FABIO GIAMBIAGI | DESDE RIO DE JANEIRO
Hay un famoso libro brasileño, llamado "Raíces de Brasil", que es una de las obras clave para entender las características de la formación del ser nacional local. Fue escrito por Sergio Buarque de Holanda y tiene más de setenta años, ya que es un clásico publicado en 1936. Al analizar las formas diferentes de ver al mundo entre dos tipos de personalidad -la de quien tiene una visión de largo plazo y de quien, por contraste, quiere beneficios inmediatos- dice quien de cierta forma puede considerarse uno de los "Papas" de la sociología nacional: "En las formas de vida colectiva se pueden encontrar dos principios que se combaten y regulan diversamente las actividades humanas. Esos dos principios son encarnados por la figura del aventurero y del trabajador. Aún en las sociedades más primitivas ellos se manifiestan en la distinción fundamental entre los pueblos cazadores y los pueblos labradores. Para unos, el objeto final, el punto de llegada, asume importancia tan capital, que deja pasar, por juzgarlos secundarios, todos los procesos intermedios. Su ideal será recoger la fruta, sin plantar el árbol ... El trabajador, por el contrario, es aquel que observa primero las dificultades que tendrá que vencer, no el triunfo al cual podrá llegar. El esfuerzo lento, poco compensatorio y persistente, que, sin embargo, mide todas las posibilidades de desperdicio, tiene un sentido muy nítido para él ... Existe una ética del trabajo, así como existe una ética de la aventura ... Las energías y esfuerzos que se dirigen a una recompensa inmediata son enaltecidos por los aventureros. Las energías que se destinan a la paz, a la estabilidad, a la seguridad personal y a los esfuerzos sin perspectiva de rápido provecho material parecen, al contrario, viciosos y despreciables para ellos ... Entre esos dos personajes no hay, en realidad, tanto una oposición absoluta, sino una incomprensión radical".
Quien acompaña las ideas que se discuten en Brasil se impresiona, 71 años después, al notar la actualidad de esas frases. Sin ir más lejos, esos eran exactamente los términos del debate electoral el año pasado, cuando se disputaron las elecciones presidenciales. Pero no eran los términos de la discusión entre el gobierno y la oposición, entre Lula y Alckmin o entre el PT y el PSDB, ya que ambos rivalizaban en ver quien ofrecía mayores bondades para ser votados por el ciudadano común. Se trataba de los términos del debate entre los que genéricamente podríamos llamar como "reformistas" y los que se oponen a las reformas, sea directamente o bajo eufemismos dilatorios.
¿Qué es, en definitiva, un reformista? Se trata de alguien que, desde su posición profesional, entiende que el país necesita introducir una serie de cambios en su legislación, para afianzar las posibilidades de tener un desarrollo saludable a largo plazo. Tales cambios varían de un país a otro, pero en general suelen tratar de temas con los cuales estamos todos más o menos familiarizados, por escuchar hablar de ellos con frecuencia: cambios en el sistema tributario, reforma previsional, flexibilización laboral, apertura de la economía, mejora de la calidad de la educación, etc.
El problema de muchas de esas propuestas -cuyo caso más notorio es el de la reforma previsional- es que los costos son visibles y casi siempre inmediatos, mientras que por lo general los beneficios son intangibles y de largo plazo.
Veamos, nuevamente, el tema previsional. ¿Qué se le puede decir a un ciudadano para que apoye al gobierno que proponga eso? Que con la reforma "el país podrá crecer más rápidamente los próximos veinte años", o tal vez que "con eso, evitaremos que el sistema entre en colapso para el 2050". O sea, cosas poco mensurables inmediatamente, cuando no dudosas o escasamente útiles (decirle a alguien que tiene sesenta años que "se evitará un colapso del sistema para el 2050" sólo puede interesarle, evidentemente, a quien sea extraordinariamente optimista acerca de su salud futura...). Por otra parte, los costos son obvios, y llegan rápido. Se miden por el aumento de los aportes, la postergación de la fecha de jubilación o la caída del valor del beneficio con respecto a lo que se recibiría sin reforma.
No es de extrañar, entonces, que la tendencia general de los políticos, ante tales temas, sea escapar de la polémica. Al máximo, dirán que "es un tema que la sociedad debe discutir a fondo", se sincerarán diciendo que "llegará el día en que tendremos que asumir los costos de tomar medidas profundas" u otras frases aparentemente duras, pero al final del día, objetivamente, difícilmente dirán que "voy a proponer esto o lo otro y lo propondré ya".
Según sugieren los sabios, es justamente en las épocas de prosperidad que los países deberían prepararse para la época de las "vacas flacas". Sin embargo, en el juego político suele ocurrir exactamente lo contrario. Cardoso va a pasar a la historia como un importante reformista en Brasil, pero tal vez eso no sea ajeno al hecho de que le tocó convivir con todo tipo de crisis, en situaciones donde, como decía Henry Kissinger en otro contexto, "la necesidad clarifica maravillosamente la mente". Como sintetizaba un colega brasileño en aquellos años, "el gobierno Cardoso era mediocre cuando las cosas marchaban bien y brillante cuando marchaban mal". Ahora que el viento sopla a favor, no es de extrañar que Brasil pareciera dormirse sobre los laureles de una victoria que no hizo tanto esfuerzo para conseguir.
La política oficial al respecto parece pautarse por un principio muy simple: "no hacer olas". ¿Reforma tributaria? El gobierno está siempre dispuesto a conversar, pero nunca define exactamente la propuesta ni se juega en el Congreso para aprobarla. ¿Reforma previsional? Se trata de juntar en una especie de "mesa de diálogo" a gobierno, trabajadores y empresarios, donde se plantean propuestas que se asemejan a paralelas que no se encuentran ni siquiera en el infinito. ¿Alguien defiende un control más riguroso del gasto público? El gobierno juzga que es una buena idea y manda un proyecto de ley al Congreso, que después de casi un año no ha pasado ni siquiera el primer obstáculo de la primera comisión de la primera de las dos casas legislativas que deberían examinar el proyecto para poder convertirlo en ley. La tendencia a acomodarse cuando los dioses parecen conspirar para el éxito del país pareciera ser invencible. En un reciente seminario en Montevideo, un colega expositor se refirió a lo que calificó como una forma "a la uruguaya" de eludir los problemas sin encararlos de frente. Me quedé con la impresión de que tal vez ese sea un rasgo característico de unidad casi cultural de los países del Mercosur.
¿Qué se puede esperar en materia de reformas en Brasil? En lo que resta del período de gobierno actual, muy poco. Sin embargo, hay una cuestión más delicada que tiene que ver con el futuro de mediano plazo: si dejamos de lado la hipótesis del tercer mandato, todo indica que Lula, en caso de concluir su gobierno en el 2010 con popularidad razonable, será un fuerte candidato a las elecciones del 2014. En ese caso, puede ser que las recomendaciones técnicas y los incentivos políticos sigan marchando a contramano entre sí también durante 2011/2014, ya que el victorioso en 2010 va a desear ser más generoso que Lula. De ser así, si usando la metáfora de Buarque de Holanda, el país sigue "recogiendo frutos, sin plantar árboles", llegará el día en que los frutos se acabarán. Y aquellos que tanto halagan hoy a Brasil, al preguntarse qué hizo el país en la época de las vacas gordas, descubrirán lo mismo que los reformistas vienen predicando hace años, sin éxito: que es necesario dedicarse algo más al "esfuerzo lento, poco compensatorio y persistente", aunque no traiga la "perspectiva de rápido provecho material".