XIMENA AGUIAR
Llegó el príncipe azul. El hombre respetuoso, ubicado, prolijo, trabajador, el que prevenía delitos, el que había adoptado a un niño. Quizás algo anticuado, pero encantador, Walter Daniel Olivera le pidió a Esther Marcos la mano de su hija, María Fernanda Rial. Hace de eso unos dos años y medio.
El proceso que llevó a que Olivera matara a Rial y se suicidara fue relativamente corto, comparado con otras historias de violencia doméstica. Su historia tuvo el final trágico que a fuerza de repetirse parece inevitable. Pero antes hubo un proceso con etapas y condicionantes que quienes trabajan en el tema conocen demasiado bien.
Después de la muerte de su hija, Esther ha sido contenida y asesorada por diversas ONGs que trabajan el tema de la violencia doméstica. Entonces empezó a conocer lo que hubiera querido saber antes. Ahora quiere formar su propia ONG para apoyar e informar a otras madres, y para luchar junto a ellas. Mientras, sigue revisando expedientes en busca de detalles que completen la historia de María Fernanda Rial y Walter Olivera.
Marcando la cancha
Esther conocía a Olivera desde hacía 14 años porque él hacía el servicio de seguridad 222 en las viviendas donde ella habita, en Aparicio Saravia y San Martín. Para Esther era "el hombre ejemplar". Cuando le anunció que estaba enamorado de su hija, le dijo que iba a llevarla con él y a darle una vida digna. "Como si ella no tuviera una vida digna", se molesta ahora Esther. Fernanda tenía 24 años, dos hijos de una pareja anterior y trabajaba haciendo limpiezas en una empresa. Daniel (lo llamaban por el segundo nombre) era 16 años mayor. Se mudaron juntos, él compró lo que necesitaban, y regalos para todos. Fernanda, recordó Esther, "era una reina".
La madre empezó a ver que algo no funcionaba bien cuando las visitas de su hija y nietos empezaron a limitarse. Fernanda explicaba que su pareja no quería que, desde la casa de su abuela, los niños cruzaran a visitar a su padre, como siempre lo habían hecho. Las visitas de Fernanda eran cada vez más cortas: a los 20 minutos de llegar sonaba su celular y se tomaba un taxi de vuelta.
Nita Samuniski, integrante de la ONG Mujer Ahora, dijo que, cuando se formó la pareja, "los dos creyeron en una promesa de amor, pero estaban hablando de cosas diferentes, y eso no se explicitó. Para mantener su esperanza, él empezó a acorralarla y ella a ceder".
Olivera empezaba a mostrar algunas de las características que pueden reconocerse en los ofensores domésticos. Robert Parrado, fundador del grupo Renacer, que trabaja en la rehabilitación de quienes ejercen violencia doméstica, señaló algunas características que se repiten: la "doble fachada" (manejarse diferente en el mundo público y dentro de su casa, en el mundo privado); el buscar "el aislamiento social" de su pareja para tener más control, la inseguridad, la minimización de sus actos, la externalización de la culpa. No son rasgos muy diferentes a los de otros varones, resaltó. Por su terapia han pasado policías, periodistas, médicos, ingenieros, hurgadores, gente con mucho y poco dinero.
En la mujer, señaló la "indefensión aprendida", la idea de que debe ser cuidada, protegida, que debe sacrificarse por los que ama. Según Samuniski, también "opera la ideología maternal de las mujeres, ese entrenamiento para cuidar y comprender lo que le pasa al otro. Si tiene una explicación, lo acepto, y me adapto". "Hemos aprendido que el amor todo lo puede, que todo vale si es por amor, y eso desdibuja los límites", añadió.
En general son los hombres los que ejercen la violencia doméstica. Pero esto no implica que haya una tendencia natural de los varones hacia la violencia; de hecho hay mujeres que ejercen violencia cuando tienen mayor poder sobre otro, por ejemplo niños o ancianos a su cargo. La clave de la explicación, según los especialistas, está en la desigualdad de género, en la que se abarca desde la educación y los modos de socialización aprendidos hasta las expectativas de realización.
Las etapas de la violencia
El 24 de diciembre de 2005 el asado estaba servido, pero los hijos de Fernanda se mantenían quietos frente al plato. "Coman", les dijo su abuela. "Cuando Daniel dé la orden", contestaron. Después de esa escena, Esther empezó a estar más atenta. Fue enterándose de algo más a través de los comentarios de su nieta: "Yo no entiendo por qué cuando Daniel va al baño mamá lo tiene que acompañar"; "Yo no entiendo por qué Daniel se va a acostar y mamá le tiene que hacer masajes".
