FABIO GIAMBIAGI | DESDE RÍO DE JANEIRO
Cuando la fortuna y la popularidad todavía le sonreían, antes del vendaval de crisis que azotó a su Gobierno varias veces en los años siguientes, Fernando Henrique Cardoso dejó escapar, en un momento muy poco feliz, la frase de que "es fácil gobernar a Brasil". En realidad, como tuvo luego oportunidad de aprender mismo, se trata de un país harto difícil de gobernar.
El cuadro adjunto, que muestra el resultado de las elecciones de 2006 para la Cámara de Diputados, da una idea del rompecabezas que implica armar una coalición partidaria en Brasil. En resumen, se puede apreciar que:
i) hay 21 partidos con representación en la Cámara de Diputados;
ii) el Partido de los Trabajadores (PT) del Presidente Lula tiene una bancada que corresponde a apenas 16% del total de Diputados;
iii) aún agregando al PMDB, que forma el "núcleo duro" de la coalición, la suma de PT y PMDB es de apenas un tercio de la Cámara de Diputados; y
iv) una coalición completa de los partidos que apoyan a Lula PT-PMDB-PSB-PL-PTB-PC do B tiene apenas el 50% de la Cámara, lo cual es insuficiente para aprobar reformas a la Constitución.
A eso hay que agregarle los siguientes elementos de análisis:
La vida en el Senado para el Gobierno será aún más complicada que en la Cámara de Diputados, ya que la oposición reúne proporcionalmente un número mayor de escaños;
La aprobación de cambios en la Constitución, en algunos casos vitales para evitar un problema fiscal importante en el 2008, requiere el voto de por lo menos el 60% de los Diputados y Senadores;
La "ensalada" partidaria elegida en las urnas en octubre en general cambia de forma pocos meses después, pues un gran número de Diputados suele cambiar de partido pocos meses después de haber sido elegidos;
El PMDB, principal socio de la coalición, está dividido en varios grupos por diferentes recortes: entre el "grupo del Senado" y el "grupo de la Cámara" en materia de fuerza política; y entre "lulistas" (antiguos adeptos de Lula), "opositores" (que se oponen a la alianza con Lula) y "neolulistas" (antiguos opositores que se plegaron a Lula por cuestiones políticas locales, pero que no se llevan bien con los "lulistas" tradicionales) en materia ideológica, si es que cabe la palabra en ese caso.
Todo eso hace más actual que nunca la vieja advertencia de Winston Churchill: "Don´t fear the opposition: fear your colleagues in the Cabinet" sobre la ausencia total de fidelidad que se puede esperar de algunos aliados. Si hay una cosa de la cual Lula puede estar totalmente seguro es de que, cualquiera sea el grado de concesiones que haga a algunos de los grupos políticos de su coalición, dejará insatisfechos a otros.
Para completar el cóctel, hay que recordar que el PT tiene aproximadamente unas diez tendencias internas, cada una de las cuales reivindica una cierta cuota de Poder en la división de los cargos. El resultado de esa mezcla, para decirlo en términos amenos, con escasa homogeneidad programática, en el primer Gobierno de Lula, fue la composición de un Gabinete con más de treinta Ministros y una enorme dificultad para el Gobierno de conseguir tener éxito en votaciones importantes en el Congreso, donde siempre hay algún aliado molesto por alguna cuestión parroquial, que falta en los momentos decisivos.
Es exactamente por ese tipo de problemas que diversos analistas han venido defendiendo en Brasil, a lo largo de los últimos años, la realización de una reforma política, para tratar de darle algo más de funcionalidad al sistema político. Hay dos problemas, sin embargo. El primero es que, al contrario de otras reformas donde hay cierto consenso técnico acerca de cuales deberían ser sus puntos principales, los mismos especialistas divergen mucho sobre qué ingredientes debería tener dicha reforma. El segundo problema es que si el origen de las dificultades es el conjunto de reglas que causaron ese resultado, difícilmente el Congreso estará muy dispuesto a cambiarlas por otras que posiblemente obliguen a muchos de los que voten la reforma a tener que regresar a sus casas cuatro años después, por no haber sido reelegidos.
En consecuencia, lo más probable es que el cuadro partidario siga siendo tan fragmentado como hasta ahora y que sea necesario formar una muy amplia coalición para poder gobernar. Por lo tanto, las dificultades para aprobar medidas polémicas serán muy parecidas a la del primer mandato de Lula. Sumado a la poca disposición de éste para arriesgar su popularidad, eso tal vez explique la decisión oficial de no llevar adelante, por lo menos por el momento, ninguna de las grandes reformas que el país necesita, como por ejemplo la de la seguridad social. En resumen, las consignas para el "Lula II" parecen ser: "no innovar" y "más de lo mismo". Habrá que rezar, entonces, para que los vientos de la economía internacional sigan siendo favorables al país.