JAVIER DE HAEDO
"Hacia un mundo menos favorable" fue el título de mi columna de hace cuatro semanas. Allí señalé que tenemos por delante, prácticamente con certeza, pero sin saber cuándo ocurrirá, un shock externo negativo, ya que el mundo comenzará a abaratarse en dólares y eso no es bueno para nosotros.
Existe consenso entre analistas internacionales, bancos de inversión y organismos internacionales, con relación a ese previsible fortalecimiento del dólar en el mundo. No lo hay en cambio, acerca de cuándo ocurrirá, qué magnitud tendrá y en qué medida se dará frente a las diferentes monedas. Ese proceso está vinculado en parte a decisiones de los respectivos bancos centrales y en este sentido, parecería que mientras que en Estados Unidos se ha llegado al piso en materia de tasas de interés, en Europa se estaría próximo al techo. Por otra parte, si bien todavía quedan por verse consecuencias del terremoto financiero en Estados Unidos, da la impresión de que lo peor ya pasó y que ahora el foco se centra en la onda expansiva que ha arribado a costas europeas, donde las malas noticias son cosa de todos los días.
Tampoco hay consenso con relación al comportamiento esperado de los precios de las materias primas, sobre lo que existen puntos de vista opuestos: que todas bajarán pero más el petróleo que los alimentos; que, al contrario, la baja será mayor en los alimentos y el petróleo incluso puede volver a subir; que todo es una gran burbuja financiera; que hay una parte de esto último pero también un fundamento real y estructural para precios de materias primas superiores a los históricos.
Y no existe consenso en cuanto al timing del previsible proceso referido: unos piensan que ocurrirá en el correr de 2009, otros que recién en 2010.
Lo cierto es que, antes de lo previsto, el panorama ya empezó a cambiar. En un mundo extremadamente volátil (en el que noticias que otrora hubieran pasado inadvertidas, hoy mueven al precio del crudo en cuatro o cinco dólares en una jornada) nunca se puede decir que algo es definitivo, pero lo sucedido desde que escribí la referida columna es coherente con los fundamentos.
El dólar ha comenzado a fortalecerse, en términos generales, contra todas las monedas. Desde los mínimos relativos frente al euro el 11 de julio (1,5932 dólares por euro o 0,6277 euros por dólar), frente al yuan el 16 de julio (6,8109 yuanes por dólar), y frente al real el 30 de julio (1,5618 reales por dólar), las tendencias han sido inequívocamente hacia una apreciación del dólar. Esta ganancia ha sido mayor frente al euro que frente a las monedas de los emergentes, pero ha sido generalizada.
Y de los precios de las materias primas ni hablar. El precio del petróleo, que llegó a tocar los US$ 150 por barril, ahora oscila entre 110 y 120 dólares. Desde comienzos de julio, cuando alcanzó su máximo absoluto, el índice de commodities de Bloomberg ha perdido un 13% de su valor.
En este contexto, parece claro que los tiempos se han empezado a acelerar. La curva que sabíamos que estaba por delante en la ruta, pero no sabíamos dónde, está más cerca de lo que creíamos, si bien seguimos sin saber dónde está. Es tiempo de corregir la marcha del vehículo, aunque sabemos que en la política económica doméstica existen serias restricciones para ello, con las políticas fiscal y salarial jugando en contra e inamovibles. Habrá que encarar la curva, por lo tanto, a mayor velocidad de la recomendable.
Pero con todo lo malo que tiene ese panorama externo, con el mundo tendiendo a abaratarse en dólares, lo que está altamente relacionado con fases descendentes de nuestro ciclo económico, algo de bueno hay: en vez de importar inflación en dólares empezaremos a importar deflación en dólares. En otras palabras, el mundo empezará a ayudarnos en materia de inflación local. Por eso el título de esta columna. Y ya lo estamos viendo: de ser casi un hecho un aumento en los precios de los combustibles en el inicio de agosto, se ha pasado a considerar una rebaja para el inicio de septiembre.
Las políticas fiscal y salarial seguirán jugando en contra con relación a la inflación, pero otros elementos que hasta ahora también operaban en ese sentido están mudando de signo: la inflación internacional y el precio de la energía.
