JULIO PREVE FOLLE
Desde hace ya algún tiempo y con creciente intensidad, se empezó a discutir sobre la conservación de los suelos, aspecto éste que así en general, concita el acuerdo de todos. La expansión agrícola reciente y sobre todo algún recuerdo de pasadas épocas análogas, parecería justificar aquella preocupación.
AGRICULTURA PROHIBIDA. No obstante lo anterior, el cuidado del suelo amenaza convertirse en un tema de fuerte intervencionismo del Estado en la actividad individual y, mucho peor, cada vez me parece más clara la intención gubernamental de utilizar el tema del suelo para detener este modelo de expansión agrícola. En efecto, para el gobierno hay que parar esta agricultura sin agricultores (sic), como señaló el ministro de Agricultura, en particular porque se trata de un modelo capitalista aparentemente muy salvaje a los ojos oficiales. Como se sabe, los grandes cambios que se vienen suscitando vienen liderados por empresas que reúnen todas las características que cierta visión decadente dentro del gobierno no comparte, tales como: muchas veces trabajan sin tierra propia; lo hacen manejando capital anónimo que, con frecuencia, proviene de captación bursátil de ahorro externo; son extranjeras, siembran transgénicos, utilizan semillas y plaguicidas producidos por multinacionales, a veces consorciadas; utilizan poco crédito bancario; su fortaleza está en el conocimiento, en la inteligencia de mercados, en la logística, en ingenierías financieras; y aparecen poco por los ministerios… Y todavía ganan dinero y se lo hacen ganar a muchos… Para ciertas visiones en el MGAP es como para volverse locos; todo este desarrollo y no poder pararlo… hasta ahora. Hasta ahora porque apareció el pretexto del cuidado del suelo.
¿CUIDADO DEL SUELO? Las autoridades del MGAP han anunciado algunos ajustes inmediatos en la legislación vigente con el fin de trabajar este año, básicamente promoviendo la aplicación de buenas prácticas conservacionistas, y sancionando conductas muy extremas en materia de conservación de suelos. Esta sería la intención este año, pero el próximo la idea sería lograr por ley que todos los agricultores se presentaran cada año con su plan de siembras, para solicitar la aprobación del MGAP que la daría o no en función, aparentemente, de criterios edafológicos…
Una consideración agronómica previa. Hay prácticas que unánimemente la ciencia demuestra que afectan la productividad futura del suelo. Son ellas por ejemplo el laboreo de desagües naturales, las aradas a favor de la pendiente, las prácticas que dejan mucho tiempo el suelo desnudo. Y pocas más. Incluso estas más obvias, ya no lo son si se trata de cuantificar el daño en el tiempo, las condiciones de reversibilidad de este daño, su costo, etc. También vale la pena recordar para los legos en la materia, que el paradigma tecnológico de la expansión agrícola actual incluye como columna vertebral la siembra directa, es decir una técnica agrícola mucho más respetuosa del suelo que los laboreos convencionales, que suponen movimientos de tierra. Pero hay más; trascendió que el MGAP quiso prohibir la soja en ciertas condiciones, y los edafólogos notorios de la facultad de agronomía y del INIA no estuvieron de acuerdo, desnudándose así el preconcepto ideologizado del citado ministerio, bajo apariencia científica.
Y una consideración económica previa. Con el valor que la hectárea agrícola de campo ha alcanzado en la actualidad, y con las expectativas que el mismo despierta, es imposible que deliberadamente ocurran conductas llamémosle predatorias, del suelo. Y eso vale también para los arrendamientos. Arrendadores para preservar sus rentas futuras, y arrendatarios para poder volver a arrendar en un mercado fuertemente competitivo, ambos están muy interesados en hacer durar el recurso indispensable para sus respectivos negocios. Afirmar lo contrario sería suponer en la gente irracionalidad económica. En definitiva con la tierra a 200 dólares de precio por hectárea o arrendamientos a 40, es posible el deterioro. Con valores de 5.000 y 400 se trataría de un caso, no para la edafología o la economía, sino para la psiquiatría.
