Daniel Mazzone
En un artículo anterior —publicado en Qué Pasa el 8 de marzo— intenté fundamentar que la actual crisis uruguaya es principalmente cultural y política, pero algunos intelectuales expresaron su molestia por considerar que las cosas no son tan graves como este cronista sugería. No son pocos los que prefieren relativizar la crisis o le atribuyen carácter coyuntural y por lo tanto superable dentro de parámetros habituales.
Conviene entonces decirlo desde el principio: ésta no es una crisis más, sino la crisis. Estamos en medio de la tormenta perfecta. Algo de nosotros está quedando atrás para siempre. Incluso aunque la economía se recupere.
En aquel artículo subrayé que la mejor novela uruguaya —El Astillero— se desarrolla en una fábrica fundida, lo cual sugiere una modernidad inconclusa. No hay muchas fábricas en nuestra narrativa y si la que hay está fundida, e integra la obra mayor, pues alguna clave hay allí si es que la literatura y la sociedad son algo más que compartimentos estancos. Volveré brevemente a Onetti y al film 25 Watts para abrir algunas ideas que quedaron comprimidas en aquella oportunidad.
Descripción de la nada
Onetti registró en El Astillero, que la modernidad se insinuó pero terminó en aborto. Mientras la mayoría de los escritores no toma nota, Onetti puso de relieve la omisión. Fue en dirección opuesta al realismo mágico y en lugar de hablar de barcos maravillosos que surgen de la nada, describió la nada.
La película 25 Watts actualiza El Astillero y transcurre en un universo similar sin ritmo ni velocidad. La tecnología es un altavoz gangoso acoplado a un auto desvencijado, con técnicas de comunicación vencidas. El mundo las abandonó porque fueron superadas hace décadas, pero además polucionan auditivamente y están prohibidas. En Uruguay se las permite porque el Estado gordo y cobrador carece de fuerzas para proteger al ciudadano. El televisor blanco y negro propala programas inútiles y la antena pierde cada tanto la señal. Todo habla de una sociedad que flota. Ahí radica la genialidad de la película. Alguien dijo y me gustaría recordar quién, que la función del arte no es describir lo visible, sino hacer evidente lo que no se percibe a simple vista. Onetti y los directores de 25 Watts son ejemplos del papel complejo que se espera de las elites. Separadas por 40 años, ambas obras desafían al discurso tranquilizador. Hablan de lo que no se habla, y se desmarcan de la venta de rebeldía y manija a un público saturado de consignas vacías.
La modernidad se fecundó entre los siglos XVIII y XIX por las dos gigantescas revoluciones —industrial y democrática—que tuvieron lugar en Inglaterra y Francia. En los hechos, la modernidad significó un aumento de la energía y la velocidad en la vida cotidiana, dos componentes nada abstractos y tan intransferibles como saborear o palpar. Una modernidad frustrada o incompleta impide comprender y obtener provecho de los cambios del mundo. No en vano Uruguay es uno de los países que más "turistas" envía —en relación a su población— a los foros antiglobalizadores. No es que estén contra la globalización; simplemente no la comprenden y es más sencillo decretar su inexistencia. Se trata de ignorancia y atraso, no de convicciones. Los uruguayos no estamos en condiciones de entender lo que nos pasa, porque venimos de no entender lo que nos pasó. Y encima las elites dificultan el proceso inyectándole a la agenda pública unos debates trasnochados. Podría decirse que si no aprobamos la materia modernidad, qué nos vienen a hablar de globalización.
En los 80, cuando se insistía con las bondades de un modelo socialista ya corrupto y decadente, la expresión "socialismo real" diferenció realidad de ilusión. La tarea que parece aguardar a los periodistas es mostrar el "Uruguay real".
