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Comienza el revisionismo de la era Chirac, continuidad de la nada que legó el socialista François Mitterrand
Los franceses despiden a un auténtico decadente
Se va tras 12 años de gobierno y ya se hace leña del Chirac caído. Se lo acusa de ser oportunista, mentiroso e ineficaz. En el país de la libertad, la igualdad y la fraternidad, logró exponer a sus habitantes a una inequidad nunca vista.

PATRICIO ARANA, LA NACIÓN, GDA

El gusto por el poder es una realidad. Es como los jugadores en los casinos. Al cabo de un tiempo ya no están más allí por el dinero sino simplemente porque les gusta jugar", dijo el ex presidente Franois Mitterrand en 1994, cuando el perfume del "fin del reino" ya se sentía en el país y, obstinado, carcomido por el cáncer, afirmaba que haría todo "para aguantar hasta el final". Lo hizo.

El reinado de Mitterrand duró 14 años. El de Jacques Chirac, que anunció su retiro definitivo de la vida política francesa, duró 12. Toda una generación de franceses creció con ellos y, sin embargo, el final no fue para ninguno de los dos lo que hubieran soñado. Escándalos de financiamiento ilegal de partidos políticos, cohabitaciones con la oposición en la cúpula del poder, son algunos de los principales cuestionamientos que se le hacen a Chirac, cuya decadencia muchos identifican con la de la propia Francia.

Mentira, traición y oportunismo son palabras que se repiten en cualquier análisis de su extensa carrera política, que comenzó a mediados de los años `60 y a lo largo de la cual se dedicó, casi exclusivamente, a conquistar y reconquistar el poder. Fue siete años primer ministro bajo dos presidentes, durante 18 fue alcalde de París, durante 21 fue diputado, otros 13 fue ministro, dos eurodiputado y, por fin, durante 12 años, presidente.

¿Cuál será su legado? Nada positivo. En 1995 recibió un país en crisis con una deuda pública correspondiente al 45% del PBI y un desempleo del 11,5%, es decir 2,9 millones de personas. En 2007 el desempleo es casi dos puntos inferior -disminución que en parte se debe a los empleos subvencionados-, los beneficiarios de la alocación mínima suman 1,1 millones de franceses y la deuda asciende al 66% del PBI francés.

El país que tenía que reformar al acceder al poder en 1995 sigue estancado en su inmovilismo heredado del reino de Mitterrand y dividido entre los que se benefician con el statu quo y los excluidos, que son muchos. Jean-Marie Colombani, director del diario Le Monde, resumió la decadencia francesa en un editorial que publicó cuando las calles de los suburbios franceses ardían a fines de 2005: "Francia rehúsa adaptarse en nombre de la preservación del estatus de aquellos que tienen uno". En el país de la igualdad, la desigualdad reina.

Su presidencia se resume en 12 años de inmovilismo, una década y más en la que Chirac tomó el recaudo -luego de haber fracasado en el intento de transformarlas- de preservar las "conquistas sociales" y de no abandonar el "modelo social francés", envidiable, claro está, pero difícil de financiar.

Chirac comenzó su carrera política flirteando con el comunismo cuando era estudiante. En 1950 firmó incluso el Llamado de Estocolmo, documento de inspiración comunista que reclamaba la prohibición del armamento atómico. Paradojas de la historia, o excelente ejemplo de sus contorsiones políticas, 45 años después su primera acción significativa de gobierno fue aprobar el reinicio de los ensayos nucleares franceses.

Es que una de las características que señalan los biógrafos del presidente francés son sus cambios de posición. Adepto al control estatal en los setenta, Chirac se convirtió al liberalismo en los ochenta. A las nacionalizaciones lanzadas por Mitterrand al llegar al poder en 1981 le siguieron las privatizaciones de Chirac cuando fue primer ministro, a partir de 1986. Llevó a cabo su campaña presidencial de 1988 bajo la bandera del liberalismo. Esa campaña supuso un fracaso para el aspirante y un éxito para el socialista que ese año fue reelegido. Aprendida la lección, Chirac se presentó en las elecciones presidenciales de 1995 con el eslogan de la "fractura social", y el que encarnó el liberalismo en esa elección fue el primer ministro Edouard Balladur. Elegido presidente, lanzó una política de austeridad para poner en línea al país con los exigentes criterios de Maastricht, es decir un déficit público no superior al 3% del PBI cuando en aquella época alcanzaba los seis puntos porcentuales.

Jubilados jóvenes, estudiantes viejos

Las medidas impulsadas entonces significaban reconsiderar el "modelo social francés", por lo tanto fueron impopulares e incitaron huelgas masivas que paralizaron al país. Una situación similar, aunque en menor escala, vivió Francia cuando en 2006 se intentó flexibilizar el mercado laboral para facilitar el acceso de los jóvenes (entre los que el desempleo alcanza el 22%) a la vida activa. Ante la presión de la calle, el presidente dio marcha atrás: privilegió el conservadurismo en detrimento de la reforma.