El desnivel de autoridad en la pareja se da en algunos casos porque ambos miembros creen que es parte de las prerrogativas del hombre. "No se plantea por qué él pide poder o por qué ella debe dárselo, el desbalance está naturalizado", dijo Parrado. Las parejas pueden mantener durante años un modo de relación autoritario, y la violencia física llega, en general, después de 10 o 12 años de relación. En este caso, fue distinto: los intentos de Rial por mantener su independencia o separarse fueron rápidos detonadores.
Una de las vecinas de su hija le contó a Esther que escuchaba gritos: "escándalos de mañana porque ella iba a trabajar, que si vas me mato...". Esas amenazas son parte de lo que los especialistas engloban como "violencia emocional", junto con el destrato, el desprecio, la descalificación. Es un primer paso en la violencia, que tiene sus "etapas", aunque éstas no son sucesivas sino que coexisten o se repiten de manera cíclica.
Daniel empezó a romper cosas cuando se enojaba: un espejo grande, antiguo, que era de Fernanda; la televisión, una bicicleta... Es lo que se denomina "violencia ambiental". Implica también, del lado del hombre, una autoagresión: al golpear la pared, se golpea a sí mismo. Es una señal de pérdida de control.
La violencia ambiental suele ir acompañada de violencia física, que puede ir desde un empujón hasta la muerte, dijo Parrado. Después de una crisis extrema, como una paliza, el relato de otras mujeres habla de una etapa de "luna de miel": él pide perdón, dice que ella es lo más importante de su vida, parecen reconciliarse. Pero en la historia contada por los hombres, no se reconoce ese momento. "Se encontraba una etapa de reacomodación. Los varones no reconocían que estuvieran obrando mal. Había un perdón, una salida, que eran en realidad una manipulación para mantener la pareja. Sólo si la mujer estaba asesorada y ponía límites podíamos llegar a un arrepentimiento".
Después de la violencia física, actúa la violencia psicológica, que es la amenaza de que el ataque vuelva a ocurrir. Con sólo un amague, con la existencia de la posibilidad, ella recrea el dolor y la impotencia, explicó Parrado. Por un tiempo, no es necesario recurrir a la fuerza para que todo se mantenga igual. Pero los ciclos se repiten, cada vez más rápidamente.
Idas y venidas
Una vecina de Rial y Olivera denunció el 6 de noviembre que había escuchado gritos y disparos. La resolución del juez en esa ocasión fue que él se retirara de la casa, contó Esther. Pero esa noche estaba vagando y llorando en la calle. Fernanda sintió lástima y culpa de que él pudiera perder su trabajo. En la seccional la rezongaron porque lo había dejado entrar. Todo siguió igual.
Fernanda no quería denunciarlo. "La mujer que fue maltratada se adapta para evitar que se repitan esas situaciones, intenta que nada se mueva, para que no vuelva a pasar", dijo Parrado. Empieza a actuar en función de ese miedo: ya lavó la cocina, pero la repasa para que no haya problemas, ya enceró el piso, pero lo repasa por las dudas. Teme que cualquier intervención o cambio genere una explosión de violencia. Además, se identifica con la visión del agresor, comprende sus explicaciones, no quiere ocasionarle daños, y piensa que tiene parte de la culpa por no cumplir con sus "deberes".
Esa Navidad Fernanda llegó con sus hijos en un taxi, con sus ropas en bolsas, llorando. Habían discutido, él la había echado. Antes de que terminaran de tranquilizarse, estaba sonando el teléfono: Daniel quería hablar con ella. Le dijeron que esperara al día siguiente y desconectaron el teléfono. Empezaron a sonar los celulares. Los apagaron. Mientras Fernanda y sus hijos estaban en la casa, Esther salió a probar el asado y lo vio acercarse.
"Que salga Fernanda, debe estar con ese perro (por su ex pareja). Que salga, o acá va a correr sangre", dijo, según recuerda Esther, y disparó al aire, en medio de un complejo de viviendas en el que varias familias estaban festejando la Navidad al aire libre.
Durante toda esa noche Esther, su marido y su hijo se dedicaron a echarlo y a vigilar. Al día siguiente Esther lo denunció en la seccional 12. Le dijo al juez que tenía miedo por la vida de su hija y de su familia. A partir de ese día empezaron a dormir en el suelo y a apagar las luces de noche para que no se los viera de afuera, contó. Así durante unos 15 días. Hasta que Fernanda agarró sus cosas y volvió a su casa.
