Su santidad socialdemócrata

| El Dalai Lama quiere ver al Tíbet liberado, pero ni sueña con emplear la violencia.

Javier Valenzuela, El País de Madrid

Sueña con un Tíbet autónomo —no independiente— y gobernado democráticamente. "Su santidad" Tenzin Gyatso, el 14º Dalai Lama, de 68 años, piensa lograrlo de forma pacífica, porque, según afirma, aunque una causa sea justa, el uso de la violencia abre una incontrolable espiral de dolor.

Gyatso, hijo de campesinos, fue reconocido a los 2 años como la reencarnación del Dalai Lama, la máxima figura espiritual y política de Tíbet. En 1959 huyó de la ocupación china junto con miles de sus compatriotas, y desde entonces no sólo ha logrado mantener viva la causa de los derechos culturales y nacionales tibetanos, sino que ha popularizado el budismo en Occidente.

Este singular personaje, que en 1989 recibió el Premio Nobel de la Paz, es como lo anuncian: campechano, inteligente y sólido. Va vestido con su túnica granate y oro, mira directamente con sus pequeños e inquisitivos ojos de azabache, ríe a grandes carcajadas y toca con frecuencia a su interlocutor. Por ejemplo, le da un espaldarazo sonoro y camaraderil cuando le dice: "La felicidad es el objetivo de la vida". El Dalai Lama ni tan siquiera se ensombrece al hablar de la opresión que vive su pueblo o de las locuras vividas en el mundo desde el 11 de Setiembre.

—Denuncia usted que China está cometiendo en Tíbet un genocidio cultural. ¿Cómo se manifiesta?

—De dos modos. Uno es directo: las autoridades chinas llevan más de cuatro décadas practicando una política sistemática de exterminio de la cultura tibetana. Las presiones y prohibiciones en las escuelas y los monasterios son enormes. El otro es indirecto: la masiva instalación de población china en Tíbet. La lengua más empleada en Tíbet ya es el chino. Se ha creado una situación en la que todo lo que es auténticamente tibetano es marginal en su propio país.

—Y ha conseguido bastante eco entre las sociedades de Occidente, pero muy poco entre los gobiernos, preocupados por no irritar a Pekín.

—Sí, a veces pienso que si Tíbet tuviera petróleo, como Irak, los gobiernos nos harían más caso. (Risa). Pero, bueno, también es verdad que Tíbet es muy pequeño y que en el pasado vivió muy aislado.

—¿Sigue siendo usted contrario a usar la violencia, incluso para resistir a un ocupante extranjero?

—Sí. En pura teoría, si una causa es justa podría justificarse el uso de la violencia. Pero la práctica nos enseña que la violencia siempre es impredecible, provoca a menudo una incontrolable reacción en cadena. Mire lo que pasó en Yugoslavia. Nosotros, los tibetanos, tendremos que vivir siempre al lado de los chinos, así que lo mejor es no soltar los demonios. Para que en el futuro puedas vivir en paz con tus vecinos, es muy importante que, al luchar por tus derechos, lo hagas sin violencia.

—Un hombre de paz como usted debe sentirse muy triste por lo que está ocurriendo en el mundo: el 11 de Setiembre, Afganistán, Irak...

—Esto me entristece, pero soy optimista. Mucha gente dice que el 11 de Setiembre cambió el mundo, pero el mundo sigue siendo básicamente el mismo. Eso sí, en los últimos años han ocurrido cosas muy desafortunadas, pero creo que pueden producir una reacción positiva. Ahora mucha más gente habla contra el terrorismo, que es la peor clase de violencia, y eso es positivo. Y en Estados Unidos también se habla de cómo reducir los arsenales, y eso es positivo.

La gente está harta de violencia, de matanzas. Eso es muy, muy positivo. A pesar del 11 de Setiembre, no hay razones para desmoralizarse. (Risa).

—¿Qué le parece la idea estadounidense de guerra preventiva?

—Aunque estoy espiritualmente contra todo tipo de guerras, hay guerras que, además de sus inmediatos efectos desastrosos, producen algunos resultados positivos. Por ejemplo, la Segunda Guerra Mundial, que supuso una inmensa destrucción, la muerte de millones de personas, al menos protegió la civilización democrática occidental. Tuvo algunos resultados positivos. Lo mismo pasó con la guerra de Corea: supuso un inmenso sufrimiento, pero protegió la libertad y la prosperidad económica de Corea del Sur. En cambio, la guerra de Vietnam fue un fracaso completo. No consiguió nada, salvo el sufrimiento. Y llegamos a Irak, y ahí es muy pronto para pronunciarse. Hasta ahora sólo hemos visto violencia; veremos qué dice la historia.

—¿Qué propone para Tíbet: independencia o autonomía?

—Autonomía, una verdadera autonomía. De hecho, la Constitución china prevé una autonomía para Tíbet, pero solo sobre el papel. Todo está controlado por los chinos.

—¿Qué clase de gobierno quiere para su país?

—¡Democrático! Ya en el borrador de la Constitución que adoptamos en 1962 se dice que los poderes del Dalai Lama pueden ser abolidos por dos tercios de la Asamblea. No estoy luchando por la preservación de la institución del Dalai Lama, lucho por la supervivencia de mi pueblo y mi cultura. Y en 1992 anuncié que, el día en que regrese a un Tíbet liberado, junto con los más de 100.000 exiliados, querré ser un simple monje, me consagraré a lo espiritual.

—Usted se declara a medio camino entre el capitalismo y el comunismo, se considera una especie de socialdemócrata.

—Absolutamente. Si yo fuera un político, sería miembro de un partido socialdemócrata.

—¿Verá Tenzyn Gyatso un Tíbet verdaderamente autónomo? Y, por seguir sus ideas, me refiero a esta reencarnación, no a las que puedan venir.

—(Carcajada). Sí, así lo creo.

—Usted habla de valores morales seculares. ¿Cuáles son?

—El altruismo, la honestidad, la compasión y el respeto a valores no sólo le aportan a uno paz de espíritu, sino que ofrecen algo, un regalo, a los demás. En cambio, el enfado no es un bueno ni para uno mismo ni para los otros. La felicidad es el gran objetivo de la vida, así que todo lo que contribuya a la felicidad es bueno, es un valor. Pero atacar, dañar, destruir son cosas que impiden la felicidad de uno y de los otros. La línea de demarcación entre lo positivo y lo negativo es ésta: lo que trae felicidad es positivo, lo que trae dolor es negativo. Y estos valores son compartidos por todos los seres humanos, crean o no en alguna religión o en alguna forma de espiritualidad.

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