Para el periodista Franz Olivier Giesbert, como para muchos economistas, la "excepción francesa" se basa en un solo principio: financiar la política social endeudando al país. Las generaciones futuras son las que deberán arreglar las cuentas impagas cuando les llegue el momento.

Del primer mandato de Chirac pocos hechos sobresalen. Al cabo de dos años de gestión disolvió la Asamblea para luego lidiar con una incómoda cohabitación con los socialistas. Durante ese lustro, Francia limitó la semana laboral a 35 horas y se convirtió en un país en donde trabajar mucho es prácticamente un delito. Fue, en los hechos, una pequeña revolución socialista que benefició a un sector determinado de la población de ingresos medios y condenó a los que ganan poco a seguir ganando poco. "Una nación industrial no es un parque de diversiones en donde los jubilados son cada vez más jóvenes, los estudiantes más viejos, los horarios de trabajo cada vez más reducidos y las vacaciones cada vez más largas", dijo entonces el canciller alemán Helmut Kohl. Pero Chirac no se opuso e incluyó esta popular y antieconómica medida bajo la carátula de "conquista social", es decir intocable incluso durante su segunda presidencia. Un francés trabaja hoy 597 horas por año, un inglés 792 y un estadounidense 872.

"No soy un euromilitante, soy un europragmático. No hago teoría sobre Europa. Digo lo que tiene que ser y se hace todo para que sea lo mejor posible", sentenció alguna vez Chirac. Su política europea concluyó con un rotundo fracaso en mayo de 2005, cuando Francia rechazó en un referéndum el Tratado Constitucional destinado a reformar el funcionamiento de las instituciones del bloque europeo. Su mayor logro tal vez haya sido el haber logrado que Francia cumpliera con los requisitos necesarios para ingresar a la moneda única, el euro. Las otras iniciativas conjuntas fracasaron, como por ejemplo el proyecto de una defensa europea, que terminó bloqueado por los desencuentros entre París y Berlín, o la presión de Francia para que se adoptara el Tratado de Niza en 2000, que ya relevaba las carencias en el funcionamiento institucional del bloque.

Al calificarse como un "europragmático", Chirac, efectivamente, no se equivocó. Priorizó las políticas de corto plazo en detrimento de una visión global que otros presidentes sí tuvieron. El rechazo a la Constitución europea no sólo sumió al bloque en una profunda crisis de la que aún no salió sino que aisló a Francia, uno de los fundadores del club. El episodio de la guerra de Irak y la oposición que lideró Francia puede leerse como el vaso medio lleno o medio vacío. Defendió un pacifismo loable y criticó el "unilateralismo" estadounidense. Pero los críticos señalan que esta posición llevó casi a la ruptura las relaciones con Washington.

¿Qué es lo que rescatarán los historiadores de las presidencias de Chirac? "Probablemente algunos lindos discursos y el reconocimiento del papel de Francia en la deportación durante la ocupación alemana", sostiene Giesbert. Ese es, quizás, uno de los mayores logros de Jacques Chirac: el haber abandonado el silencio oficial sobre el pasado de la República francesa durante la ocupación alemana. Siguiendo la tradición de Charles de Gaulle, para Francia no hubo continuidad de la República durante el régimen de Vichy. Franois Mitterrand respetó esta política hasta su último soplo. Durante su presidencia había tomado por costumbre depositar una corona funeraria en la tumba del mariscal Philippe Pétain en cada aniversario de la batalla de Verdún. En 1994, cuando le pedían explicaciones sobre este "homenaje" a Pétain, Mitterrand repetía: "No pediré disculpas en nombre de Francia. La República no tiene que ver".

Menos de 100 días después de haber accedido al Elíseo, Chirac puso fin a esta política, que prevaleció desde el gobierno provisorio de 1944, y reconoció la responsabilidad del Estado francés en la deportación de judíos durante la ocupación. The New York Times rescató este episodio de la larga presidencia de Chirac y subrayó que éste "será probablemente recordado por los historiadores (...) como el primer líder francés en reconocer la responsabilidad del Estado francés en la exterminación nazi". En cuanto al resto, probablemente quede en la memoria por sus mentiras, su oportunismo o sus promesas incumplidas hasta que la Justicia lo cite a declarar como testigo, o imputado, por las causas que lo siguen desde que fue alcalde de París.

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Balance. Jacques Chirac, 12 años después de asumir el poder. Muchos de sus críticos dicen que llevó a Francia al inmovilismo y la impotencia.
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