Esther sostuvo que fue porque estaba bajo amenaza. Samuniski dijo que Fernanda puede haber pensado que esa sería una estrategia para mantener las cosas calmas: verlo de vez en cuando, amigablemente, bajar el nivel de tensión. Pero no fue una solución.
Daniel quería que Esther retirara la denuncia, que le había implicado en Prevención del Delito un sumario interno y el retiro del arma de reglamento. Para ello, intentó presionar con la excusa de que quería adoptar a una niña conocida por ellos, que había perdido a sus padres. Puso a la niña en el auto, con sus pertenencias, y fue a buscar a Fernanda, para decirle "que la llevaba al INAU porque ella y su madre no lo querían ayudar".
Desenlace
A principios de este año Fernanda consiguió trabajo en la división Limpieza de la Intendencia Municipal de Montevideo. A finales de marzo se fue a vivir con una compañera. Le dijo a Daniel que se iba, él dijo que no la iba a molestar más.
Después de la separación, Parrado dijo que los hombres empiezan la "rumia mental". Imaginando al detalle sus miedos, se enojan con ella mientras no está.
El 2 de abril Daniel la fue a buscar a la Intendencia, gritando y amenazando. Los compañeros de Fernanda la llevaron a hacer la denuncia. Parrado señaló que ésta era una señal de la gravedad de la situación: había llevado su conducta a un lugar público.
Estando separada, Fernanda fue, bajo amenaza de dañar a sus hijos, a tener un almuerzo de "pareja ideal" con Daniel. Para Esther fue incomprensible, y cree que cuando su hija entró de vuelta en esa casa ya estaba entregada a la idea de que alguien tenía que morir, y que iba a ser ella. "La renuncia del prisionero", llama Parrado a esta actitud, que señala como uno de los síndromes que aparecen a partir de la violencia doméstica. Dejarse morir, cuando no se ve la salida. Pero ese día salió ilesa.
Otra señal que, tardíamente, evidencia la desesperación de Daniel, son las anotaciones que se encontraron luego. "Necesito ser dueño de la situación y con ella no lo soy". "Yo la necesito, ella a mí no". Allí señalaba que se sentía "fracasado en el aspecto laboral, policial, moral y económico"; que no se sentía "capaz de hacer feliz a nadie", que no tenía "fuerzas para luchar ni motivos". Que no sabía qué hacer de su vida. Que tenía miedo a la soledad y que se desconocía a sí mismo.
Parrado dijo que ese escrito muestra que había "un potencial de riesgo muy importante. El mensaje es: yo estoy terminado. Y, dado el contexto, antes de irme, me llevo todo". Y así fue, el 18 de abril. Según dijo a la prensa la amiga con la que vivía Fernanda, llegó a la casa con armas, preservativos y pastillas para dormir. Fernanda murió horas después, Daniel al día siguiente.
Esther dice que no ha dejado de recibir apoyo desde entonces. Sus nietos están viviendo con el padre, pero van a su casa casi todos los días. Lo más difícil de estos últimos días fue festejar los cumpleaños familiares. Según dijo, ahí siente más claramente el vacío.
En pasado y condicional
Cuando nos enteramos de esta historia, en el grupo de rehabilitación había dos policías. Ojalá Olivera hubiera estado allí", dijo Robert Parrado, de Renacer, una de las pocas ONG que trabaja con ofensores domésticos. Quienes trabajan esta problemática lamentan no haber podido tomar contacto antes con la pareja. A ella se le podía haber dado apoyo para sostener su decisión y para diseñar una estrategia de salida. A él se le podía haber ayudado a aceptar la separación, a reconstruir su vida en soledad, explicó Nita Samuniski, de la ONG Mujer Ahora.
La necesidad de apoyo para quienes ejercen violencia doméstica, y en particular para los funcionarios del Ministerio del Interior, fue uno de los temas expuestos por el caso de Walter Olivera. Marisa Lindner, del Instituto Nacional de la Mujer, dijo que se tiene como objetivo instalarlo en este año. El caso también es una muestra de que el mecanismo de las medidas cautelares no está bien ajustado. "Habría que detener en cualquier comisaría a quien las incumpla, porque ya hay una sentencia que se debe cumplir", señaló Samuniski.
Pero para atacar la violencia es necesario empezar antes. "Hay que pensar en un sistema nacional integral de prevención, que opere desde el sistema de enseñanza, cuestionando los modelos, reflexionando las relaciones", dijo Samuniski. Parrado señaló que "incluso compañeros capacitados viven esta situación, sufriendo o ejerciendo. No basta la capacitación. Lo que hay que hacer es revisar, cada uno, su condición masculina, su condición femenina".