Patricia Mango, corresponsal en Canelones
Definirlo y ubicarlo ya es difícil. Cuando se pregunta por Canelón Chico, se debe especificar "cuál de los tres" porque el pueblo abarca varios tramos y se divide a lo largo de varias de las rutas del departamento: las número 32, 66, 67, 68, 69 y la 107.
Canelón Chico está ubicado entre Canelones, Juanicó, Progreso, Las Piedras, Toledo, Sauce, Santa Rosa. En realidad es más que pueblo: es una zona rural que tiene algunas pequeñas villas. Una de sus características salientes es la cantidad de casas rodeadas de campo, aunque los vecinos dicen que en muchas de ellas se ha abandonado cualquier tipo de producción. Varios lugareños han emigrado y algunos se quedaron en la zona trabajando en el campo "de otro".
Pese a que en la zona no se ve pobreza ni casuchas indigentes y aunque su nombre se asocie de inmediato con bodegas y viveros, Canelón Chico ostenta hoy un récord difícil de igualar por cualquier otra localidad uruguaya: a la fecha el 96,59% de los padrones no pagan sus impuestos municipales. Medida en pesos, la morosidad alcanza al 98,76% de lo que la Intendencia debería recaudar en la zona.
Dicho de otro modo, allí prácticamente nadie paga sus impuestos. Según cifras oficiales de la Intendencia canaria, Canelón Chico ostenta con holgura el récord de morosidad en Canelones, un departamento donde pocos pagan. El segundo lugar lo ocupa Balneario Argentino (88,80% de los padrones no pagan), seguido por Montes (88,46%), balneario Biarritz (83,89%), Estación Floresta (81,78%), Jaureguiberry (78,25%), Neptunia (77,47%) y Colonia Nicolich (74,92%).
Las causas de por qué ocurre esto en Canelón Chico no son fáciles de determinar. La mayoría de los vecinos entrevistados dijo desconocer esa realidad.
Hace cinco años, el agente policial Nicolás Scaso, asignado a la subcomisaría local, realizó un estudio que mostró, entre otros resultados, que la zona tenía unos 5.000 habitantes. Además, quedó claro que existía cierta prosperidad, ya que había 30 comercios entre almacenes, panaderías y carnicerías; 15 entre avícolas y granjas, dos viveros y cerca de 20 industrias: fábrica de harina, de raciones y horno de ladrillos, entre otras.
Por qué entonces la morosidad alcanzó prácticamente al total de los residentes es una realidad vista desde diversos ángulos según con quien se hable.
Ana Chabasco, una vecina consultada, dice que no pagó porque "no valía la pena". No tiene expectativas con el nuevo plan de readecuación tributaria y ve muy lejana la posibilidad de ponerse al día. La inestabilidad laboral —ella es empleada doméstica, su esposo tiene un trabajo de escasa remuneración y están inscritos en el Plan de Emergencia— la atemoriza.
Sobra la ruta 32 está una de las cuatro escuelas de la zona. Es la número 93, llamada Artigas y donde también funciona el liceo local.
Ambas instituciones concentran un número alto de estudiantes: en la escuela son 200; en el local de Secundaria se negaron a proporcionar ninguna información.
El nivel escolar es "medio" y no delata situaciones extremas. Eso sí, "muchos son hijos de peones" y "pocos" de bodegueros, apuntó una vecina.
En Villa San Cono, a un par de kilómetros de ambas instituciones viven 53 familias, poco más de 100 personas cuya situación socioeconómica es difícil. "Hay muy pocas personas activas, son muchos jubilados y viudos", comentó Bety Romero, quien está involucrada en el trabajo social de la zona. Ella tiene un atraso de dos años en el pago de la contribución pero dice estar expectante por acogerse al nuevo plan de pagos que instrumentó la Intendencia.
"Desde hace diez años la villa se vino abajo", agregó Romero que, pese a su atraso en el pago de los impuestos, está abogando por una luz para la placita y por mejoras en la villa. Incluso piensa en traer al lugar al plan Mevir, de erradicación de la vivienda insalubre rural, para lo que ya tiene anotados varios interesados.
Según cree el lugar está "abandonado" y eso desestimuló el pago, aunque también influyó la difícil circunstancia económica de sus residentes.
Distinta es la situación de Mariela, que prefiere no decir su apellido. Vive en el Canelón Chico de ruta 67 y dice que tiene sus tres padrones al día. Pero coincide en que la zona ha padecido una emigración de jóvenes y que, además, varios productores abandonaron sus campos por falta de réditos y se fueron a trabajar a otros establecimientos, como peones. No le asombró el dato sobre el que se le consultó porque tuvo oportunidad de corroborarlo. Mariela quiso reclamar por el arreglo del camino y cuando pretendió recolectar firmas más de uno se negó porque no tenía su contribución paga.
La "caída" de Canelón Chico se empezó a notar en el año 2000, comentó Eduardo, almacenero de la ruta 32 que abastece un radio de tres kilómetros y tampoco aceptó decir su apellido.
"Hay muchas quintas abandonadas, otros que trabajan de peón y hay quienes teniendo la chacra, viven en ella pero no la trabajan. Y son varios los jóvenes que han emigrado", dijo.
Recuerda cuando la zona era llamada antes "el jardín de Las Piedras", porque abastecía el comercio de frutas y verduras de esa ciudad. Este vecino desconocía que existiera tal grado de morosidad, pero "sabía que muchos no pagaban". Lo adjudica más que nada a la "costumbre" local de "olvidarse" de pagar el impuesto.
"Dicen que muchos se fueron", afirma el comerciante y piensa que eso tal vez podría explicar en parte el fenómeno moroso. No ve tampoco que haya una gran expectativa con el nuevo plan de readecuación tributaria que se implementó el 17 de octubre en el departamento. "Hay un sector que tiene fe pero la mayoría no", agregó el almacenero de campaña.
Su comercio es toda una institución en la zona. Durante la primera quincena del mes la clientela se abastece en supermercados, pero cuando se termina la plata, vuelven allí, al pago, a comprar fiado.