura se ha anunciado una y otra vez por sucesivos gobiernos pero todavía no se concreta."Hay una parte de ese archivo que ya está `perdida`, porque fue adquirida por la biblioteca del Congreso de Estados Unidos", dice Magnone. La biblioteca oficial de EE.UU. compró 6.000 partituras para su propio archivo, pero es posible adquirir copias. De hecho, el MEC y la Escuela Universitaria de Música seleccionaron 300 partituras, las consideradas más importantes, que ya fueron pagadas a un precio de U$S 2.500. Otra parte del archivo, la sonora, está en el Museo Romántico. "También hay una parte en el Sodre, de cuando Ayestarán trabajaba ahí. Y finalmente hay una parte en la casa de sus descendientes", cuenta Magnone, a pesar de que el estado ya pagó por ella y hasta mandó las cajas para embalarlo y trasladarlo. Así, dividido y desperdigado, el trabajo de Ayestarán sigue dando cuenta de la inconsistencia del discurso oficial uruguayo respecto a su patrimonio.
Protectores naturales
Cuando las instituciones fallan, los quirópteros se encargan del mantenimiento del acervo. Es el caso del Museo Fernando García, en Camino Carrasco 7075. Estuvo cerrado durante varios años y reabrió hace tres. En los hangares en los que se exponen los carruajes, había una gran colonia de murciélagos cola de ratón (Tadarida brasiliensis). El coordinador del museo, Luis Alvez, explica que los informes acerca de la transmisión de rabia por mordidas de murciélagos fue una alarma y se hizo un diagnóstico del estado sanitario de la colonia. "Recibimos varias propuestas para fumigar, pero no lo hicimos. Gracias a los murciélagos se pudo mantener relativamente bien el estado de los carruajes". Es que los murciélagos, protectores naturales, se comen insectos como polillad y termitas. "Si no fuera por ellos, la madera de los carruajes estaría aún más deteriorada". Luego de la reapertura del museo, los murciélagos desaparecieron, pero Alvez dice que se creó un hábitat artificial para ellos. "Nos gustaría que se instalen y nos sigan ayudando a mantener el acervo".