Dado este contexto deben ser bienvenidas todas las sugerencias científicas en materia de conservación de suelos ya que caen, valga la comparación, en tierra fértil. Por razones productivas y económicas, el productor rural, propietario o arrendatario, está propenso a recibir sugerencias. Es más; en el MGAP hay gente que sabe de estos temas.
Pero hay un error muy extendido que es creer que el Estado, o más bien el gobierno, están más capacitados que el empresario rural, o tienen una visión de más largo plazo que éste como para poder pensar en el cuidado del suelo para las generaciones futuras, defendiendo un activo aun contra la voluntad de su dueño. No es así en absoluto. Poco conoce del productor rural quien afirma que el dueño de la tierra no es un buen guardián de su estabilidad productiva, para él o las generaciones que lo sucederán. Salvo excepciones todavía más escasas con la tierra a cinco mil dólares, si hay una actividad en la que se reconoce el cuidado del recurso del buen padre de familia es la agropecuaria, por el deseo de todo productor de conservar la tierra y trasmitirla. No es verdad que el Estado, por encima de la voluntad de un particular, pueda cuidar mejor su suelo. No está demostrado. El productor desea la tierra para las generaciones que le sucederán; también el arrendatario quiere proteger su negocio para los próximos 700 años, como reza el eslogan de una conocida empresa agrícola de porte mundial. En cualquier caso van a durar más que las autoridades ministeriales.
TERRORISMO EDAFOLÓGICO. Y viene ahora lo peor: la voluntad de introducir autorizaciones caso a caso para hacer agricultura. Esto sí que sería más que intervencionismo, terrorismo. Asumir la soberanía sobre la decisión de producción, de todos los agricultores, es una barbaridad frente a la que nadie puede permanecer indiferente. No hay derecho; no hay ciencia; y no hay capacidad de atender seriamente solicitudes de este tipo como no sea para hacerlas dormir y así parar el proceso agrícola de modo selectivo. Es como se hace hoy con las autorizaciones para actuar bajo la modalidad de sociedad anónima por acciones al portador. Nadie sabe, nadie, en base a qué se conceden o rechazan; la inseguridad jurídica en esta materia es total. Y así sería con las autorizaciones agrícolas caso a caso. No habría ciencia para resolver, ni derecho, ni capacidad de interlocución. Sólo ideología.
Hay que entender que el peor enemigo de la conservación del suelo no es la agricultura. Los peores enemigos son la ignorancia y las políticas de subsidio a la producción. La primera esta fuertemente combatida y es en ella en la que caben acaso la difusión de buenas prácticas para situaciones a lo mejor nuevas. Pero son los subsidios a la producción los peores enemigos del suelo. Quien sabe que el beneficio que logra con la agricultura, deriva de una medida que hoy está y mañana quizás no, porque depende de voluntades veleidosas, está más alentado a sobreexplotar el recurso, que quien pretende desarrollar un negocio para el mediano plazo. En este enfoque hay que buscar a los que no cuidan el suelo más entre los granjeros que entre los agricultores competitivos. De igual modo hay que tener presente que la destrucción de suelo de la remolacha, o del trigo de los años cincuenta, no fue causada por estos cultivos sino por las políticas públicas que los promovieron a tambor batiente. Por la misma razón es más peligrosa para el suelo hoy la caña de azúcar, o la granja, que la soja.
En definitiva, bienvenida la difusión de buenas prácticas, de consejos, de asesoramiento. Pero descartemos desde ya todo intento de introducir la decisión ministerial, que se esconde en lo edafológico, para regular la asignación de recursos desde la ideología, sin derecho, sin ciencia, con discrecionalidad política que es atropello a la libertad económica. A la libertad, a secas.