El Uruguay realmente existente
El miércoles 31 de julio, el programa Zona Urbana llevó a fondo un tema del "Uruguay real" que se habla poco. El periodista Ignacio Álvarez entrevistó al secretario general del Senado, Mario Faracchio, y puso de manifiesto el Uruguay no visible. El funcionario intentó dilatar la entrevista con ardides que en otros tiempos daban resultado, como dar largas hasta cansar al otro. Álvarez no se cansó, le dio un plazo, y vencido éste fue por la respuesta.
El producto no tiene desperdicio. Los televidentes vimos un personaje malhumorado y huidizo, que administra el Palacio de las Leyes como un feudo. Sin estilo ni tolerancia democrática, se negó a responder con el pretexto de que el periodista hablaba mal del Parlamento. La endeblez del argumento resultaría graciosa si no fuera riesgosa en un miembro de la elite política. Decir que el funcionario utilizó un criterio estalinista sería amortiguar la crítica. En realidad, esa pieza periodística informó a los televidentes —¿ciudadanos?— que quien conduce ese templo democrático no captó la Revolución Francesa. Su concepción es monárquica.
Como se ve, no comprender la modernidad tiene sus desagradables consecuencias prácticas. Es apenas un ejemplo. El lector seguramente agregará otros de su propio acervo.
Que se vayan todos (los habitantes)
Muchos son los que sostienen que ha muerto un modelo de país, pero no todos parecen querer decir lo mismo. Murió el país que entre 1900 y 1920 imaginó vacas gordas a perpetuidad y fue incapaz de pensar un futuro sustentable. Ese país está descarnadamente pintado en Los uruguayos del centenario (febrero de 2000, dirección de Gerardo Caetano). Ese país ya fue, pero son demasiados los que le aplican respirador artificial. A veces resulta inexplicable cómo se sostiene un estado de cosas contra el que todo el mundo protesta. Parece que ocurren dos cosas. Por un lado, y aunque resulte difícil de comprender, la situación actual le conviene a mucha gente.
Como señaló en junio con lucidez Joaquín Secco García en El País Agropecuario, los beneficiarios del país agónico son: "el sistema político, que maneja la mitad del gasto y disfruta del poder que ello le otorga, el sistema financiero, que hace buenos negocios, y la burocracia pública, que a veces tiene buenos ingresos, otras veces no, pero que tiene más seguridades que quienes están a la intemperie".
Así tenemos a corajudos sindicalistas que utilizan términos apocalípticos para denostar al gobierno o al "sistema", que se vuelven mágicamente conservadores cuando se trata de defender su chacra estatal.
Por otro lado, las elites que deberían conducir a la sociedad hacia su bienestar, parecen reforzar la agonía con debates anacrónicos.
El senador Alberto Cid, del Frente Amplio acaba de anunciar su alejamiento de la vida parlamentaria porque, dijo, su fuerza política está vacía de debate y porque en la vida parlamentaria la relación más frecuente es con las corporaciones y no con el ciudadano de a pie. La denuncia es muy grave, pero se la tragó el ruido ambiente, un ruido sistemático y desagradable que interfiere todo razonamiento lúcido. Lo que son las casualidades, mientras tanto, la lógica corporativa desplaza a la lógica política en la resolución de conflictos.
Los ejemplos sobran. La Intendencia de Montevideo quiere incorporar un nuevo servicio de recolección de basura pero el gremio lo bloquea y amenaza con la huelga. Los dueños de los diarios intentaron bajar el precio de sus publicaciones y pactaron un acuerdo con el Correo para reducir los costos de distribución, pero el convenio fue vetado desde el gobierno nacional.
¿Por qué no se aprueba alguno de los ocho proyectos de ley que existen en el Parlamento para transparentar el financiamiento de la política? Esa demora —hay un proyecto de 1995— contrasta con el apuro para considerar la forma de ajuste de los privilegiados sueldos de los funcionarios del Palacio Legislativo. Mientras el desempleo dibuja curvas históricas, emigran 82 personas por día y la mayoría de los trabajadores privados trabaja con salarios rebajados, con su presteza para debatir si esos funcionarios debían dejar o no de ajustar por el 100% del IPC, los legisladores no dieron el mejor de los mensajes.
