Esclavas encubiertas de Haití

| Unas 300 mil "domestik" o "restavek" trabajan sólo por comida y techo, víctimas de un abuso que se arrastra en la primera nación negra en abolir la esclavitud.

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EL MERCURIO | CARLO SALDIVIA - HAITÍ

Era el invierno de 2002 en Puerto Príncipe cuando a Patricia Darreaute le notificaron que quedaría sin trabajo, ya que su entonces jefe -dueño de una florería donde ella hacía arreglos- había muerto y su familia vendería el local.

Ante el temor de una cesantía prolongada, Patricia comenzó a trabajar como domestik o restavek -empleada doméstica- en la casa de un acaudalado empresario negro. Pero lo que veía como fuente laboral era en realidad un empleo horrible que escondía un sistema de esclavitud encubierto: su sueldo eran tres dólares al mes; su comida, restos de alimentos fríos, y su patrón le prohibía todo contacto con su hijo de entonces tres años.

La noche del 14 de septiembre de 2004, el piloto civil chileno Sergio Castillo llegó al aeropuerto Toussaint Louverture de Puerto Príncipe como funcionario de la ONU -oficial de Operaciones Aéreas de la Minustah- junto a otros tres africanos. Para abaratar costos, entre los cuatro arrendaron una casa en el Peleran 7, ubicado a pasos de la sede de la OEA, un barrio considerado paraíso exclusivo de empresarios ricos. El arriendo de la casa costaba 1.500 dólares y el dueño decía en el contrato que los servicios de aseo, cocina y planchado estaban incluidos, y que la empleada doméstica tendría como salario 200 dólares al mes.

Pero todo era una mentira. De acuerdo a los protagonistas de esta historia, al finalizar la primera semana de contrato, el mismo dueño, un haitiano negro propietario de una mueblería fina, llegó a pedir un adelanto del arriendo. Puso su jeep 4x4 frente al portón y comenzó a gritar insultos y a tocar la bocina sin mayor motivo. "Yo estaba en mi pieza y pensé: acá hay una pelea. Salí a ver qué sucedía y el tipo increpaba a Patricia, la nana de nuestra casa, porque se había demorado más de 30 segundos en abrirle el portón. Pensamos que le iba a pegar. Los gritos eran terribles, violentos, la subía y bajaba a insultos", recuerda Sergio Castillo.

Los cuatro inquilinos discutieron con el dueño por su actitud, ante lo cual respondió: "Ella es mía, yo le pago y hago con ella lo que quiero".

Tras el incidente, los cuatro compañeros de casa se reunieron y decidieron ir a ver el lugar donde dormía la nana. Fueron a su pieza, ubicada en el patio trasero del predio, y su sorpresa fue mayúscula. "Su habitación era un asco. No tenía baño ni luz, sólo una colchoneta podrida, y el lugar estaba lleno de bichos", relata Castillo. Junto a uno de sus compañeros de la ONU, el congolés Patrick Kafu, quien confirma este relato, acordaron que los cuatro se irían esa misma noche de la casa. Rápidamente ubicaron una más grande en Delmas 75, al otro extremo de la ciudad, y se llevaron con ellos a Patricia. "Aunque no entendía la magnitud del incidente, acepté irme con ellos porque me trataban bien y en esa época me regalaban comida sin saber las condiciones en las que yo estaba", dice Patricia, hoy de 34 años. Si bien reconoce que nunca fue golpeada por su patrón, estuvo innumerables veces cerca de serlo. "Así fue por casi dos años. Lo peor de todo eran sus humillaciones: me decía cosas muy horribles, no me dejaba tampoco ir a ver a mi hijo ni que él viniera a la casa".

Miles. Aunque no existen estadísticas sobre el tema en Haití, se calcula que la situación de Patricia afecta a unas 300 mil personas, principalmente mujeres jóvenes o niñas a partir de los 10 años y sin educación secundaria. Son las denominadas domestik o restavek, que trabajan en casa de haitianos negros ricos que desprecian a su propia raza y mantienen a sus empleados bajo un sistema de esclavitud encubierto, dándoles apenas comida y lugar para vivir.

Ésta es una de las fuertes contradicciones que subsisten históricamente en Haití, el país que se rebeló contra el dominio colonial francés y que se convirtió en la primera república negra que abolió cualquier sistema de esclavitud en su Constitución de 1804. "Es algo terrible que el gobierno ha tratado de cambiar, pero con pocos resultados positivos. A menudo, a las restavek ni siquiera se les reconoce la calidad de su trabajo ni la extensa jornada, y sus cuidadores las golpean o queman en la parte posterior de la cabeza", señala una funcionaria diplomática haitiana que pide reserva de su identidad.

La mayoría de ellas y de los trabajadores domésticos en Haití viven como esclavos virtuales. "Trabajan en condiciones inhumanas, sufriendo la violencia y el abuso sólo por un plato de comida", acusó Gerardo Duclos, investigador de Amnistía Internacional en Haití.

El fortuito incidente entre el chileno y sus compañeros cambió la vida de Patricia. Los cuatro se la llevaron esa noche a la casa nueva, le entregaron una pieza para ella y su hijo -impensable para una domestik- y su sueldo cambió de tres dólares a 200. Patricia recuerda el caso de su amiga Jennifer, una mesera del café Blue Blue que recibía un trato similar por igual sueldo. Pero a Jennifer, además, la obligaban a acostarse con los clientes VIP del restaurante.

Judith Bousejour también trabajó entre 2004 y 2005 en el exclusivo café. "Antes de empezar, ella acordó que sólo sería mesera y nada más. Pero a poco andar sus jefes le exigieron acostarse con algunos clientes. Cuando ella se negó, la echaron a la calle", cuenta Patricia.

Luego de conocer el trasfondo del despido de Judith, un grupo de civiles de la Misión de Estabilización de las Naciones Unidas en Haití -Minustah- le consiguió otro trabajo en un restaurante del Hotel Montana, que se derrumbó tras el terremoto de enero pasado. Pero Judith conoció en su nuevo empleo a un militar canadiense de la Minustah, se enamoraron, casaron y ahora ambos viven en Canadá. Mientras, su familia en Puerto Príncipe está desaparecida.

La figura de las restavek -palabra derivada del francés que significa "descansar con"- nació junto con la independencia del país, hace más de 200 años. Sin embargo, se mantiene con más fuerza que nunca. Tanto, que Unicef estimó que de las 300 mil personas en esa situación, unas 100 mil eran niñas. Por su parte, en Puerto Príncipe se calcula que un 10% de las haitianas menores de 18 años se desempeñan como restavek.

En el mismo barrio de Pernier, donde trabaja Patricia como asesora del hogar del congolés Patrick Kafu -parte de los cuatro funcionarios de la ONU que la rescataron de la esclavitud- es conocida también la historia de Juliette, una joven de 17 años que fue entregada por sus padres a un empresario agrícola para que la educara, le diera comida y techo a cambio de trabajar para él. Juliette, según cuentan los propios haitianos, llegó a trabajar a los 12 años tanto en la limpieza de la casa como en la cosecha. "Cuando llevaba dos años trató de regresar a la casa de sus padres, pero la rechazaron porque no tenían dinero para mantenerla. De todas maneras, Juliette huyó porque era sometida a abusos sexuales. Desde el terremoto no se ha sabido de ella", cuenta Jean Paul Bellande, uno de sus vecinos en Puerto Príncipe.

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