El Mercosur que ya no existe

JULIO PREVE FOLLE

Muchos son los temas sobre los que querría escribir esta semana. Uno: el Presidente de la República se rebela contra las opiniones que recoge un excelente discurso del Presidente de la Federación Rural, en el que con valentía opina sobre dos vacas sagradas de esta Administración: el Plan Ceibal y el Plan de Equidad. Confieso mi perplejidad frente al estallido del primer mandatario, entre otras razones porque la Federación Rural no es la Sociedad San Francisco de Asís, pero tampoco es la OTAN. Y sobre todo porque el respetuoso disenso es un activo que bien valoramos los uruguayos.

Otro tema: una ridícula propuesta oficial de fijar un precio al ganado de manufactura, como si ello no repercutiera en el precio del ganado gordo, o en el de la carne al público. Y otro más: la reiteración del tema de la prohibición de comprar campos a extranjeros en la frontera, lo que implica entre otras consecuencias, expropiar de un saque no menos de 500 dólares por hectárea al valor del capital de muchos productores. Y, sobre todo, supone una falta de respeto al proponerlo un gobierno que termina: modificar con semejante misil la política de tierras debería esperar al menos la oportunidad de que la sociedad le renueve contrato a esta Administración. Hacerlo en cambio ahora cuando las campanas tocan a rebato, es por lo menos una falta de respeto a la inteligencia de la gente. Así pues, haber permitido la propiedad de la tierra a cualquiera durante cuatro años; ser testigo pacífico de la venta de casi todas las agroindustrias a extranjeros; haber autorizado a las sociedades del exterior y solo a ellas a poseer tierra como sociedades anónimas… Eliminar todo a menos de seis meses de renovar contrato constituye un agravio a la sociedad a la que se le pidió el voto. Pero me voy al tema del título.

MERCOSUR LECHERO. La noticia es repetida y por ello cada vez más grave: Brasil insiste en poner un piso al precio de los lácteos uruguayos. Pero no solo esto, ya firmó un acuerdo con Argentina para limitar las cantidades a exportar y, al mismo tiempo, a hacerlo por encima de un valor acordado. El verdadero problema es que Brasil jamás admitió la libre circulación si esta perjudicaba alguna de sus políticas domésticas. En este sentido y en lo que refiere a los alimentos básicos, su pensamiento dominante siempre fue que la oferta de sus socios serviría para complementar la propia, para abastecer entre ambas su mercado interno. Ocurre que este enfoque, que supone administración oficial del comercio, se opone a la esencia misma de una unión aduanera. En efecto si la circulación es libre, lo normal es que los productos fluyan entre los países como lo hacen entre Maldonado y Tacuarembó. Y esto determina por lógica que compitan en el mismo espacio aduanero, no que se complementen. En otras palabras, cualquiera sea la oferta doméstica en Brasil, aun si fuera fuertemente excedentaria, también en ese caso el mismo producto de origen uruguayo debería poder ingresar allí y competir con el autóctono. Pero no ocurre así. En la producción lechera Brasil tiene desde hace tiempo una fuerte apuesta a atender sus necesidades con producción propia, y lo ha hecho mediante activas políticas domésticas. Ello no obstante, con o sin autosuficiencia, los lácteos importados del Mercosur, más eficientes, deberían poder competir por precio -arancel cero mediante- con los brasileños. Esto afecta es claro no solo a los productores rurales norteños, sino que vuelve inconsistente toda la política brasileña de ayuda interna a través del precio, la que a su vez es incompatible con la libre circulación acordada en los tratados. Siempre fue así.

Por todo lo anterior pues, hace muy bien el gobierno en rechazar el aumento del Arancel Externo Común que propone Brasil, llevándolo a 22% para la leche en polvo. Ello no hace más que estimular la oferta brasileña ineficiente, nos hace en todo caso más dependientes de ese país, y además es seguro que no nos van a dejar libre el acceso si quisiéramos competir por precio en ese mercado. Más aún; es probable que nos impidan vender por debajo de un cierto precio, lo que afecta esa capacidad nuestra de competir allí, y aumenta el gasto público en devoluciones de impuestos.

Al comienzo de esta Administración, recuerdo una intervención de un director del Ministerio de Industria, que sostenía que podría arreglar el tema de los lácteos con Brasil, ahora que eran todos "compañeros" ideológicos. Su ignorancia respecto del rol histórico de cada país y de sus respectivas diplomacias me causaba pánico. En aquel momento Brasil presionaba al igual que ahora, por un precio más elevado que el de exportación, a cambio de no insistir con un procedimiento antidumping irregular que le inició a Uruguay.

Todo ha ido cambiando para peor. El agravio a la libre circulación era notorio en Brasil -está de más decir que lo de "compañeros" no ha servido para nada- pero solo para algunos productos. La Argentina, lanzada a un modelo de encierro económico, ha acordado múltiples veces con Brasil limitaciones al comercio bilateral: en aves y cerdos, electrodomésticos, ropa, y ahora lácteos. También cambió un poco Uruguay. Brasil tal vez no cambió; simplemente ahora es explícito lo que nunca admitió, que es el comercio libre y, menos aún, la radicación de inversiones grandes en los países de menor tamaño como ocurrió con alguna automotriz.

FRACASO. En definitiva se ha perdido el afecto societatis. Brasil no quiere la libre circulación de alimentos si ella le hace bajar el precio interno protegido. Argentina ha restablecido el licenciamiento de importación de bienes y mantiene varios pleitos en temas más relevantes que el propio comercio. Y Uruguay no ha empeorado tanto en lo comercial -verduras, pollos- pero sí en lo político, pretendiendo usar el Mercosur como una plataforma ideológica, algo absolutamente inaceptable.

Una razón del fracaso es el cambio de 180 grados de Argentina respecto del papel del comercio; este país pasó de ser el paladín de la apertura a ser el paradigma del encierro y en poco tiempo, con expresiones contundentes de su nueva postura en el intercambio recíproco y en las posiciones internacionales. Otro asunto relevante ha sido la falta de liderazgo de Brasil para constituirse él mismo en el disciplinador del bloque y no en un país tan incumplidor como todos. Por culpa de los cuatro, el arancel externo está totalmente perforado, aunque eso no es lo peor, sino la falta de voluntad de trabajar en un proyecto común. Por cierto el país debe irse preparando para rediscutir su inserción internacional, no necesariamente para irse del Mercosur, sino para encontrar un nuevo estatuto acorde a la naturaleza de lo que es hoy la realidad. Lo digo con dolor porque aquél fue un proyecto que me entusiasmó mucho; pensaba que teniendo una raíz común, se podía aspirar a un proyecto también común. No ha sido así por errores de todos, proporcionales al tamaño de cada uno.

Ya es tarde para buscar un nuevo estatuto que en realidad el gobierno actual, influenciado por afinidades políticas accidentales, nunca buscó ni entendió. Así, nuestra inserción externa es débil. Recomponerla, reorientarla, será tarea prioritaria del próximo gobierno.

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