Cuando las reglas del juego ya no garantizan el bienestar, sino servicios malos y deterioro en la calidad de vida, la elite parece empeñada en sustituir el torpe eslogan antidemocrático "que se vayan todos" por este otro: que se vayan todos los habitantes del país. Algún demógrafo debería indicarles que van en camino de lograrlo.
Otro país ¿qué país?
El 12 de octubre el diario La Nación publicó una nota de tapa en la que mostraba la avanzada construcción de un nuevo resort casino que ocupa cuatro hectáreas en el bosque de La Barra, en Punta del Este. La nota, que fue reproducida por este suplemento, informaba de la polémica entre los vecinos y la empresa. Es el segundo resort casino que se instala en Punta del Este. A estar por la nota de La Nación, autoridades uruguayas se habían comprometido ante propietarios del Conrad a no permitir la instalación de otro resort casino, a menos de siete kilómetros de distancia. Esa norma no es el tipo de idea que pueda concebir una mente digamos nativa. Más bien parece una exigencia empresarial frente a dirigentes que suelen aceptar presiones en nombre de lo que algunos entusiastas denominan generación de empleo. Parecería que hay quien imagina para nuestra juventud un futuro especializado en ruletas y neón. Eso sí, no creamos que se pueden instalar casinos por todas partes, todo tiene sus límites y el nuestro es de siete kilómetros.
Según La Nación, la única reacción provino de los vecinos, que verán abiertamente alterado su modus vivendi una vez que el monumental hotel eche a andar, pero apenas por razones como el cantar de los pajaritos.
Es probable que sin casinos quede incompleto el país turístico que parece habitar el imaginario uruguayo, pero mi pregunta ingenua es en cuántos casinos estamos pensando: ¿dos, diez, cien? ¿Tenemos ganas de transformarnos en el garito del Mercosur? En todo caso, parece un tema mucho más digno de ser plebiscitado que el de Ancap.
Sin embargo, parece que el debate fundamental es si Ancap debe asociarse con empresas privadas o no. Al respecto sólo creo haber oído a un dirigente político, el ex ministro Sergio Abreu, quien con prístina sinceridad declaró estar "podrido" con el referéndum por Ancap. Le envío al doctor Abreu mi total solidaridad en ese hartazgo.
El debate más importante
Que estemos enfrascados en un debate hueco en torno a una refinería no es casual: Uruguay no se ha pensado con eficacia. Que hayamos expulsado a Rodó y Onetti —entre otros— es como ir a la alta competencia sin los mejores jugadores. No hemos sabido cumplir, como cantamos, cada vez con menos unción en la canción patria. Hemos querido perder. Pero si a lo que aspiramos es a la derrota perpetua, admitámoslo y nos dejamos de jorobar.
Otra interpretación podría ser que haber dado un Rodó y un Onetti habla de un país con ambiciones que aletea postergado una y otra vez por elites mezquinas que prefirieron expulsar a los mejores para medrar en su provecho. Onetti desnudó con claridad ese país perdedor que ya fue. Rodó diseñó el país que todavía no ha sido pero que podría ser. Ahí están entonces, los dos países frente a frente. El que quiere ser otro y el que quiere seguir siendo lo que es.
En los últimos años hubo enormes cambios en la región y nuestra gente debe tomar nota. Lo más portentoso es el cambio radical en el relacionamiento entre Brasil y Argentina a partir de 1985 cuando crearon en Foz de Iguazú las bases de la integración. Desde 1828 las circunstancias históricas nos condenaron al complicado papel de Estado separador entre los gigantescos vecinos. En 1991, el Tratado de Asunción dio origen al Mercosur. Brasil y Argentina sustituyeron su histórica hostilidad por paz y cooperación en un proceso difícil pero ascendente. Carece de importancia la ideología de sus presidentes. América del Sur está ingresando a la normalidad de la alternancia ideológica y así va a ser en el futuro. Y no debemos permitirnos distorsionar con confrontaciones de la Guerra Fría el planeamiento del futuro. La historia parece lenta y pesada la mayor parte del tiempo, pero en ocasiones acelera el ritmo y la realidad cambia más allá de lo comprensible. Algo de eso está ocurriendo y representa una gran oportunidad.