Ante esta situación, se plantean algunas dudas acerca de qué conviene hacer. Pero se debe considerar otro elemento antes de referirnos a las alternativas en materia de política económica: el tipo de cambio. En la medida en que el dólar se fortalece en el mundo, si aquí nos quedamos quietos, habremos de perder aún más competitividad de la que hemos venido perdiendo. Si habíamos perdido pie con tipos de cambio de 1,6 dólares por euro y de 1,56 reales por dólar, mucho peor estaremos con relaciones que muestren al dólar fortalecido. No es casual, en este sentido, la reciente recuperación del tipo de cambio en nuestro mercado. Si era cierto que acá bajaba porque en el mundo bajaba, ha de ser cierto que acá deberá subir cuando en el mundo sube.
Lo que quiero plantear aquí y ahora consiste en qué nos conviene hacer con la inflación en lo inmediato. Naturalmente, muchos podrán pensar que lo ideal sería dejar que convergiera al centro del rango objetivo, de 5%. Creo que si el panorama externo se mantiene como en las últimas semanas, van a estar dadas las condiciones para converger antes de lo previsto a ese ritmo de crecimiento de los precios.
Pero me pregunto si eso nos conviene o no, y para responderme retomo lo referido antes: las políticas salarial y fiscal están dadas y no son consistentes con el nuevo mundo que enfrentaremos. El shock externo, exógeno, se hizo endógeno en nuestros salarios. La política fiscal muestra un gasto que se proyectó como si fuéramos a crecer al 7-8% para siempre. Si a esto se sumara ahora, que la inflación bajara tres puntos porcentuales, del actual 8% en promedio anual, al 5%, las cosas se complicarían. Creo, en otras palabras, que sería funcional a las políticas fiscal y salarial que la inflación se mantuviera en el entorno del 7%.
Una rápida caída de la inflación haría subir aún más rápido de lo previsto al salario real en un momento en que el contexto externo apuntaría a que sucediera lo contrario. Una rápida caída de la inflación, dejaría al gasto público colgado muy arriba en términos reales. Mantener la tasa de inflación en el entorno del 7% ayudaría a licuar parte del exceso de gasto público en que se ha incurrido, como de hecho viene sucediendo desde el año pasado, con la inflación tres puntos arriba de lo programado originalmente.
¿Cómo hacerlo? Precisamente, mediante el tipo de cambio. Dejar que el precio del dólar en nuestra plaza busque su nivel de equilibrio, su nuevo equilibrio real, acorde con los nuevos fundamentos, más arriba del nivel actual. No tengo dudas de que si el dólar quedara en los $19 a que apuntaba hace algunas semanas la tasa de inflación convergería al 5% mucho antes de lo imaginado. Parece claro que si el objetivo fuera mantener la inflación en el orden de 7%, esto sería consistente con un dólar arriba de aquellos $19. Y, dado el pass-through de dólar a precios, habría un saldo positivo desde el punto de vista del tipo de cambio real.
Frente a un mundo que se tenderá a abaratar en dólares, nosotros debemos hacer lo mismo. Y abaratarnos en dólares es el resultado de la evolución de dos variables: la inflación en pesos y el tipo de cambio. Precisamente, cuando aparecen tendencias deflacionarias, se vuelve oportuno aprovecharlas para que no sólo lo sean en términos de pesos sino también de dólares, que esto es lo relevante en la comparación internacional.
La lógica de la política monetaria-cambiaria vigente, en la que no existe un compromiso con el tipo de cambio (como lo hay con paridad fija o banda de flotación), consiste en contar con la suficiente flexibilidad como para no tener que cambiar reglas de juego escritas ante cambios de contexto externo. Es la ventaja relativa de esta política con relación a las otras que hemos conocido y que más allá de su relativa rigidez, no fracasaron per se sino por no haber sido ajustadas a tiempo. No falló el instrumento sino el instrumentista, pero era fácil echarle la culpa al instrumento. Ahora, con un instrumento más flexible que aquéllos, el instrumentista tiene todo para evitar el fracaso. Y por las propias características de la política monetaria-cambiaria vigente, si fracasa, esta vez, no podrá echarle la culpa al instrumento.