MARTÍN FABLET
El tímido se desinhibe, y comienza a opinar sobre fútbol. El futbolero se vuelve comunicativo, y opina sobre el Palito Pereira, el ignorado se convierte en el rey de la noche, porque conoce como alinea Chipre.
La felicidad y la tristeza son el resultado de la combinación de una serie de extrañas sustancias que se vierten sobre el cerebro. El hombre de fábrica, viene optimista. Este optimismo se mantiene gracias a ese delicado equilibrio con las cosas horribles que nos tocan vivir. A veces el caudal de bajones supera ampliamente a la cantidad de alegrías y es allí cuando solemos recurrir a la farmacología. Los antidepresivos gustan y pueden alterar las reacciones químicas dentro de nuestro cerebro, de manera que la balanza se incline siempre para el lado del optimismo, de la felicidad.
Desde siempre, los seres humanos nos la hemos bancado gracias a la ayuda de las drogas. En todas las civilizaciones las han habido. En nuestro ordenado mundo, las hay de todos colores y para todos los gustos: el café, que nos despabila por las mañanas, la nicotina, que nos deja los dientes amarillos y es una de las drogas que más dependencia genera, el alcohol, que nos recompone el orgullo roto y tiene los índices de recaída más altos; y por último el fútbol, esa poderosa droga que nos permite ser felices y olvidarnos de todo, aunque tan sólo sea por un rato.
¿Es real la felicidad que nos ofrece el fútbol? Algunas personas recurren al alcohol o a otro tipo de drogas para sentirse mejor, otros sin quererlo se "endrogan" con los éxitos de su selección. Pero, ¿qué sucederá cuando termine este Mundial, y terminemos de disfrutar el buen desempeño de nuestro equipo? ¿Acaso perderemos la capacidad de ser felices por falta de esa droga? ¿Volveremos a ser los mismos grises?
Las bases profundas de la felicidad están fundadas en la superación personal de los conflictos, que básicamente sería lo que nos permitiría ver el lado fantástico de nuestras vidas. Sería muy triste que un Mundial se convierta en la única esperanza para ser felices. El fútbol obraría como una "sustancia artificial" administrada desde afuera.
El fútbol dice cumplir diversas y muy amplias funciones culturales y sociales. Genera sentimientos de felicidad y tristeza y se lo vive como una autentica pasión. Yo no recuerdo haber visto tanta exaltación nacional, tantos pabellones, tanto orgullo de ser uruguayos.
En nuestro país genera una identidad única, desde el cuadrito de barrio, hasta la selección nacional. Nos identificamos con el proceso de globalización del deporte, y en este Mundial en particular, sentimos que somos parte del mundo. Es la superación del "complejo del petiso". Muchos años sin trascender, sin ser noticia, sin ser reconocidos por nada.
Pero la trascendencia debe tener un vehículo adecuado. No sirve el éxito del campeón mundial de snipe, o de paleta; necesariamente debe y tiene que ser fútbol. Es que está tan ligado a nuestras raíces, que casi podría decirse que es atávico.
Además de todas las bondades expresadas, el fútbol permite distintos tipos de manejos, que exceden el ámbito del juego. Tristemente muchas veces es aprovechado por la política ya sea para silenciar situaciones críticas, como para popularizar a los gobernantes a través de triunfos deportivos.
Por eso le sugiero que esté atento, no vaya a ser que le suban las tarifas o le aumenten los impuestos, mientras usted se droga con este Mundial.