Decía Juan Bautista Alberdi que los sudamericanos habíamos realizado a comienzos del siglo XIX, la revolución de la espada, y que nos aguardaba la revolución de la inteligencia. Esa etapa se percibe hoy con más definición: necesitamos héroes civiles, héroes del pensamiento que se sumen a los héroes militares que pueblan el imaginario latinoamericano.
Romano Prodi, presidente de la Comisión Europea, en su libro Una idea de Europa señala que Europa debió quedar devastada por dos guerras terribles para que entendiera la necesidad de unirse. La segunda guerra terminó en 1945 y los primeros movimientos unionistas fructificaron en 1953. Algo de ese orden nos ocurre. Pero además, la unidad de América del Sur se acelera por la más poderosa fuerza motriz de nuestro tiempo: la globalización. La era global determinó que Francia y Alemania, enemigas durante siglos depusieran sus odios y abrazaran una bandera, una Constitución y una moneda comunes. Nadie cede soberanía e identidad sino ante un peligro mayor. Ese peligro es el de la irrelevancia. El fin de la Guerra Fría terminó con un mundo e inauguró nuevas preguntas. Basta mirar el mapamundi para advertir que el futuro será de los estados de gran porte, como Estados Unidos, la Unión Europea, Rusia y las emergentes China e India. América del Sur también enfrenta esa opción. ¿Queremos ser sujeto de la historia o sufrirla como actores de reparto? Esa es la pregunta que nos formula el futuro y no hay debate más importante que ese.
Una nueva racionalidad
En 1965 Real de Azúa se extrañaba de que los uruguayos careciéramos de otros ámbitos de concordia histórica más allá del artiguismo. Lo que Artigas representa son bases incuestionables y más que dignas, pero bases. En Artigas están la democracia y el regionalismo, su ejemplar subordinación a las instituciones cuando ejerció el poder. Pero el mundo siguió andando después de 1820. El siglo XIX cambió al mundo con la electricidad, los transportes, las comunicaciones, la ciencia y la urbanización radical, es decir, la modernidad.
Ochenta años después, Uruguay gestó otro grande, un genio que a los 28 años asombró al mundo con un pequeño gran libro llamado Ariel. Claro que Rodó manejó un orden de ideas que su país no supo o no quiso entender.
Los uruguayos no somos muy universales. Cuando se encienden luces amarillas y los precios de las materias primas bajan y se deteriora la relación de intercambio optamos por creer que la historia nos dará otra oportunidad. Creímos que cerrando fronteras y sustituyendo importaciones las cosas se iban a arreglar. ¿Y la calidad? ¿Y la escala? La realidad nos hacía preguntas que preferíamos no responder. Ni nosotros ni los vecinos vertebramos respuestas eficientes al mundo que se globalizaba. Ahora llegó el inevitable ajuste de cuentas. Hubo que hacer los deberes con el FMI, y tendremos que ajustar cuentas en el plano de las ideas. Habrá que reconocer que expulsamos lo mejor del pensamiento nacional. El país que despreció a Rodó —mientras lo despedía con champagne— evitaba confrontarse con los cambios del mundo. El mundo sigue ahí, tan campante. Y la obra de Rodó también.
Rodó en versión breve
Rodó no es como quizá usted crea, el insípido autor de parábolas más o menos aburridas. Le propongo un breve recorrido por tres aspectos centrales de su obra: su concepción iberoamericana, su concepción de la democracia y las elites y lo que podríamos llamar las bases de la sociedad civil.
Rodó fue el primero en Uruguay y América Latina en lanzar un discurso iberoamericano. Cuando Estados Unidos irrumpía como potencia, en la guerra contra España por Cuba, Puerto Rico, Filipinas, cuando promovieron la división de Colombia para provocar la secesión de Panamá e impulsaban la concepción panamericanista de una sola América, se alzó la voz de Rodó: no hay una América sino dos: la sajona y la latina. No dice, la América latina contra la sajona, y esto importa porque Rodó abrió un ancho campo de cooperación con Estados Unidos, en lo científico, tecnológico y comercial. Pero además, el iberoamericanismo fijaba el marco identitario. Somos Occidente, decía. Provenimos del derecho y el humanismo grecolatino, de los idiomas ibéricos, del judeo cristianismo. Y también fijaba posición frente al debate que en la segunda mitad del siglo XIX oponía a la civilización y la barbarie. Mientras Mitre, José Pedro Varela o Batlle y Ordóñez proponían copiar el desarrollo europeo y norteamericano, Rodó no se avergonzaba de nuestro atraso. Nada de barbarie, dijo. Simplemente una nueva civilización irrumpió en la historia; la civilización iberoamericana. Por no comprender a Rodó nuestras elites miraron por sobre el hombro a los vecinos de piel oscura o de menor instrucción. Esa altivez infundada, originada en aquel cosmopolitismo vacío y eurocéntrico, no nos trajo a buen puerto.
Segundo énfasis: la democracia y las elites. Según Rodó, una cuestión central de la democracia es la forma en que se seleccionan, forman y promueven las elites. Decía: somos iguales ante la ley y en la posesión de facultades capaces de un desarrollo noble; al Estado compete crear las mejores condiciones para que ese desarrollo se produzca donde esas facultades se encuentren. Rodó también se preguntó si la igualdad tiene límites y se respondió: La democracia admite un elemento diferenciador, la superioridad de los mejores. Pero eso no ha ocurrido así: los uruguayos del siglo XXI sufrimos con todo el rigor las consecuencias del prolongado descuido en la formación de elites, que terminó afectando la calidad de la democracia, tal como previó Rodó. El constante aumento de tarifas a una sociedad cuyo salario vale cada vez menos es uno de los costados más crueles y menos democráticos de la elite. Los dirigentes sindicales tampoco operan en función de otra cosa que no sea el interés de su propia corporación.
Tercer énfasis: la concepción integral de la sociedad. Rodó era consciente de nuestro atraso. Cuando se preguntó qué hacer ante los desafíos del futuro, su respuesta fue que ante todo no debíamos imitar. Cuando la mayoría de los intelectuales promovía la copia del modelo civilizado, desde constituciones a ideas arquitectónicas, Rodó planteaba que debíamos ser selectivos. El atraso nos obligaría a tomar durante mucho tiempo, y el mejor modo de crecer era, en su concepto, no hacerlo en forma acrítica y ejercitar en cambio el criterio.
El fracaso en este tercer aspecto es quizá el más dramático, no sólo para Uruguay sino para toda la región, que en medio de la indigencia debe comprar una tecnología que no tuvimos el coraje ni la visión de desarrollar. Por momentos me causa gracia la gravedad con que sesudos expositores se refieren a la famosa brecha digital, como si ese abismo que nos separa de los países de punta estuviera hecho de algo más que decisiones políticas erróneas.
Sería injusto no señalar que el pensamiento de Rodó se filtró parcialmente a la sociedad por diversas vías. Pero no es suficiente. En los 86 años que nos separan de su temprana muerte, el mundo pasó de la sociedad de masas a la sociedad tecnológica de masas. La integración abrió paso a la política en escala sudamericana. La historia nos liberó de cuidarnos de que la enemistad de los vecinos nos terminara aplastando. El desafío es salir de la inercia de un tiempo que ya fue y sumar fuerzas en la construcción de la región, única forma de insertarnos con eficacia en un mundo global.
Sin embargo, la falta de espesor del debate, la ausencia de ideas potentes, debilitan y dificultan la posibilidad del consenso. Hay demasiadas apuestas al país raquítico y perdedor. De qué nos va a servir recuperar la economía si hemos jibarizado la ambición.